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Luang Prabang, La hora de la belleza

Una de mis aficiones de adolescente era trasladarme de un país a otro con la bola del mundo. Ahora me conformo con la revista de abordo, cuyos mapas te llevan por los destinos de la compañía aérea de turno. Tras miles de viajes virtuales, uno de esos lugares que se instalaron en mi imaginario fue Laos.
Los atlas lo dibujaban con una extraña forma en las profundidades de la Conchinchina, un nombre que sonaba a chiste. Su bandera pertenecía a ese grupo de naciones enigmáticas que despertaban curiosidad. Mi contacto con Laos se limitaba a sus apariciones fugaces en los relatos de los Jemeres Rojos o en las películas del Vietcong. Con esos antecedentes, el estereotipo no ofrecía dudas: Laos tenía que ser un inmenso arrozal por donde pululaban campesinos huidizos con el machete entre los dientes. Una creación salvaje del maoísmo.
Tras visitar Luang Prabang, descubrí una versión más exótica y literaria. La mezcla del refinamiento colonial francés con la rudeza comunista y la paz budista, componen una estampa conmovedora. La antigua capital del “reino del millón de elefantes” está encaramada sobre una pequeña península rodeada por el Mekong y uno de sus afluentes. La representación más pura de la Indochina francesa.
Comienza el día con cientos de monjes budistas recorriendo las calles en busca de comida. La procesión color azafrán avanza lentamente entre la neblina del amanecer envuelta en un silencio sepulcral. Devotos y turistas arrodillados llenan los cestos de los presuntos ascetas con arroz y dulces.
Como sucede en otras ciudades asiáticas, el budismo es lo que marca el carácter de Luang Prabang: desde el paisaje urbano a las decenas de templos o wats en cuyo interior los novicios corretean bajo la cómplice mirada de sus maestros. Las espartanas condiciones de vida de los wats son inversamente proporcionales a la felicidad de los monjes. Estos sobreviven gracias a la caridad matinal y acarician el tiempo meditando o rezando mantras. Así es la mili laosiana.
Callejear por el pueblo es sumergirse en la historia del país. El centro está dominado por el palacio real, morada de los reyes hasta que los rojos acabaron con ellos en 1975. Allí se fraguó la leyenda de un reino habitado por más elefantes que personas. La sobriedad de los salones del palacio retratan a una monarquía austera. Las vitrinas son una tienda de souvenirs repleta de quincallería regalada por los Jefes de Estado que visitaron Laos.
El comunismo está presente en los edificios oficiales donde aún ondea la hoz y el martillo. Todo sigue igual, hasta la obsesión maoísta por los alimentos orgánicos. En el mercado matinal no hay ni trampa ni cartón: los animales están vivos y las frutas y verduras penden con sus raíces. Un zoco asiático lleno de color y azotado por un aroma penetrante.
El mercado nocturno está dedicado al consumismo hippy (mochileros en versión moderna). Los más tradicionales disponen de una amplia gama de camisetas con estrellas, hoces y mártires revolucionarios. Para los postmodernos, la novedad son las bolsas de paja de la muy justa y comunista cooperativa del pueblo. Ideal para la compra del Mercadona. Los más sofisticados se inclinan por los imanes para la nevera, los complementos del IPhone, o las telas de colores. Comercio justo “made in China”.
Lo más autentico del mercado nocturno es el buffet de verduras, donde guiris tiesos de dinero y laosianos se ponen las botas por un euro. Me encantó, aunque comí con la aprensión lógica de estar desafiando al estómago.
La personalidad de Luang Prabang está marcada por la herencia francesa. Las casas alsacianas ponen un toque señorial que contrasta con el imparable avance del low cost asiático. Las mansiones coloniales acogen escuelas, edificios públicos u hoteles. Un viaje al Imperio de Napoleón III, cuando este soñaba con una Indochina francesa.
