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Cuaderno de Bitacora: Mulhacen. Sierra Nevada. Mayo 2013

No soy ningún alpinista aguerrido pero siempre me ha gustado salir a la montaña. Hice mis pinitos con la escalada libre cuando era más joven, senderismo, alguna marcha más larga por la sierra de Madrid, Picos de Europa. pero hacía años que no me calzaba las botas de montaña que tengo escondidas debajo de la cama.
Así que cuando me propusieron que me apuntara con un grupo a subir al Mulhacén, me quedé un poco parado. Eso son palabras mayores. Casi 3.500 m de altitud, el pico más alto de la península. No sé; habrá nieve, claro, aunque estemos en mayo.
-Bueno (me dije.) ¿Y por qué no? ¡Acepto!
-¡Genial! ¿Tienes equipo?
-Tengo botas...
-Necesitarás unos crampones... ¿Tienes piolet?
-¿Quién? ¿Yo? ¡No!
-Bueno, no será problema. Alguien te los dejará.
Estaba tan ilusionado como un niño. Y no fue para menos: nos divertimos mucho.
Como ya habréis deducido, no os puedo hablar mucho de montañismo. Estoy más cerca del dominguero. Pero fueron para mí tres días muy especiales en los que respiré camaradería, cariño y buen humor. Disfruté de unos paisajes bellos y gigantes, y me sentí acogido por un grupo de gente sana y amable.
La subida al Mulhacén no es difícil (la pude hacer yo.) Hay una loma por la que se alcanza la cima siguiendo un sendero. En verano se puede llegar en bicicleta (supongo que estando en buena forma, que aquello no es El Retiro, claro).
La vista de Sierra Nevada desde la lejanía siempre me ha producido una atracción especial. ¿Será cierto que existe algún tipo de energía telúrica? El paisaje de Las Alpujarras en primavera es muy bello: jaras y árboles frutales en flor, tonalidades ocres y grises de la tierra, la luz. Luz que matiza los colores y las sombras de cada detalle en el que intentan descansar los ojos. Es lo más atrae. La luz tiene la culpa de la belleza de este lugar.
Parada obligada en Lanjarón a coger agua de la Fuente de las Adelfas y continuar hasta Capileira, pueblo de casas encaladas y empinadas calles empedradas, desde donde continúa la carretera. Al rato se convertirá en pista sin asfaltar y en balconada que domina la vista del valle más amplio, profundo e inmenso a cada metro que asciende el coche. Al final, un lugar donde aparcarlo: la Hoya del Portillo. Desde aquí, andando. El principio.
Era sábado. El sol aún alto. El exceso de peso de mi mochila, las botas más pequeñas de lo que recordaba y la fuerte pendiente del inicio, no me impidieron impregnarme del olor de los pinos del bosque. Luego quedaron atrás los árboles, el camino se allanó y, en el último tramo, descendió atravesando unos neveros hasta el refugio de Poqueira, donde los doce del grupo pasamos la noche entre bromas y risas y ronquidos en una sola habitación de literas corridas.
Temprano salimos para ascender por una lengua de nieve desde la que descubriríamos cómo se despertaba de naranja y rojo el blanco de las cumbres. El color del cielo del amanecer a 3.000 metros es de un azul intenso oscuro infinito. Sudábamos. Caminábamos despacio. Parábamos. Detrás (al sur) y abajo veíamos las nubes que cubrían el mar hasta perderse en el horizonte. Y al fondo, lejos, donde la línea del cielo se fundía con ellas, las montañas de África nos miraban desde el otro lado del Estrecho.
Fueron tres horas de ascensión. Hubo otro nevero empinado y una primera meta volante: el Mulhacén II. Un pico, como un grano, puesto en el camino para hacerse una foto y comerse un bocadillo. Después de la pausa, solo media hora larga por una cresta ancha barrida por un fuerte viento helado.
Y la cumbre. Con la vista memorizábamos el paisaje: la silueta del Veleta, la imponente Alcazaba. Me sentí muy bien. No sé explicarlo. Tendréis que subir vosotros.
Daniel H

Cuaderno de Bitacora. De boda en Casablanca 2

Por fin llegó el día de la Boda, teníamos la invitación en la cual de las pocas cosas que entendíamos era la hora 8,30 de la tarde pues el resto estaba escrito en árabe. Nabila, la novia, ya nos advirtió que llegáramos un poco más tarde para que nos se nos  hiciera tan largo, luego comprendimos el por qué.
Una novia marroquí cita a sus invitados a las 8,30 de la tarde pero ella no llega hasta las 12 de la noche. Los nativos que se lo saben, van llegando cuando les parece,  nosotras a pesar de llegar un poco tarde estábamos allí a las 9 h.
Naturalmente fuimos de las primeras. Unos pocos invitados, casi todos mayores ya estaban allí pues aprovechan estas ocasiones para reunirse con familiares y amigos que hace mucho que no ven y además no querían perderse detalle de la entrada de los demás.
En la puerta del Salón de Bodas preparado para la ocasión, nos recibieron con una bebida blanca que no identificamos y dátiles. Después de esperar hora y media y al enterarnos de que la novia todavía tardaría otra hora y media, decidimos cruzar al bar de enfrente en donde pudimos ver completo un partido de fútbol, que por cierto era del Getafe. Más tarde nos fuimos a tomar una cañas con los hermanos de la novia.
Por fin, a las 12 de la noche llegó la novia acompañada por el novio. Nos tuvieron que avisar  pues seguíamos de cañas.
Entró majestuosa, con un traje blanco, que sería el primero de los siete vestidos que luciría durante la ceremonia, la pobre novia no hace otra cosa que cambiarse de vestidos durante toda la noche. El mínimo de trajes de novia son cuatro y según la categoría de la boda van aumentando y ésta era una boda por todo lo alto.
El segundo es el verde, durante el cual tiene lugar la Ceremonia de la Henna. A la novia le pintan las manos con henna y mantiene extendida la mano izquierda durante el tiempo que lleva este vestido, para que se vean los dibujos. El novio, que también ha cambiado el traje azul europeo por uno marroquí, va recogiendo el ajuar de la novia que los parientes le traen en grandes bandejas, vestidos, babuchas…..todo lo necesitará en su nueva vida.
Más tarde se puso un traje azul y este el momento en el que comienza el banquete, pues hasta ahora los invitados no habíamos hecho otra cosa que bailar, al tiempo que contemplar la Ceremonia. Después de los dulces, pues en Marruecos se comienza por los dulces, llegaron como una especie de empanadas, que había hecho para todos las madre de Nabila con sus hermanas y cuñadas. Eran grandes y redondas como pizzas, se colocó una en el centro de cada mesa y todos comíamos del centro con cubiertos, aunque algunos lo hacían con la mano.
Con el vestido rojo llego el segundo plato, la carne. Este es el momento en que los novios se dedican a bailar primero ellos y luego con los invitados. Lo hacen acompañados de músicos marroquíes e instrumentos típicos.
Más tarde la novia apareció con el vestido rosa, que significa que ya esta desposada.
Con todo este ajetreo de trajes y bailes habíamos llegado a las cinco de la mañana y todavía faltaba el traje típico y más espectacular después del cual volvería al blanco con lo que finaliza la ceremonia. Pero estábamos exhaustas, no creó que haya bailado más en ninguna boda y mira que soy bailona. Nos despedimos de todos los invitados, de los novios y nos fuimos después de haber disfrutado con mayúsculas de algo que espero que se repita. 
Mercedes

