Recién arrancada su tercera temporada en los USA, con una
season premiere tan vertiginosa y delirante como nos tienen –mal- acostumbrados
y donde las tramas principales se ramifican y renuevan en combinaciones harto
apetitosas de seguir a priori, la historia de la muy disfuncional familia
Gallagher (+ allegados) y sus infinitas tribulaciones en la batalla cotidiana
por una supervivencia más o menos digna, continúa traspasando la pantalla con
frescura y complicidad absolutas, gracias a un reparto en perpetuo estado de
gracia pero también a la notable agilidad de su puesta en escena y unos guiones
desaforados pero creíbles, que ya han logrado dejar muy atrás el juego de
comparaciones con la serie británica original.
En Shameless, Chicago y sus múltiples ghettos superpuestos
son el escenario de una guerra de clases en nada encubierta, donde la picaresca
y el ingenio más callejero son obligatorios para los protagonistas de una
narrativa que asume sin remilgos su papel en una sociedad al límite de lo
soportable. Pero la asumida comicidad de lo grotesco, lo feo y lo escatológico
no pueden con el verdadero alimento vital de sus existencias: el orgullo de
pertenecer a un clan, en el que amor y dignidad no son, en modo alguno,
conceptos abstractos. Los peligrosos delirios amorales del patriarca Frank, la
estafa al sistema como relación laboral preferente (en palabras de Lip, el
retoño prodigio: “Los blancos pobres solo salimos del barrio engañando”), o el
aferrarse a un Sueño Americano que nunca ha funcionado como prometía (Fiona y
sus trabajos basura, el autoengaño de las oportunidades con trampa): todo
resultará llevadero mientras ese pegamento les mantenga unidos. Y en ese
territorio frágil, nuestros anti-héroes de referencia han demostrado que saben
moverse a la perfección. Disfrutemos de la experiencia.
Luis Avín