Pero Laos es también el imponente Mekong. Perderse por sus aguas es como abrazar el nirvana. El atardecer dibuja postales ogres y el reloj se detiene. A ambos lados del rio, poblados y wats retan al tiempo. Imágenes bucólicas acompañadas de dengue, malaria y bichos varios. Mi insecto favorito es el paederus, una avispa siniestra que acabó conmigo en el hospital. Justo castigo por recorrer montañas imposibles en bici de cestita persiguiendo paisajes idílicos y osos.
Después de la terrible herencia de guerras ajenas, Laos se aisló del mundo apoyándose en el budismo. Hoy la modernización está cambiando la realidad. Sin embargo, todavía permanece la inocencia de un pueblo dulce y ausente. Y con una joya colonial única: Luang Prabang.
Antonio C.


Xilitla, el jardín del surrealismo

Érase un aristócrata inglés que, cansado de la anodina vida victoriana, fue en busca del paraíso: un lugar donde cultivar orquídeas y proyectar su espíritu libertario. Le llamaban Sir Edward James.
Su mansión de 300 habitaciones en el sur de Inglaterra se le había quedado pequeña. La campiña era triste y umbría y el invierno no terminaba nunca. El aristócrata comenzó a recorrer mundo atraído por el incipiente surrealismo. En Roma, París, Nueva York y Los Ángeles conoció a Buñuel, Dalí, Picasso y Magritte. Ante la imposibilidad de emularles, se convirtió en su mecenas.
Pero Sir Edward James seguía echando de menos las orquídeas. Hasta que un día llegó a Cuernavaca invitado por Leonora Carrington. En esa ciudad mexicana conoció a Erich Fromm, a Aldous Huxley y al encargado de los telégrafos, Plutarco Gastélum.
Al mundo feliz de Cuernavaca le faltaba algo. La ciudad de la eterna primavera donde Hernán Cortés se jubiló, tampoco cumplía las expectativas florales de aquel excéntrico noble. A cambio, quedó atrapado por la personalidad de Plutarco Gastélum, el indio yaqui que trabajaba en la oficina de correos.
Sir Edward se lanzó a descubrir México en compañía de Plutarco. En uno de sus viajes, les hablaron de un paraje donde las orquídeas crecían silvestres. Se trataba de un pueblo recóndito de la huasteca potosina: Xilitla.
No lo dudaron. Sir Edward y Plutarco desembarcaron en ese mágico paraje y plantaron varias orquídeas. Pero no habían transcurrido quince días cuando cayó una de la mayores nevadas que recordaban los lugareños y las gardenias se helaron. Derrotado por la naturaleza, Sir Edward James decidió, entonces, crear algo imperecedero.
Mientras tomaba el baño en una poza, unas mariposas se posaron en su cuerpo. El aristócrata lo interpretó como una señal y creó allí mismo su Jardín del Edén. La obra duró treinta años y le costó una colección de cuadros de Dalí. El resultado fue delirante. Un homenaje al absurdo. Un sueño irreal. La catedral del surrealismo. Un bosque encantado donde conviven anárquicamente esculturas, animales, selva y hormigón. Dalí tenía razón cuando calificó a aquel lunático inglés como el único surrealista realmente loco.
Sir Edward no era arquitecto. Se limitaba a dibujar bocetos que un carpintero local interpretaba en moldes de madera. El resto lo dejó en manos de una treintena de albañiles que aplicaban cemento y varillas a su antojo. El resultado está hoy a merced de los viajeros que llegan hasta allí, atraídos por la curiosidad.
En Las Pozas nada es útil, pero todo es bello. Más de treinta hectáreas de construcciones sin sentido se muestran como una pesadilla: arcos simulando plantas tropicales, escaleras que terminan en el cielo, jacuzzis para peces, aviones, columnas apoyadas sobre capiteles y pilares que sostienen montañas. Un entorno idílico por el que Sir Edward se paseaba desnudo acompañado por sus guacamayos.