Cuaderno de Bitacora: De Boda en Casablanca

¿A  que suena fenomenal? Este verano he tenido la suerte de asistir a una autentica boda Marroquí en Casablanca, con todos los preparativos Hamann y Henna  incluidos, tan estimulante y sorprendente como la boda misma.
Nabila, la novia, mi anfitriona en Casablanca, se casó hace dos años y ha estado ahorrando durante todo este tiempo para la Ceremonia de la boda, sin duda el acto social más importante de su vida.
El día anterior a la Boda, la novia se prepara en el Hamann junto a sus amigas. Nosotras (mi hermana, mi hija y yo)  nos adelantamos con dos cuñadas de Nabila. El Hamann es un lugar de encuentro, tanto para hombres como para mujeres, allí van las madres con sus hijos, como yo iba al parque con los míos cuando eran pequeños y mientras se restriegan unas a otras y a sus hijos, hablan de lo mismo que podríamos hablar nosotras.
Después de un primer momento de pudor más acusado en mi hermana, todas nos quedamos en bragas y estas remangadas, mi hermana entró con traje de baño, aunque luego salio sin él. Una vez dentro, con una manopla que parecía un estropajo verde aunque era negra, nos sacaron la piel a tiras, esto literal, menos mal que era la muerta, salía como hilillos y negra, les hacía muchísima gracia y se reían, yo estaba avergonzada, parecía que no nos habíamos lavado en años. No dejaron un centímetro de piel sin restregar, de arriba abajo, incluida la cabeza. Para esta zona emplearon un peine redondo que luego nos lo compramos en un mercadillo y ahora lo uso una vez a la semana. Todo esto sucedía en un ambiente festivo y con muchas risas. Para terminar nos dieron un masaje relajante de pies a cabeza cómo no he disfrutado nunca!!! me quedé flotando y en ese estado me llevaron a otra sala para descansar. A la salida, nos envolvieron en toallas.
Una vez vestidas pero todavía con las toallas en la cabeza y en la espalda nos subieron al coche, aunque vivían a  dos calles, para no enfriarnos.
Al llegar a la casa del novio  tenían preparado un Tajik de pollo, -creo que se escribe así- que nos supo riquísimo después del ajetreo del Hamman.
Estábamos con la fruta que es estupenda, cuando llegaron las profesionales de la Henna. Nos pintaron los pies y las manos con jeringuillas con las que dibujaban guirnaldas de flores y motivos geométricos, ¡unas artistas!, con qué facilidad manejaban la jeringuilla. Kamel, la cuñada de Nabila, lo completo pintándonos las uñas.
Ya estábamos preparadas para la BODA… (continuará)
Mercedes

Experiencia religiosa en Barranquilla

Creo que también yo resucité al tercer día, aunque nunca llegaré a saberlo con certeza. Han pasado ya muchos años y todavía sigo preguntándome si realmente estuve allí o sólo fue un sueño de  Dyonisos,  cuyo duende habitó  en  el fondo de una botella  a la que me mantuve aferrada desde que puse los pies en Barranquilla. “Tres esquinas”, se llamaba el ron.
Estábamos en vísperas de carnaval y el aire olía a fiesta. Nunca me han interesado los carnavales pero en aquella ocasión apenas opuse resistencia. Acudí al ron, con cuya ayuda olvidé el agobio de la climatología y sobre todo, el pavoroso sentido del ridículo que me atenazaba. En cuestión de arrojo, siempre he sido muy cateta. 
Todo había empezado veinticuatro horas antes, cuando abrí la puerta de mi cuarto y ví el disfraz de “cumbiambera” desmayado sobre la cama como un cadáver de colores. Estremecida, maldije la idea que me había llevado a Barranquilla y traté de improvisar una coartada. Pero ya era tarde y no podía dar marcha atrás, así que busqué con la mirada a Montse y sin pronunciar palabra, la arrastré conmigo hacia la calle. Si el ridículo tenía que consumarse, que al menos me pillara con calzado cómodo.
Montse no entendía mis “neuras” pero trataba de soportarlas hábilmente. Para ella, que me había acompañado en tantos viajes, aquella era una magnífica ocasión de poner a prueba su vocación de plusmarquista. Acostumbrada a correr maratones, subír y bajar montañas, devorar parques temáticos y atravesar ciudades, la invitación a participar en la Danza del Garabato constituía una divertida proeza.
Mientras Elsa se hacía fuerte con el machete, su marido iba y venía por la casa en ropa interior, como Robert de Niro cuando hace el papel de gañán neoyorkino. El marido de Elsa no tenía nada que ver con Robert de Niro pero también gastaba aires de chuleta y hablaba sin parar, casi siempre a la contra, pavoneándose de su cultura europea. Aunque no recuerdo su nombre, conservo intacta la imagen de aquel tipo. Era maniático y todos los días nos despertaba con ópera. Eso fue lo más pintoresco de nuestra estancia en Barranquilla. A las seis en punto de la mañana, cansado seguramente de hacer tiempo para desayunar, daba rienda suelta a su pasión de melómano y nos sacaba de la cama a golpes de “Parsifal”.  Nunca olvidaré aquellos  despertares convulsos. La música atravesaba la puerta de la habitación, se colaba por los agujeros de la mosquitera y hasta el ventilador que refrescaba  nuestro sueño se agitaba con  movimientos trémulos. A la tercera nota, Montse y yo ya estábamos en pie, disputándonos la ducha.
La Mamá Grande y su marido eran dos arquetipos propios de la tierra. Ella, vigorosa y de rasgos abultados y sonrisa fuerte. El, flaco y picudo, con los huesos asomándole por la “samarreta” y el gesto estreñido. Parecían dos ejemplares escapados de un relato literario. Ellos no eran, sin embargo, los únicos moradores de la casa. También había dos mucamas perezosas y una anciana adscrita a una mecedora. Una mujer dulcísima que formaba parte del paisaje. No pertenecía a la familia pero todos la trataban como si fuera una abuela. Mamá Grande la había recogido porque vivía sola en el vecindario y tenía la movilidad reducida. La recuerdo cosiendo siempre, hilvanando conversaciones en la mecedora, que era la atalaya desde la que veía pasar la vida. Se llamaba Inés de Zalazar.   Seguramente descendía de un conquistador que había sembrado el país de hijos. Eso explicaría que tuviera grabada en su memoria genética la curiosidad por España.
Ines de Zalazar (que no de Salazar) fue nuestra mayor entusiasta la tarde que salimos en busca del Garabato. Nos habíamos congregado todos en el porche: Elsa (Mama Grande) y su hermana, la amiga que traíamos puesta desde Barcelona y que declinó participar en la juerga  (tenía poderosas razones para ello: en Barranquilla  se sentía perseguida por muchas miradas), las mucamas e Ines de Zalazar.  Ellas nos impartieron su bendición en forma de consejos: que si el vestido, que si los pendientes, que si la forma de andar, de bailar, de presumir. No eran todavía las cuatro de la tarde y la humedad  se me pegaba al cuerpo como una lapa. Me sentía Carmen Miranda, prisionera en una cárcel de volantes y con un racimo de frutas en lo alto de la cabeza.  Calzado plano, eso sí.
Todos los ritos de carnaval sintetizan el misterio de la transgresión y el éxtasis. El carnaval de Barranquilla, y concretamente, la danza del Garabato, preludio del carnaval (coincide con la Candelaria) combina herencias afroamericanas y españolas en una expresión sarcástica que representa la lucha entre la vida y la muerte. Hay color, máscara (los hombres llevan la cara tiznada), risas y baile. Los tambores y danzas rituales se funden con la cumbia, los colores de la bandera de Barranquilla, con el color fósforo de los esqueletos, las faldas con los bombachos, la capa con la espada  y los negros con los blancos.
En la Danza del Garabato la negrura es puro eufemismo.  Apenas  había negros en las comparsas y los que yo creí ver, eran tan falsos como en España lo es el Rey Baltasar, tradicionalmente interpretado por un blanco untado de betún y con una toalla enroscada en la cabeza. La Danza del Garabato, columna vertebral de la fiesta del Country Club de Barranquilla, es patrimonio de la clase alta de la ciudad y la clase alta se ha mantenido siempre blanca por la gracia de Dios. Todo eso lo aprendí leyendo y escuchando. Lo que aprendería más tarde (bebiendo) es el poder hipnótico de los vapores etílicos y su capacidad para diluir las diferencias..
Me colgué pues un saquito al hombro en el que guardé la botella de “Tres esquinas” contra la timidez y no volví la vista atrás. La suerte estaba echada. Ya en la calle, grupos de participantes ataviados cual farolas se dirigían a sus respectivos puntos de encuentro.  Montse y yo, perdidas en la simetría del trazado urbano, llegamos tarde a nuestra primera meta volante y lo hicimos como dos turistas que hubieran sido lanzadas en paracaídas. O sea, surrealismo puro.
Era una casa particular en cuyo porche habían dispuesto  una mesa con el avituallamiento  necesario para coger fuerzas y soportar el cansancio que nos esperaba. Una vez hechas las presentaciones, nos unimos al cortejo. Todo hay que decirlo: el recibimiento fue cálido y obsequioso. Elsa  había tenido buen ojo al elegir el grupo que nos acogería. Allí conocimos a cumbiamberas hermosas y hombres repetidos, pues todos llevaban la cara blanqueada y resultaba  imposible distinguir a unos de otros. También allí descubrimos que  la fiesta del Garabato  recibe el nombre del palo de madera, con gancho en el extremo, que portan los hombres de la danza. Luego vendrían más detalles. Pero eran las cinco de la tarde y empezaba el baile.
Hasta aquí lo que recuerdo. Enseguida dio comienzo el largo desfile que habría de llevarnos al Country Club, corazón de la fiesta. No se cuánto duró el paseo, pero tampoco mostré interés en averiguarlo. Cuando quise darme cuenta ya estaba en el asfalto dejándome abducir por aquella marcha abrasiva.. Había mucha gente mirando el desfile de las cumbiambas. Yo avanzaba sin perder el compás, hablaba con el público que nos rodeaba, ofrecía ron y daba vueltas sobre mi propio eje forzando el desmadre. Parecía que de un momento a otro iba a levantar el vuelo: tal era mi ensimismamiento. Algunos me preguntaban de donde había salido y yo, incapaz de articular  la dirección de Elsa,  me limitaba a pronunciar  la contraseña:  Mama Grande.
A lo largo de la tarde perdí  a Montse, la recuperé, nos abrazamos y ella trató de sujetarme como si fuéramos  hermanas siamesas. Advirtiendo que uno de mis volantes se había soltado, tiró de él y lo enrolló alrededor de su muñeca. Así anduvimos mucho rato, atrapadas ambas en el mismo volante. Hasta que la fiesta subió de tono, nos devoró el tumulto y volvimos a perdernos.
No se cuanto tiempo tardé en recuperarla. Supongo que un par de horas, quizás  más. Cuando de nuevo  la encontré, ya habíamos llegado al Country Club y la gente era una masa de colores en un mar de sudor. Yo estaba en medio del escenario, aferrada a un micrófono y dirigiéndome a la concurrencia con gracejo impostado. Para tratarse de una catalana, no estaba mal. Dije que buscaba “parejo” (en castellano de España, pareja) y animé a seguir bailando. Montse comentaría luego que me vió desde lejos y estuvo a punto de echarse a llorar.
Juntas regresamos a casa. La mamá Grande e Inés de Zalazar aún no se habían acostado. Me miraron como se mira a un herido de guerra.  El tocado del pelo se me había desprendido y llevaba el volante recogido en el brazo. Los cordones de las zapatillas, sueltos. Ni rastro del saco que llevaba al hombro ni de la botella de “Tres esquinas”. Eran los efectos colaterales de una  experiencia religiosa.  
Carmen Rigalt