La vida y obra de este personaje no se entiende sin Plutarco, el indígena de Cuernavaca que aceptó ser su secretario particular. La familia de Plutarco adoptó al tío Edward quien, al fin, encontró el hogar que le había negado su alcurnia.
Cuando se instalaron en Xilitla, Plutarco ya estaba contagiado por el furor creativo de los amigos de Sir Edward. Su aportación fue un castillo levantado en medio de un mar de casas de hormigón y uralita. Otra fantasía. Un edificio estrambótico mezcla de palacio renacentista veneciano y catedral neogótica.
El edificio es hoy un hostal muy singular. Intacto desde la época de Plutarco, sus pasillos respiran la atmósfera inquietante de una cripta con la huella de Sir Edward James, Leonora Carrington y Remedios Varo.
En Xilitla adquiere pleno sentido la expresión de Breton, que se refirió a México como "un país surrealista por naturaleza".
Antonio C.
 

Viaje al Peyote

“Villa Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce”. Así se llama uno de los pueblos más singulares de México. Para abreviar, la gente lo conoce como “Real de Catorce”. Ni rastro de pirámides, catedrales, murales revolucionarios o cuadros de Frida. Se trata de un antiguo reducto minero escondido entre montañas, a 3.000 metros de altura. Desierto, cactus y peyote sobre un paisaje lunar. El “far-west” en estado puro.
Año tras año, los indios huicholes recorren los 400 kilómetros que separan sus comunidades de los montes que rodean a “Real de Catorce”. Un mes de dura peregrinación durante el que apenas comen y beben. El punto de destino es un cerro con forma de elefante atravesado por el Trópico de Cáncer. Los huicholes insisten en las propiedades telúricas del lugar. Después de atiborrarse de peyote, es lógico sentirse Aníbal Barca cruzando Los Alpes.
Nuestra excursión fue más placentera. Empezó en la colonial y rosácea Zacatecas. Tres horas en coche por rectas infinitas que se perdían entre el calor del asfalto. Los bosques de cactus nos recordaban que estábamos en el norte, allí donde el desierto se apodera de todo y la vida apenas late en algunos ranchos sometidos a condiciones extremas.
De pronto, una cadena montañosa rompe la uniformidad del entorno. El asfalto se trasforma en empedrado y uno cree estar en un decorado de cine. Es de noche y la vida adquiere unos perfiles desdibujados y quietos. Sin embargo, la secuencia sufre una sacudida y el ejército nos devuelve abruptamente a la realidad. En el México del Bicentenario todos somos sospechosos de narcos, especialmente en plena noche, viajando por una carretera secundaria a bordo de un coche destartalado.
Todo era extraño en aquel paisaje remoto. Cuando empezábamos a temer que “Real de Catorce” sería una leyenda, un túnel de 2.300 metros excavado a pico y pala, nos depositó en el siglo XIX. Ahí se ha detenido el pueblo tras su abandono después de la revolución mexicana de 1910. El centenario túnel se llama “Ogarrio”, aldea cántabra donde nació el padre de la obra.
“Catorce” fue fundada por los españoles a mediados del siglo XVIII. En aquella época, bastaba un martillo para enriquecerse. La plata brillaba a ras de suelo. Al olor del metal, la zona se convirtió en un hervidero de buscavidas gobernados por la ley del más fuerte.
El inicio de la lucha independentista sumió a la región en una profunda crisis. La recuperación llegó en la segunda mitad del siglo XIX, edad de oro de “Real de Catorce”. Testigos de esos tiempos gloriosos son la plaza de toros, el palenque para peleas de gallos, la casa de la moneda y la iglesia del milagroso San Francisco de Asís. Pero la etapa de prosperidad fue corta. De la noche a la mañana, las montañas se vaciaron por la violencia revolucionaria y el desplome del precio de los metales.
Sólo hace unos años, el enclave empezó a recuperarse para el turismo y el cine. Lo que permanece en ruinas son muchas de sus casas, el pueblo fantasma o la multitud de minas abandonadas. Eso forma parte de la postal sepia que ya ha pasado a la posteridad.
Pero había más encantos. La magia catorceña nos atrapó hasta que sucumbimos al peyote. La búsqueda del cactus alucinógeno resultó una aventura de alto riesgo. Unos 10 kilómetros a prueba de vértigo por un sendero de cabras reservado a los míticos jeep “willys”. Me sentí como en una diligencia de los spaghetti western. El “willy” era una suerte de camarote de los hermanos Marx, así que nos acomodamos en el techo y la escalera. Siempre sería más fácil saltar si aquel artilugio enfilaba el barranco. Nuestros traseros bailaban al ritmo del traqueteo y los frenazos. El vacío se asomaba detrás de cada curva. Fuimos con el corazón en la garganta hasta que alguien nos tranquilizó recordando la fiabilidad de los “willys” durante la segunda guerra mundial.
Milagrosamente, llegamos sanos y salvos. Para celebrarlo nos lanzamos a comer peyote. El alucinógeno sabía a demonios. Ni el chocolate ni el agua lograban camuflar la amargura de un cactus alimentado por los excrementos de animales. Tras semejante heroicidad, no era de extrañar que las náuseas aparecieran en el viaje de regreso. Y aparecieron.
Por suerte, los efectos del peyote diluyeron los peligros de la ruta. Para disfrutar de la noche, de nuevo nos alojamos en la azotea del “willy”. Las estrellas se multiplicaron, el rojo pálido evolucionó a rosa fluorescente y los ladridos de algunos perros se convirtieron en el rugido de una jauría de lobos. En fin, un concurso de idioteces con regusto a flor de mezcal (peyote).
En “Real de Catorce” se rodó la peor película de la historia, “The Mexican”. A pesar de ello, recomiendo visitarlo. Ni Julia Roberts ni Brad Pitt tomaron peyote.
Antonio C.

Mompox

“Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”. Así señalaba el Libertador sus dos referencias vitales. La primera es hoy capital mundial de horteras e iluminados. La segunda es Patrimonio de la Humanidad.
Bolívar nació en Caracas. Su casa es el último vestigio colonial del casco histórico. Chávez ha convertido el lugar en un reducto necrofílico venerado por la “boli- burguesía” venezolana y sus asimilados latinoamericanos. El resto del centro caraqueño respira la decrepitud de una capital africana agujereada por la guerra. El boom petrolífero de los setenta dejó como herencia una sucesión anárquica de bloques de hormigón. La crisis y la acción redentora del chavismo, han hecho el resto. 
En Mompox, Bolívar forjó su leyenda revolucionaria. La ciudad colombiana es una joya colonial desconocida. Su belleza resulta comparable a la de poblaciones como Antigua (Guatemala) o Oaxaca (México). Aunque menos elegante y barroca que estas, su prolongado aislamiento y una marcada atmósfera provincial y rural, le proporcionan un delicioso aire de abandono y decadencia.
Mompox es una isla del río Magdalena. Allí llegaron los españoles en 1537 para convertirla en aduana destinada a controlar las mercancías procedentes del interior, especialmente oro y plata. Al calor del comercio, la ciudad se erigió en un punto estratégico gracias a su conexión con el mar a través de Cartagena de Indias.
En 1810, Mompox fue uno de los primeros núcleos del virreinato de Nueva Granada que proclamaron la independencia. Algo debió de ver Bolívar en los momposinos para decidir que la conquista de Caracas era mejor hacerla con ellos. Fue entonces cuando exclamó que a Caracas le debía la cuna pero no la gloria.
Tras la independencia, Mompox se mantuvo como baluarte comercial, hasta que, a  principios del siglo XX, las aguas del río se llenaron de sedimentos y dejaron de ser navegables. Actualmente, el brazo momposino del Magdalena es una inmensa ciénaga.