Cuaderno de Bitacora: Alsacia, un pedazo de Francia lejos de estereotipos

Francia debe su fama principalmente a sus regiones más conocidas, las que los turistas más aman: Normandía, Bretaña, Borgoña o Provenza, que tal vez no sean, sin embargo, las partes más representativas de aquella Francia que no habla sólo francés, aquella Francia que no vive sólo del mito de Napoleón y por fin, de aquella Francia del interior que sabe ser acojedora y abierta a pesar de la general mala fama del pueblo francés hacia el asunto “recepción”.
Hubo un tiempo en que Francia despertó mucho mi interés en la época en que todavía no la conocía y empezaba a estudiar francés. Tuve la oportunidad de conocer mejor ese país cuya lengua siempre adoré sin conseguir, todavía -confieso- entrar en sintonía con su pueblo. Lo que sí descubrí el verano pasado es que existe una Francia hasta simpática, una Francia que no se mira sólo a si misma a pesar de lo que con cierta autoironía me dijo una vez mi profesor de francés: “nous sommes nombrilistes”, que significa algo como somos “ombliguistas”.
Descubrí Alsacia, que antes ni siquiera sabía colocar exatamente en el mapa y que ahora  en mi imaginario se ha convertido en una región hasta más preciosa que Provenza y adonde volveré con placer cualquier día, entre las muchas partes de Francia que merece visitar por lo menos una vez en la vida.
Estrasburgo acoje de manera sorprendente al turista escéptico que espera encontrar una ciudad super moderna asociando su nombre solamente al Parlamento europeo. Su alma es, por el contrario, profundamente antigua, muy bién representada por la majestuosa catedral gótica que se tiñe de rosa cada ocaso. Fantástico.
Llegar a Estrasburgo desde Alemania es muy sugestivo. Sólo un puente separa Alemania y  Francia. Una orilla es alemana y la otra  francesa. De un lado del río hay escritas incomprensibles y duras (einbahnstrasse), del otro lado la misma palabra tiene sonido ‘suave’ y elegante (sens unique). Hoy parece increíble imaginar que tán sólo hace 20 años había aduana y que ahora es suficiente un minutito de carro para atravesar el puente y entrar en otro país, mudar de lengua, de cultura, de costumbres etc.
La historia de Alsacia es muy interesante pues fue siempre objeto de contienda entre Francia y Alemania y pasó de una nación a otra 2 o 3 veces en los últimos 140 años.
Pertenece definitivamente a Francia desde el fin de la primera guerra mundial pero todo aún habla alemán en esa tierra donde los nombres de las ciudades y de los pueblos son alemanes, la arquitectura es alemana y también la comida está profundamente influenciada por la tradición  alemana.
En el barrio antiguo de Estrasburgo hay casitas medievales que parecen trepadas en las orillas de los canales que atraviesan la ciudad y hablan de un pasado próspero por el comercio de la piel.
Qué decir de las viñas interminables del interior alsaciano ? Hectáreas y hectáreas de viñas de un color verde brillante, donde nacen los celebérrimos vinos conocidos en todo el mundo.
La « route des vins d’Alsace » es el nombre con que se conoce al recorrido que empieza al norte de Estrasburgo, pasa por decenas de pueblecitos y acaba en Colmar, la segunda ciudad más importante de la región, más pequeña que Estrasburgo pero no menos bonita por sus casitas llenas de colores, por sus canales y por la opulencia de las flores que se asoman por las ventanas para dar la bienvenida a los turistas.
Obernai, Bergheim, Ribeauvillé e Riquewihr forman una secuencia de pueblecitos fantásticos que dejan la sensación que el tiempo se haya detenido. Calles tranquilas llenas de bodegas donde probar cualquier tipo de vino y también de cerveza (y emborracharse en un santiamén) y pequeños restaurantes escondidos en el sosiego de corrales deslumbrantes donde se acoge al visitante con una sonrisa en los labios, lo que sólo pueden dar muchas ganas de volver tarde o temprano.
Los paisajes recuerdan algo de Suíza pero también de la parte noroeste de Italia.
La recepción del pueblo alsaciano merece sin duda la visita pues no tiene nada que ver con el frío aproche de los parisinos o de las mayoría de los franceses que ni siquiera consideran dirigir palabra a quien no hable un francés perfecto…
Quizás la influencia alemana diera vida a una parte mas abierta y menos altiva del pueblo francés? No vamos a descubrirlo. Pero no cabe duda de que hay una pequeña Francia dentro de la gran Francia que vale la pena conocer pues es una pequeña joya de ese país cuyo nombre no es sinónimo de  París, sino de su interior.
Los franceses lo saben muy bien, ya que a la región de París se le llama “Ile-de-France” y todo el resto de Francia es la “province”, o sea el interior, que es mucho mayor que la “Ile-de-France”….
Sara Picoli