El tiempo se desplomó sobre la ciudad de Mompox, que desde entonces vive paralizada en el siglo XVIII. Sus calles recuerdan a una ciudad andaluza o extremeña del siglo de oro, y no parece que vaya a cambiar. Los turistas se resisten a ir hasta allí por la pesadez del viaje y las precarias infraestructuras. Las autoridades colombianas se muestran reacias a invertir en su desarrollo. 
El viaje a Mompox es una pequeña paliza en coche desde Cartagena de Indias por los Montes de María. En Magané, una chalupa nos lleva durante dos horas por el río Magdalena. Es un sorprendente paseo por el mundo rural colombiano desde la alegre, colorista y caribeña Cartagena de Indias, hasta la sobria y blanca Mompox.
El pasado esplendoroso de esta ciudad gira en torno al río. Su ribera es una alameda colonial donde se alinean, la iglesia, la aduana y los portales de la Marquesa. Una estampa de color sepia con evocaciones literarias. Uno de los abandonados embarcaderos es la puerta de nuestro destino: chez-Chueca, una casa tricentenaria que esconde un gran patio colonial custodiado por los perros Turca y Lola. Ya solo queda disfrutar de la tranquilidad tumbado en una hamaca mientras se contempla el río a través de una ventana enrejada. El ritmo cansino de las aspas del ventilador de madera es la única prueba de que el tiempo existe.      
Antonio C. 

Chiapas

Cuando el subcomandante Marcos dejó la universidad para salir de excursión, muchos situaron Chiapas en el mapa. Bastante antes, Fray Bartolomé de las Casas encontró en estas tierras su inspiración. Pero los primeros en disfrutar del embrujo chiapaneco fueron los mayas.
Pocas civilizaciones son consideradas originales, es decir, surgidas sin influencias externas. En el viejo mundo, identificamos, Egipto, Mesopotamia, el valle del río Indo y la cuenca del río Amarillo. En América, la región andina y Mesoamérica. Dentro de esta última, sobresalió la cultura maya.
Chiapas ilustra el esplendor y la decadencia maya. El esplendor es visible en Palenque, Bonampak, Toniná o Yaxchilán. Destaca la singularidad de Yaxchilán adonde se llega navegando por el río Usumacinta que divide Guatemala y México. Para admirar la decadencia, basta una caminata por la selva lacandona. Cientos de pirámides y templos se adivinan bajo la frondosidad del bosque.
Introducirse en la selva es descender al inframundo maya: la naturaleza. Allí viven los indios lacandones entre cascadas de ensueño, ríos color turquesa, árboles exóticos, moscones tocapelotas, mosquitos insaciables, serpientes venenosas y jaguares mitológicos. Ambiente amenizado por el sonido embaucador de todo tipo de animales.
En 1821, México se independizó. Poco después, caería el Imperio de Agustín de Iturbide. Chiapas decidió, entonces, integrase en México tras una larga vida vinculada a Guatemala y un breve periodo de independencia. El olvido y la pobreza se apoderaron de Chiapas, hasta que un día, el hijo de unos inmigrantes zamoranos y antiguo porteador de El Corte Inglés, reclutó a un puñado de indígenas con intención de retar al Estado. Soy incapaz de definir el zapatismo. Me quedo con “revolución postmoderna”. Un cajón de sastre que lo acepta casi todo: marxismo, indigenismo, ecologismo, feminismo, etc.
El resultado de la milenaria historia de Chiapas es un lugar donde conviven sincretismo religioso, indigenismo de i-phone, domingueros mexicanos y turismo revolucionario. Todo, bajo la mirada serena de San Cristóbal.   
Pasado y presente del indigenismo se condensan en el chamán, parada obligatoria para interesarse por la antropología. El aislamiento del chamán es visible en su porte, su discurso anticapitalista, el botafumeiro y las recetas contra el cáncer (culebra asada cada dos horas y nada de lavarse). Pero el chamán, se había modernizado. Limpieza de espíritu, 12 euros. La penitencia consistió en poner a remojo los pies en aguas estancadas donde hicieron su agosto insectos y bandadas de pececillos inmisericordes. Después de semejante sacrificio físico y económico, los augurios del chamán sólo podían ser excelentes. 
Ejemplo de sincretismo religioso es la iglesia de San Juan Chamula. Cientos de indios tzotziles bajan en peregrinación desde sus comunidades para realizar ofrendas a sus santos. La escena más “mística” es el estrangulamiento del pollo: la sangre sale a borbotones mientras cabeza y patas parecen tener vida propia. Sin sillas ni altar, el suelo de la iglesia es una alfombra de hojas de abeto, decorado con velas y coca colas, refresco imprescindible para expulsar los malos espíritus. Mujeres y hombres avanzan por separado. Los hombres visten de pastorcitos, las mujeres con huipiles de colores luminosos. Ellos llevan bastones de mando y suelen estar borrachos. Un aguardiente asqueroso llamado pox, ayuda a entrar en trance. Amenizan los cortejos bandas de música cacofónicas. Escenas prehispánicas. Sin trampa ni cartón. Los violentos tzotziles no admiten debilidades entre sus seguidores ni el lucimiento de los turistas. Al indio que coquetee con iglesias evangélicas, destierro. Al turista que haga fotos, un par de hostias.
Pero Chiapas, también acoge turismo revolucionario y desenfreno dominguero. Lo primero es patrimonio de occidentales ansiosos de participar del “homo zapatista”. El punto de encuentro es San Cristóbal, donde los bares se llaman Revolución, las cooperativas Ché Guevara y los espaguetis son orgánicos por cojones. Los domingueros son colonos mexicanos que se solazan en ríos y cascadas siguiendo el modelo hindú. Lejos de purificarse el alma, los mexicanos disfrutan de su playa con los tacos, el perro, la abuela y los niños. Semejante “paraíso” sólo está al alcance de aventureros dispuestos a sufrir la carretera Palenque- San Cristóbal: 203 kilómetros, 202 guardas tumbados, miles de curvas y peajes revolucionarios. En otras palabras, 5 horas vomitando
Antonio C.

California

El territorio de la Reina Calafia se conoce hoy como California. Allí llegaron los españoles buscando una isla rica y poblada por mujeres negras de gran estatura. Sin embargo, sólo encontraron cactus, desierto y tribus indias que vivían en la prehistoria. Nada parecido a Tenochtitlán ni a las desarrolladas civilizaciones Mesoamericanas. Las tierras septentrionales dejaron de interesar.
Tras los conquistadores, se recurrió a la evangelización. A finales del siglo XVII, los jesuitas fundaron en Loreto la primera misión. Desde allí se construyó El Camino Real, proyecto de unificar California a través de las misiones. Expulsados los jesuitas en 1767, la obra fue continuada por franciscanos y dominicos. Sin embargo, poco se evangelizó. Aquello era literalmente predicar en el desierto. El escaso público murió contagiado de enfermedades ajenas.
México heredó de Nueva España la Alta y la Baja California, habitadas por un puñado de californios concentrados en torno a los establecimientos religiosos. El poco entusiasmo mostrado por México en aquellas tierras permitió la conquista de la Alta California por los EEUU. Así ocurrió en 1848 tras una guerra con tintes de estafa. Los meapilas del Mayflower alcanzaban el Pacífico y culminaban la conquista del oeste. México perdió la mitad de su territorio: Texas, Nuevo México y la Alta California. Avergonzados por el engaño, los EEUU dejaron a los mexicanos la península de la Baja California.
Hoy, las dos Californias están divididas por un muro. Una especie de cordón sanitario que separa dos mundos: el desarrollo, del subdesarrollo; el orden, del caos; las carreteras, del desierto; San Diego, de Tijuana. Un viaje apasionante de Los Ángeles a Los Cabos me sumergió en ambas realidades: 2.000 kilómetros en tren, tranvía, a pie y en coche.