Cuaderno de Bitacora: Dormir en una cápsula

Este verano estuve 18 días en Japón; la mayor parte del tiempo fuimos un grupo de 10 amigos. El primer día llegué yo sola a Tokio y dormí en un hotel cápsula. 12 días más tarde repetí experiencia, esta vez compartida con el resto de amigos.
Y después de haber oído tantas críticas negativas o comentarios de emoción frikie al respecto, me apetece comentar los aspectos positivos de este tipo de hotel, más allá de su extravagante “encanto”.
En primer lugar, el espacio de las cápsulas difiere del imaginado, alejándose mucho del tamaño de un “nicho”. Estando sentada un 20-25cm sobran hasta el techo y de ancho cabrían 2 personas tumbadas. Cada cápsula dispone de tv, radio, despertador, luz general y luz de lectura, y repisa. Teniendo en cuenta el tiempo que haciendo turismo paso en el hotel, además de usar los baños y el rato en la cama antes de dormir, poco más hago pero aún así el resto de actividades que podrían hacerse en una habitación de hotel pueden hacerse en zonas comunes, muy cuidadas y cómodas (salones con sillones, sala de tocadores, baños, terraza, ordenadores con Internet...).
En cuanto a los baños, por ser típicamente de uso nacional, disponen de sen-to (baño japonés) que en cualquier otro hotel japonés también son de uso compartido, no suponiendo una desventaja frente a hoteles convencionales a menos que quieran usarse duchas occidentales, que no era mi caso.
Como decía, estos hoteles suelen ser usados por japoneses, normalmente gente de negocios que tras el trabajo pasan un tiempo en bares antes de dormir, por lo que además de ser económicos, suelen estar localizados en zonas céntricas, en los barrios más populares, de moda y de ocio, muy adecuado para los pocos turistas que allí nos alojamos. De este modo la experiencia resulta aún más genuina por compartir espacios con japoneses en su vida diaria y muy cómoda por la educación y consideración de éstos, ya que son muy respetuosos y silenciosos. En el caso de viajar sola resultan muy adecuados, especialmente por su seguridad.
Y por último, como dato absolutamente subjetivo, después de 12 días con otras 9 personas, es muy de agradecer tener un espacio individual propio para desconectar.
Laura

Cuaderno de Bitacora. Etiopía-Uganda

Ultimamente mis vacaciones son siempre africanas. Después de una ardua reflexión creo que la culpa es de Angola. Encontrar billete para Europa se ha convertido en una hazaña. Desde hace tres meses estoy en lista de espera para ir en navidades a España. Por supuesto, en clase turista al módico precio de 3.100 euros. Así que decidí emprender camino de las tierras de la Reina de Saba.
El primer contacto con Etiopía fue el Sheraton de Addis. Ese tipo de sitios donde los amigos recomiendan no ir porque vives de espaldas al país. En dos días agotamos las existencias de batas y zapatillas del jacuzzi.
Un poco reacios a abandonar nuestra torre de marfil, nos aventuramos en la noche etíope. Allí descubrimos el mundo rasta. El bar donde aterrizamos es complicado describirlo. Lo único que recuerdo es un sofá rescatado de algún basurero donde nos sentamos.
Rastafari era el nombre de Helai Selassie. El Emperador se llamaba Ras (gobernador) y Tefari (su nombre de pila). Todavía sigo preguntándome qué vieron Bob Marley y compañía en Selassie para convertirlo en su “Dios”. El milagro que se le atribuye es un aguacero que cayó en Jamaica coincidiendo con uno de sus viajes. Recomiendo el libro de Kapuscinski “El Emperador”: retrata al “heredero” de Salomón de forma tan absurda que tienes la tentación de compadecerlo. Como colofón, la entrevista de Oriana Fallaci a Selassi en “Entrevista con la Historia”. Magistral un Emperador que admira más a Mussolini que a los ingleses. La “razón” es que los ingleses le ayudaron a expulsar a los italianos.
Lo mejor de Etiopía estaba por llegar. Dos días en Addis son suficientes, así que pusimos rumbo a Lalibella, cuya traducción en amárico es paraíso de las pulgas. La visita turística a unas iglesias coptas en busca del Arca de la Alianza se convirtió en un descenso a los tiempos bíblicos. Iglesias excavadas en las rocas adonde acudían en tropel multitudes envueltas en mantos blancos.
Si las espantosas cubiertas de la UNESCO no te permiten disfrutar de las iglesias, la alternativa es visitar cualquiera de las situadas en los entornos de Lalibella. Las montañas que rodean al pueblo están llenas de iglesias y recovecos donde se instalan los anacoretas. La que visitamos nosotros nos trasladó al Antiguo Testamento.
En el fondo de una montaña se abría una gruta donde se incrustaba una iglesia de formas primitivas. De su interior surgía el murmullo de cientos de fieles orando. El umbral de la puerta te transportaba a los tiempos de Moisés. Incluido un olor fétido mezcla de sudor, humedad e incienso.
Presidían la iglesia no menos de 12 monjes dedicados en cuerpo y alma a rezar al compás de un traqueteo de carracas. Parecía una película de Semana Santa sobre el martirio de Jesucristo. Allí vivían esos monjes, envidia de muchos etíopes, pues llegar a cura supone garantizarse la comida para el resto de la vida. El rezo estaba acompañado por el sonido monocorde de cientos de fieles. A pesar de nuestro aspecto estrafalario, éramos invisibles a sus ojos.
En el fondo de la gruta reposaban, desperdigados por el suelo, calaveras y huesos de miles de muertos. Antiguamente, la gente dormía el sueño eterno dentro de la Iglesia. Ahora es enterrada fuera. En mi vida he estado en un sitio semejante.
Agotada la etapa de Lalibella nos dirigimos a Gondar, antigua capital del Imperio. Una ciudad donde lo normal es llamarse Tewodros en honor a un Emperador. No tuvimos más remedio que integrarnos en la sociedad local.
Gondar es una pequeña ciudad donde llama la atención un centro construido por los italianos tras su invasión en 1935. Edificios y villas como las de Parma o Milán. Junto a ellos, la atracción turística: un castillo de estilo medieval. Me recordaba a los fuertes de Pakistán. Como no podía ser de otra manera, por allí habían pasado casi todos. Etiopía es el país que muchos han invadido pero que nadie ha colonizado. Esa es, seguramente, la causa de su singularidad.
Lo más espectacular de Gondar era una pequeña iglesia de estilo parecido al bizantino llamada Saint George. Para nosotros, la iglesia de los angelitos. El techo tenía unos frescos dominados por miles de cabezas de angelitos de colores como salidos de un cuento de hadas.
Debajo de los angelitos, los feligreses permanecían abstraídos en sus plegarias y ritos. Llamaba la atención su querencia a rezar mirando a la pared. La iglesia etíope mantiene unas tradiciones mezcladas del judaísmo, cristianismo e islamismo que le confieren un halo misterioso.
La última visita la reservamos a los falachas. Por fin, íbamos a conocer a los verdaderos descendientes del Rey Salomón. Las guías apuntaban a esta zona como el lugar donde vivían desde tiempos babilónicos. Se aconsejaba visitar un pueblo que te recibía con cartel que rezaba “Welcome to Sion”. El timo de la estampita: los falachas se fueron a la tierra prometida a principios de los 90’.
Coincidiendo con la hambruna y la guerra tras la caída de Mengistu, Israel puso en marcha la “operación Salomón”. Sólo se resistió una señora que sigue enseñando su casa empapelada con recortes de periódico como prueba de su autenticidad. La herencia dejada por los falachas se reduce a una cerámica con un estilo, aparentemente, singular. Abundaba la representación de la cama donde la Reina de Saba y el Rey Salomón procrearon.
Gondar se encuentra al norte del lago Tana, fuente del Nilo Azul. Imposible competir en paternidad con el Lago Victoria, en cuya parte ugandesa nace el Nilo Blanco. La razón es que al primero llegaron los ingleses y al segundo, quizás portugueses o sólo etíopes. Pero lo interesante del lago es la multitud de islas donde se erigen pequeñas iglesias y monasterios. La leyenda cuenta que en una de ellas se guardó el Arca durante la invasión italiana. Ahora está en Axum, si no se la ha llevado Harrison Ford. No puedo contar más detalles porque para mi desgracia no pudimos visitar el lago.
Por supuesto, recomiendo vivamente el viaje. Lectura obligada es “El sueño de África” de Javier Reverte.
Antonio Casado Rigalt