El tramo en tren correspondió al trayecto LA- San Diego, ciudades conectadas por la “línea surfer”. Poco queda de la etapa hispana, salvo algunas misiones y los nombres de ciudades y pueblos. En L.A destaca el “glamour” de la calle del teatro Kodak, comparable a la madrileña calle Carretas en sus tiempos gloriosos. Me sorprendió el buen ambiente de West Hollywood y disfruté del paseo en bici por Santa Mónica y Venice Beach. Lo más singular, la Catedral de Moneo donde se venden nichos a precios asequibles.
En la tranquila y aburrida San Diego, el atractivo se reduce a un clima benigno y a una bahía tomada por portaviones, submarinos y yates. A pesar de encontrarnos a unos kilómetros de Latinoamérica, no se ve rastro de un mundo hispano escondido en las cocinas de los restaurantes y en las casas de los más pudientes. El color latino salió a nuestro encuentro en el tranvía que nos llevaría a la frontera. Los caucásicos optaban por la dirección contraria.
La sensación de cruzar la frontera a pie es extraña. Del lado mexicano, filas interminables de gente a pie o en coche. En la salida de EEUU, el control se limita a dispositivos para impedir retroceder. Ni un solo policía. Un chollo para las armerías norteamericanas y los narcotraficantes mexicanos.
Concluido el periplo por la Alta California, en Tijuana comenzamos la “road movie” por la Baja California. La península es atravesada por la Transpeninsular, carretera mítica que une los 1.700 kilómetros de Tijuana a Los Cabos.
La Transpeninsular transporta a emociones indescriptibles. Una ruta zigzagueante conduce del salvaje Océano Pacífico al embaucador Mar de Cortés entre desiertos, montañas, volcanes, salinas y planicies interminables salpicadas de cactus. Un paisaje inquietante, casi fantasmagórico. Lo único real eran unos cuantos pueblos hechos de uralita y hormigón. Las guías comparaban los paisajes del Mar de Cortes con los cuadros de Dalí.
Salir de la Transpeninsular parece un viaje a través del tiempo. Algo así debía de ser la Alta California hace 100 años: un valle vinícola, bahías multicolores repletas de ballenas apareándose, misiones de película en enclaves semi-abandonados y pinturas rupestres con 7.500 años de antigüedad.
En un hotel de Todos Santos, en Baja California, se inspiraron Los Eagles para su mítica canción “Hotel California”. Sus inquilinos son gringos colgados del mito de la Reina Calafia que creó Garci Rodríguez de Montalvo a principios del S XVI. Un poco más al sur se llega a Los Cabos. Fin del trayecto. Allí sestean media docena de cuerpos ansiosos de sol. No son lagartos. Son guiris.
Antonio C

El Chepe

Así se llama la línea ferroviaria Chihuahua-Pacífico que une el desértico norte de México con el Mar de Cortés en el océano. Atraviesa la Barranca del Cobre, donde viven los indios tarahumaras, y navega por las alturas entre peñascos y retazos de cielo. Una experiencia única.
Sale El Chepe de Chihuahua en dirección a Los Mochis: 15 horas para un trayecto de 650 Km. a una media de 43 Km. por hora. En nuestro caso invertimos una semana. Valía la pena detenerse en todos los rincones. La fisonomía del tren anticipaba la singularidad del viaje. Un retroceso a los tiempos de la conquista del oeste: estaciones en medio de la nada, cambios de aguja manuales, curvas interminables, pendientes pronunciadas, túneles de piedra, revisores con pajarita… y para darle un toque actual, policías con recortadas.
El tren es una reliquia de los años 50. Se inauguró en 1961 y, desde entonces, poco ha cambiado. La locomotora es una chimenea cuyo principal cometido es tocar la bocina. El último vagón se cierra con una barandilla que nos transporta a los ferrocarriles del far-west.