Cuaderno de Bitacora: Hawai, The big Island

No hará más de un año que decidí recorrer los más de 12.000 kilómetros de distancia y plantarme en aquella isla volcánica. Sinónimo de paraíso con la que muchos españoles soñamos junto con Bombay, gracias a Mecano y su pegadiza canción.
Famosa en el mundo entero por Pearl Harbour, ser la cuna del surf, escenario de grandes películas y recientemente por ser el lugar de nacimiento de Obama, las expectativas eran máximas y redujeron el cansancio del dichoso vuelo.
Nada mas aterrizar, miles de novios en su luna de miel se agolpan por salir del avión, tras la espera, todo son sonrisas, flores y música hawaina. Esto es Estados Unidos, saben muy bien como tratar al turista y han pensado en todo… ¿Como es posible que un aeropuerto de estilo colonial tan pequeño y con tanto tráfico pueda funcionar tan bien?
De camino al hotel paisaje lunar... Donde están las palmeras? Preguntan detrás mío. Al cabo de unas pocas millas, aparecen los resorts, millones de palmeras, fuentes, jardines, lujo por doquier… tiendas, piscinas, campos de golf… todo artificial, hasta la playa del hotel! El resort se levanta sobre la lava volcánica de millones de años atrás para convertirlo en el paraíso del relax y ser el mayor sustento económico de las islas. Los hawaianos viven agobiados por los impuestos, todo es mas caro que en el continente, y eso se nota, nos comenta el recepcionista. Zumos, playa y mucha comida, sol esplendido, es todo tan perfecto que parece mas artificial de lo que es… Quiero vivir aquí siempre.
Tras aclimatarnos, decidimos salir de la burbuja, y ver Hawai. Alquilamos un coche y a la carretera. El clima cambia radicalmente en cuestión de minutos, aparecen nubes, lluvia y la jungla… según bordeamos la costa, surfistas cabalgan las olas, mas a lo lejos se ven las ballenas saltar del agua, cataratas… y el paisaje lunar, se convierte en un paisaje plagado de colores verdes.
Parte de la carretera fue devorada, años atrás, por la lava y el volcán guarda silencio mientras en la costa, litros de lava gritan al luchar con el mar, nubes de vapor invaden la costa. Carteles luminosos nos guían, la policía nos indica el camino y nos advierte del equipo necesario. Vamos de camino al volcán, y nos da la sensación de peligro.
Tras volver al refugio, encontramos el mismo clima de siempre, aquí nunca hay nubes, vamos a ver los delfines; pero antes nos sugieren ver el fondo marino, plagado de coral, tortugas y millones de colores bajo el transparente océano. A la vuelta, paramos de camino en una de las innumerables playas, parece una película, la arena, las palmeras, el césped… es tan perfecto y tan tranquilo que hasta incomoda... comemos junto a un grupo de surfistas, quienes nos enseñan mas playas “vírgenes” y sitios por descubrir…
… y al subir de nuevo el avión, me pregunto: ¿cuando volveré a Hawai?
Zero

Cuaderno de Bitacora: Barajas el dia de la nevada

Pues yo volaba el día 9, pero no volé.
Nos costó llegar al aeropuerto en taxi, a nuestro paso veíamos coches que se salían de la carretera y a algunas conductoras (¡claro!) llorando porque no podían manejar el coche en la nieve... Jaime hacía fotos con la cámara nueva que le trajeron los Reyes...
Nos hicieron bajar del avión cuando ya estaba a punto de despegar y me obligaron a recoger mis 120 kilos de equipaje (60 serían entre Ducados y jamón), que unido a mis 3 niños, 3 mochilas 2 peluches y una guitarra (los Reyes fueron generosos) hacían de mí una estampa lamentable...
Conseguí llegar al mostrador de KLM cuando la cola era solo de 4 personas y después de una hora conseguí un viaje para las 6 de la mañana (como me casé con un pijo, volábamos en Business y me trataron como a una reina...), en la cola me entrevistaron los de Europa Press, pero creo que no me sacaron en la tele, porque yo tenía cara de estar encantada, de salir en la tele, de decir que vivo en Japón y hasta de quedarme un día mas en Madrid(!), y en el telediario sacaron solo gente que se quejaba mucho (se notaba que no vivían en Japón... y que no conocen Madrid...) aunque sí sacaron a mis niños tirándose bolas de nieve a la entrada de la terminal...
Así es que metí mi equipaje en la consigna del aeropuerto gracias a la ayuda de una empleada que me miró y me dijo: "es que me das una pena...", aunque no consintió en meter a los niños con las maletas...
Nos volvimos a casa en metro, nos fuimos a las rebajas a comprar unas pocas cosas innecesarias mas y merendamos chocolate con churros.
Vi a todo el mundo muy estresado en los telediarios y los de KLM en Holanda me decían que no sabían que hubiera ningún problema con mi vuelo... los holandeses son casi tan optimistas como yo...
En fin, AENA aprieta pero Dios no deja que nos ahogue, y además me regaló un día mas en Madrid.
Mª Luisa

Cuaderno de Bitacora: Bahia Dos Tigres-Foz de Cunene

Mi estancia en Angola toca a su fin. Hace tiempo, me hablaron de un paraje inhóspito en el sur: Bahía dos Tigres y Foz de Cunene. Un desierto fronterizo con Namibia. Cuando pregunté, intuí que aquel viaje era complicado: Bahía dos Tigres está aislada por las dunas y el mar. Sólo se accede con marea baja. Necesitábamos alquilar coches especiales y llevar una persona experta en mareas. Íbamos a pasar tres o cuatro días fuera del mundo.
El punto de partida fue Lubango, altiplano situado a 2.000 metros. En menos de dos horas se pasa de un clima frío y un paisaje verde al más árido de los desiertos. Cada cambio de rasante es una sorpresa. Los colores cambian a un ritmo vertiginoso. A mitad de camino se encuentra Caraculo, en cuyos alrededores vive la tribu de los mamuilas. El atractivo antropológico son las mujeres. Las casadas están enrolladas en unas cintas colocadas alrededor de los pechos. Es la estrategia de los maridos para bajar la libido a posibles competidores.
Superado Namibe, nos adentramos en el desierto. El cauce de un río seco delimitado por un cañón te conduce al mar. El trayecto está salpicado por Weltvichias, una planta milenaria supuestamente carnívora. Su aspecto lacio delata su cansancio. Alcanzamos nuestra primera parada, unas cabañas enclavadas en un acantilado.
Desde allí pusimos rumbo a Bahía dos Tigres. Una carretera parcialmente tapada por la arena te lleva a Tombwa. Como si el tiempo se hubiera parado, los carteles mantienen los nombres coloniales de aquellas ciudades: Moçamedes, Porto Aleixandre, Sa de Bandeira etc.
Sin capacidad para asimilar la belleza del entorno, un oasis te sumerge en el espejismo. Miles de pájaros sobre un lago inmenso revolotean entre una vegetación exuberante. El desierto da un respiro.
En Tombwa se acaba la carretera. A partir de ahí, el fin del mundo. Sólo queda la referencia del mar. Las dunas crecen. La costa es un rosario de barcos encallados similar a la Skeleton Coast de Namibia. La playa se llena de focas, pájaros, delfines y alguna ballena.
Se entra en Bahía dos Tigres. Dunas atigradas de más de 200 metros de altura emergen como un milagro desde el mar. La marea baja es la señal para pasar. El hueco de una duna nos permite acampar. Subirse a más de doscientos metros y perder la mirada entre las dunas y el mar es una experiencia impagable.
La Bahía está protegida por una península. Así aparece en los mapas. Los portugueses la habitaron aprovechando la pesca. A modo de premonición, el mar la rompió en 1974 convirtiéndola en una isla. La revolución de los claveles hizo el resto. Ahora sólo viven perros salvajes que se alimentan de focas. En el horizonte se adivina el pueblo abandonado con sus casas, su factoría, su iglesia o el cine.
Nuestro siguiente destino era la Foz de Cunene. La punta suroeste de Angola. La frontera con Namibia delimitada por un río y su desembocadura. Más desierto. Hay que esperar la bajada de la marea para seguir dirección sur. El trayecto está marcado por las tuberías que llevaban el agua desde el río Cunene hasta la península. El desierto se hace pedregoso. Las dunas se separan de la costa viajando hacia el interior. Se ven algunas hienas y algún onyx.
Llegamos a la Foz. Tierra de nadie, sensación de libertad. Sensación de estar en otro planeta. En 500 kilómetros no hemos visto a nadie. Seguimos el río aguas adentro y nos topamos con presencia humana. Entre las ruinas de la planta que bombeaba agua a la península, la policía angoleña pretende controlar el infinito. Han montado un puesto fronterizo. Surrealista.
El desierto está cortado por un caudaloso río repleto de cocodrilos. Es la frontera. La parte namibiana es una pared de dunas cuya arena cae suavemente al agua. Acompañar el río es acercarse al éxtasis.
Una pasada. Un viaje acojonante.
Antonio C.


Cuaderno de Bitacora: Metrópolis

Nuestra amiga Amparo nos pidió a Marta y a mí, su compañeras pucelanas, que comentáramos en su “Viernes” qué habíamos visto en la Seminci, y Marta y yo, después de mirarnos asombradas de hito en hito, preguntándonos: ¿Qué quieres que hagamos, qué?, nos pusimos manos a la obra y aceptamos el desafío, y aquí va lo que os contamos:

Durante la última semana del frío y ventoso mes de otoño vallisoletano, se ha celebrado la 53 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, conocida familiarmente como “Seminci”. Durante una semana muchos vallisoletanos acudimos a las salas de cine en horas intempestivas (sesiones a las 22:30 o 23:00 horas), desafiando el frío y los horarios de trabajo, para ver películas “no comerciales”, películas de autor o de cine independiente, al que muchos de nosotros no estamos habituados.
La Seminci tiene ese encanto. Atrae a gente como yo, por ejemplo. Personas que lo que más han visto de cine independiente es “Manuale de Amore” y después de muchas recomendaciones, pero no sé, quizás sea el que por una semana los vallisoletanos, de natural seco y áspero, poco dados a las excentricidades, nos disfrazamos de personajes de cine, de actores y de actrices, de directores afamados, y acudimos a las salas con espíritu crítico pero a la vez ilusionado, para ver, lo que muchos, los más entendidos, llaman “buen cine”, para luego hablar y charlar sobre la película que hemos visto, sintiéndonos por unos días, jurados del festival.
Marta y yo, esclavas de los horarios laborales, sólo acudimos a dos proyecciones. La primera de ellas fue “Bella”, película mejicana dirigida por Alejandro Monteverde e interpretada por un “interesantísimo” (estéticamente hablando, porque el tío está estupendo), Eduardo Verástegui. La peli nos gustó, ese gustar templado que no llega a entusiasmar, pero que alegra el corazón. La estrenan dentro de poco y os recomendamos que vayáis a verla. Trata de una chica americana que se queda embarazada (el padre de la criatura se ha dado el bote dejándola plantada) y que es despedida del restaurante en el que trabaja casi al mismo tiempo. El cocinero del restaurante se compadece y va tras ella con la intención de ayudarla. A partir de ahí las angustias de ambos surgen y se entremezclan, sin que ninguno de los dos sepa como atajarlas.

En cuanto a la segunda, se trataba del largometraje “Metrópolis”, del director alemán Fritz Lang, que se proyectaba en el fantástico Auditorio Miguel Delibes. La película es, nada más y nada menos, que del año 1927 y se trata de la primera película de ciencia ficción en la historia del cine. Verdaderamente es una maravilla comprobar cómo a principios del siglo XX se conseguían ya realizar efectos especiales, como está tratada la trama, con mucho dramatismo, es cine mudo, y los actores, sin hablar, consiguen expresar lo que muchos actuales no consiguen con su voz. Además la banda sonora de la película fue interpretada, en directo, por la orquesta sinfónica de Castilla y León, lo cual creaba un ambiente único y muy especial, como el de estar en una de las primeras salas de cine, viendo la cinta, escuchando la música y preguntándote “¡Que invento tan maravilloso éste del cine!”.
Reyes del Rio Hortega

Cuaderno de Bitacora: The Hospital by the river

No quise dejar Etiopía sin visitar el Fistula Hamlin Hospital. Había contactado con Bethela antes de ir y me había reservado una visita el mismo día de mi regreso a España. Hoy, más de un mes después de mi viaje, lo he contado tantas veces que sólo quiero escribir esto con la fuerza que merecen las mujeres que sólo por nacer en un país sin ginecólogos, se ven abocadas a veces a la desesperación.
La fístula obstétrica es una complicación de los partos prolongados y complicados. Se acompañan de una elevada mortalidad materna y casi absoluta de los fetos. La presión de la cabeza del feto sobre la pelvis materna destroza los tejidos y se forman unos agujeros entre la vagina y el recto o entre la vagina y la vejiga. De manera que las heces y la orina encuentran una salida fácil por la vagina. En nuestro medio se erradicó hace muchos años, pero en los países africanos y del sur asiático, las mujeres no tienen acceso a ginecólogos que puedan practicar una cesárea y ni siquiera a matronas.
En los años 70 Katharine Hamlin y su marido llegaron a Etiopía como ginecólogos. K.H tiene ahora 84 años, pero sigue operando los casos difíciles todos los jueves. Fundaron un hospital al lado de un río dónde las mujeres con fístula eran (y son) recibidas durante las 24 horas del día. Muchas llegan caminando envueltas en ropas malolientes. Por ese olor, su familia y la sociedad las rechazan. Algunas viven recluidas en cuevas adónde alguna amiga les lleva algo de comer. Se sienten culpables y creen que lo que les ha pasado es una maldición. Eso es lo más difícil de cambiar y lo primero que les explican al llegar al hospital. Como hay tantas mujeres que han pasado por allí siempre hay alguna mujer que habla su mismo dialecto y la acompaña desde que llega al centro. Tienen un aula dónde les enseñan un poco de matemáticas y un poco de amárico. Una vez a la semana va un abogado a explicarles sus derechos y deberes fundamentales. Están solas. Bueno, cuentan que hubo un marido que acompañó a su mujer durante todo el proceso. Dice Bethela que es una historia muy romántica. Allí curan al 95% de mujeres que llegan, pero no abandonan al 5-20% que queda con alguna secuela (mujeres condenadas a llevar “bolsa” de colostomía o ureterostomía). Dadas las condiciones del país, dónde no pueden contar ni siquiera con acceso al agua, deben permanecer ligadas al hospital. Algunas pueden trabajar allí mismo como enfermeras pero ya son muchos años y muchas mujeres, así que les enseñan a cultivar o a confeccionar artesanía y ellas se sienten útiles. Las mujeres que regresan curadas, reciben ropas nuevas para dejar el centro como una metáfora de la nueva vida que las espera. Muchas vuelven para parir su primer hijo vivo y son la mejor esperanza para las recién llegadas.
Es estremecedor pensar que la edad media de las mujeres que acuden allí es de 18 años. Katharine Hamlin es mi nueva heroína. Sabe que el camino es la prevención pero sabe también que ellos no son más que una institución caritativa. Eso sí, la mejor organizada que he visto nunca. Desde que estuve allí, me propuse hacer todo lo que estuviera en mis manos para que sobre todo las mujeres de mi entorno supieran que ese problema ocurre, porque yo, médico y se supone que mujer comprometida, no tenía ni idea y me sentí avergonzada, porque –como dijo Bethela- el problema sigue existiendo y sigue ocultándose, porque las que lo sufren son mujeres. Así que voy a pedir algo que no he hecho nunca y es pedir que difundáis esto. Porque hay mujeres que siguen sufriendo al parir y que no tienen la compensación de su bebé en su pecho tras el dolor de varios días de parto. Piensan que es culpa suya y además sienten que nunca más tendrán hijos. Sus maridos las abandonan y la sociedad las evita y se siente ofendida por su olor. ¡Por su olor!.
Ana Ruiz

Mi viaje a Perú. HUACHIPA. Agosto 2007

Ese verano decidí dedicar mis vacaciones a un proyecto de cooperación, y nos tocó Perú.
Ubicación: Suburbios de Lima.
Acciones desarrolladas por la ONG con la que colaboramos allí: Erradicar el trabajo infantil en las ladrilleras. Formación de líderes locales para impulsar el desarrollo en sus comunidades. Educación a padres acerca de aspectos sociales vitales que afectaban a la comunidad: drogas, educación sexual, violencia doméstica, maltrato infantil, etc
Nuestra principal ocupación fue el apoyo en las tareas escolares y la realización de diversos talleres principalmente para entretener a los niños y también algunos dirigidos a los promotores y a los padres.
Os podría contar muchas cosas de ese viaje, muchísimas pero os dejo con mis emociones, aquellas que viví haciendo lo que hice y viviendo en condiciones bastante alejadas de las habituales de aquí:
La sensibilidad a flor de piel, sensaciones, sentimientos, lágrimas, abrazos, sonrisas… un intenso mes de un viaje diferente.
Niños, convivencias, juegos, fracciones y esdrújulas, viajes, terremoto y fiesta. Cada minuto una nueva sensación, cada hora un nuevo aprendizaje.
Los artilugios de la vida del primer mundo desaparecieron, solo importaba lo importante, apoyarse, sentir, vivir, ayudar y ser ayudado, conocer y aceptar, lo demás daba igual.
Aterrizamos en Lima sin saber muy bien lo que nos íbamos a encontrar; teníamos agua luz y baño, así desaparecieron los primeros temores.
Luego llegó el colegio, las tareas, los niños, fue fácil recordar las fracciones y las raíces, las divisiones y la tabla de multiplicar; aprendimos su historia, tal y como se la cuentan a ellos; aprendimos las esdrújulas y sobreesdrújulas, a jugar con las agudas y buscar las llanas…
Jugábamos con los de primaria y secundaria, fuimos abrazados cada día, cogidos de la mano y repartimos toda la ternura y cariño que demandaban, fue fácil.
Recordé las manualidades y disfruté haciendo pulseras, casitas con las niñas y muñecos de espuma rellenos de colores mil.
Conocí la desolación, la impotencia del mundo que te atrapa y no te ofrece oportunidades, padres de familia con derecho a trabajar de luna a luna y con la necesidad de incluir a toda la familia para sobrevivir.
Conocí niños que jugaban, reían y cuando marchaban a casa, algunos no querían…
Conocí niños encadenados a su propia existencia con la única alternativa que la de sobrevivir
Conocí la pobreza
Conocí la auténtica impotencia
Conocí que a veces la vida no te da más oportunidad que la de existir
Conocí la marginación
Y aún así, siempre, la esperanza de un mundo mejor.
Agradecí a mis compañeros de viaje, hoy amigos, cada día sus detalles y bromas
Si tuviera que poner un título a este viaje, para mí sería. “con la sensibilidad a flor de piel”.
Mereció la pena sin lugar a dudas, y yo que me lo quería perder…
MariaJo

Cuaderno de Bitacora: NYC versus Sex and the City

“No me puedo quejar, la vida aquí no se me está dando nada mal. Cada día es diferente y NYC es como una caja de sorpresas. Te aporta mucho si tu se lo permites.... En caso contrario, te puede arrastrar la corriente. Yo he optado por dejarme llevar. Pretender planificar y llevar al día la agenda, mi actividad favorita en España (je,je,je...) aquí, es una tarea imposible. Al menos, en las circunstancias en las que estoy yo, que es de paso... Sin duda, vivir en Nueva York, es una fascinante y gran aventura”. (NYC, 24 de octubre del 2007)
He extraído una parte de uno de los mail que envié a mis amigos desde Nueva York contando mis aventurillas por la city el pasado otoño. Y esto fue lo que en aquel momento escribí sobre mis impresiones tras presenciar casualmente una tarde de rodaje de la película Sex & the City en el maravilloso Bryan Park.
“...Aquí hay la misma pasión por la serie y la película que ahí. Y lo mismo que en Brasil, Francia, Alemania, Colombia... hasta que en Corea del Sur.”
“Los sitios tipical Sex & the city circulan ya por todos los rincones de Manhattan. Y se han puesto muy de moda los bares, restaurantes y lounges por dónde Carrie y sus amigas pasean sus stilettos. Hemos estado ya en algunos y sí, merece la pena conocerlos. A mí me gusta especialmente Pastis para un brunch dominical y Balthasar para una cena romántica. Tao está igualmente muy bién. Es un mega-restaurante-lounge-asiático muy newyorker (aunque sea asiático, o tal vez por eso...) y de lo más fashion. Lo peor es que tiene una larguísima lista de reserva de días, salvo que quieras cenar a las 5 p.m. Y, teniendo en cuenta que Manhattan es tan o más nocturno que Madrid, no apetece mucho, ¿verdad?. Y como no! mencionar lo más trendy ahora mismo de la city, el Meetpacking District , la zona más de moda para salir de copas (Cielo, Vento y Buda, entre otros)”.
“En mi opinión, todos están muuuuuuuy lejos del glamour que presentan en la serie. Evidentemente, por eso es ficción y no es la vida real. Y sobre todo, muy lejos del autentico encanto de Nueva York. Que es infinitamente distinto y muy superior al que presenta la famosa serie. Particularmente pienso que cada uno debe descubrir su New York particular... Y no a todos les gusta. Os lo aseguro”.
Y está es la descripción del rodaje de la escena que presencié aquella tarde de otoño del 2007 en NYC:
“La escena que se rodaba ese 24 de octubre empezaba con el ataque de nervios que le dio a Carrie, la novia, cuando vio por primera vez a Mr. Big, el novio, después de la plantá de su boda ese mismo día....
En la escena, una Carrie muy histérica corre hacia el novio, que sale de un espectacular y brillante coche negro, mientras grita: ¡¡lo has hecho, lo has hecho!!!!!!. Y le da con el ramo de novia en la cabeza, unas 16 veces, que yo contara. Aclarar que tuvieron que repetir la mini-escena bastante. O se olvidaban del texto. O les daba la risa. O se confundían. O nosotros interrumpíamos el rodaje gritando a Mr Big ¡¡Noooooooom Mr. Biggggg ...!!! y Mr Big nos decía, ¡¡¡¡...Es sólo una película!!!. Otras veces nos decía ¡¡¡¡...Chussssssss, que esto no es Disneyworld!!!! -con sonrisa y mirada picarona, ejem-. En fin...La escena acaba cuando dos de sus amigas, Miranda y Charlotte, sostenían en sus brazos a una Carrie emocionalmente destrozada que no dejaba de llorar. Y llorar. Y llorar. Y una Charlotte nada comedida y con mirada de pocos amigos que le grita a Mr. Big cuando se intenta acercar a ellas para darles una explicación ¡¡¡¡¡¡¡¡NNNNNNOOOOOO!!!!!!!!!. That´s all, amiguitos!! “
Quiero recordar que casi todo está escrito bajo la pasión del momento y de la city... (smiling). Especialmente, el último párrafo.
Paloma

Cuaderno de Bitácora. Angola

Este año, como el anterior, he optado por la penitencia local: Semana Santa en tierras angoleñas. Para rizar el rizo he ido de camping. La conclusión es que me he aburguesado. Lo de dormir en tienda de campaña no es lo mío. Mis épocas de boy-scout son historia. El viaje fue una auténtica aventura. Conmigo viajaban cinco sujetos, tan o más aburguesados que yo. Cada vez que había que montar o desmontar una tienda se nos venía el mundo encima.
El viaje ha merecido la pena. Optamos por conocer la otra Angola, es decir, la rural. Lo que más me gustó fue un pueblo llamado Gabela. En pocas palabras, un pueblo estancado en los años 70. Decadencia pura del colonialismo portugués: rótulos de tiendas cerradas hace décadas, casas con la metralla de la guerra, estación de tren sin vías ni vagones, salón de té con las mismas mesas y sillas que hace 30 años. Todo estaba ruinosamente intacto.
La ruta hacia el interior no tuvo desperdicio. A media hora de la costa, el paisaje se volvió verde. Me recordaba a Sao Tomé. El recorrido era una sucesión de quimbos (poblados con casas de paja) donde de vez en cuando te encontrabas un mercadillo con fruta. A mitad de camino nos bañamos en una cachoeiras (cataratas) espectaculares.
Así llegamos a nuestro primer punto de destino, una especie de balneario. Me imagino que en su día fue un balneario de colonos. Hoy sólo queda algo que llaman piscina donde caen aguas templadas y calientes que manan de la montaña. El baño lo compartías con peces y todo tipo de anfibios que vivían al calor de aguas semi estancadas. Especialmente gozoso fue el chapuzón de mañana con la legaña puesta.
La noche que pasamos al borde de aquella piscina, la podría describir como una noche bucólica a la luz de la luna entre ruidos de ranas (o sapos), cabras y todo tipo de animales. Nada más lejos de la realidad. Como era de esperar, la tienda de campaña se convirtió en un lugar no apto para dormir. Algo puse de mi parte. Se me olvidó el saco y decidí dormir sin pantalón largo. La tienda la clavamos en una pequeña pendiente húmeda al lado de un pozo de aguas fétidas.
El "balneario" estaba en un pequeño pueblo llamado Conda. El culo del mundo. El punto de reunión de los paisanos era la televisión del bar. Allí estaba reunido la mitad del pueblo disfrutando de una telenovela brasileña. Parecía un partido de fútbol. Los besos eran goles, los cuernos abucheos y las escenas de cama penaltis.
De la jornada posterior, lo más alucinante fue la visita a la Roça. Es la palabra portuguesa que describe las plantaciones que los portugueses explotaron durante la época colonial en África. Fundamentalmente cacao, café y similares. En Gabela está la Roça más grande del mundo. Una ciudad con escuelas, hospitales, estación de tren y hasta pista para avionetas. La explotación cerró a finales de los 70 y estaba tal cual se abandonó. Bueno, un poco deteriorada por la guerra. La Roça se dividía en dos partes: la de los trabajadores negros y la de los jefes blancos. Las diferencias eran notables. La escuela conservaba el mobiliario de la época: pupitres, pizarras, campana y baños. Por fuera, la marcas de los tiros de la guerra.
Visitada la Roça, volvimos a la cruda y hortera realidad angoleña: una ciudad costera llamada Sumbe. Nuestros conocimientos y destreza de boy-scouts volvieron a ponerse a prueba. Ahora decidimos como lugar más adecuado para plantar las tiendas, la mitad de la playa. Rodeados de basura y sin ningún árbol que nos diera sombra. Tras las copas de rigor y con el cansancio acumulado pensábamos en una noche confortable y plácida. Habíamos abandonado la hierba mojada. Ahora tocaba la blanda arena.
El espejismo duró unos veinte minutos, el tiempo que tardamos en empezar a sudar. El frío de la noche anterior me llevó a ponerme una camiseta de rugby para dormir. La mezcla de sudor, olor a pies y mosquitos hizo el resto. Es probable que en diez días tenga malaria. El amanecer incrementó el calvario.
La vuelta a Luanda incluía una visita de trámite a unas grutas. Su búsqueda se convirtió en una odisea. Nuestra idea era preguntar a los lugareños. Nos adentramos en una carretera de esas que llevan al fin del mundo. En 30 kilómetros nos topamos con un par de personas. Por supuesto, no tenían ni idea de la gruta. Entonces decidimos regresar. Cerca del punto de partida, un amable voluntario, muy seguro de sí mismo, se ofreció a guiarnos. Peor el remedio que la enfermedad. La aventura se frenó cuando el coche quedó atrapado en un lodazal. Pensé en lo peor. Gracias a mi pericia al volante, logramos salir indemnes.
A pesar de los reveses, no cejamos en nuestro empeño y seguimos buscando la gruta. Así, llegamos a un poblado compuesto por un par de casas. De una de ellas salió un ufano caballero que se ofreció a llevarnos. Ahora la duda era adonde nos conduciría aquel señor que sólo hablaba umbundu y que tenía una melopea considerable. Para nuestra sorpresa, el sujeto empezó a bajar la montaña como una cabra montesa con la sola ayuda de unas hawaianas. A medida que bajábamos, lo único que sentía eran las picaduras de los cactus. Todavía tengo un montón de púas incrustadas. Espero que salgan sin necesidad de mi ayuda. Intenté sacarme tres. Hoy tengo tres agujeros.
Por fin, en el fondo de un cañón, alcanzamos una cueva inmensa cuyo final no se adivinaba. Al principio, había una especie de lago donde nacía un rió que se perdía por debajo de la cueva. Desgraciadamente, no vimos ningún cocodrilo. De la gruta salía un estruendo formado por los gritos de miles de murciélagos que por allí pululaban. El suelo era una alfombra de cagadas de murciélago entre las que se movían bichejos con apariencia de cucarachas. Sobre la tierra se dibujaban los zig-zgas de las serpientes que afortunadamente dormían bajo tierra. El aldeano decidió descalzarse para andar con mayor facilidad por la tierra playera de la cueva.
En la otra parte de la cueva, volvió a aparecer el río. Frente a la placidez de las aguas del inicio, ahora nos encontramos unos rápidos. Con pocas fuerzas regresamos montaña arriba. Aquella interminable subida de 20 minutos se me hizo eterna. A pesar de la borrachera, el hombrecillo volvió a subir como si de una pequeña pendiente se tratase. La recompensa, como no podía ser de otra manera, fueron un par de cervezas calientes. Se las bebió en menos de un 1 minuto.
Y así acabo el viaje. Me cansé de escribir
Antonio Casado