El núcleo del viaje es la Barranca del Cobre. Antes se pasa por Ciudad Cuahtémoc, habitada por menonitas. Allí llegaron de Canadá en 1920, tras negarse a educar a sus hijos en inglés. Es curioso ver en pleno desierto mexicano a unos tipos con la bilirrubina por los suelos y hablando alemán del siglo XVII. Es como si los Ingalls (la familia de La Casa de la Pradera) se instalaran en Lepe. Los menonitas se dedican al cultivo de la manzana y, aparentemente, viven bastante bien. Eso sí, sin coches, ni electricidad, ni esas cosas de burgueses.
Cuando el Chepe se adentra en la Barranca del Cobre el paisaje se torna idílico. Multiverde (como los Alpes o las Montañas Rocosas) y vertical como el Cañón del Colorado. Sin embargo, la Barranca del Cobre es más que una maqueta de tren. Es la tierra de los tarahumaras, un pueblo indígena semi nómada con tradiciones milenarias. Los tarahumaras viven en cuevas, se cubren con taparrabos y vestidos de colores, y brincan por las montañas como cabritillas. Situadas en lugares inalcanzables, vemos misiones católicas y viejas minas abandonadas (los españoles primero, y después los americanos, exprimieron las entrañas de la tierra).
La primera parada fue Creel, un extraño pueblo que nació por el milagro del tren y los aserraderos de madera. Nosotros lo utilizamos de campamento base para varias expediciones. Los alrededores ofrecen numerosas sorpresas. La naturaleza es desbordante y se expresa en todas sus tonalidades. Como no estoy puesto en botánica ni en zoología, y desconozco las plantas en peligro de extinción o el perfil de los buitres leonados, me centraré en el viaje a Batopilas, corazón de la Barranca del Cobre.
El repentino calor húmedo delató que habíamos descendido de 2.500 a 400 metros en poco más de 150 Km. Estábamos en Batopilas. Tras 5 horas de coche por caminos infernales, el frío de la montaña se convirtió en sofoco. Mi único recurso fue cortarme los vaqueros a golpe de tijera.
Batopilas se desarrolló gracias a la minería. En su día tuvo 15.000 habitantes, hoy apenas alcanza los 1.000. Entre la estrecha franja del río y una montaña vertiginosa se levanta un puñado de casas que ocupan la parte más baja de la barranca. La decadencia era evidente: minas abandonadas, haciendas en ruinas, hoteles rancios. La imaginación se dispara y el viajero evoca un pueblo minero de principios del s. XIX. Los buscadores de pepitas de oro debieron hacer de las suyas.
En Batopilas nos hablaron de una gran iglesia situada a ocho kilómetros siguiendo el cauce del río. Tras hora y media de caminata apareció la “catedral pedida”. El nombre se lo puso un gringo al “descubrir” la iglesia. Hasta entonces, sólo los lugareños sabían de su existencia. Situada en una planicie con escasa presencia humana, es lo más parecido a una alucinación. No hay consenso sobre su historia. Hace poco la han restaurado con escasa fortuna.
Concluido el periplo por Batopilas, regresamos al tren. Próxima estación: Divisadero. Para los turistas, las vistas más impresionantes del cañón. En unos días, inaugurarán un teleférico. Y de Divisadero a Bauchichivo (otra estación inexplicable) y traslado a Cerocacui. Aquí, el campamento base es una antigua misión jesuita. La excursión a Urique nos levanta el ánimo. A mitad de camino hay un mirador donde se disfrutan las mejores vistas del cañón.
En nuestra última jornada, el tren nos llevó a El Fuerte, ya en la llanura, muy cerca de los Mochis. Lamentablemente, no tuvimos tiempo de coger el ferry y atravesar el Mar de Cortés hasta Baja California. Otra vez será. En esta ocasión, el Chepe y su Barranca del Cobre nos interesaban más que las ballenas. Sin duda, junto a Etiopía y Bahía dos Tigres (Angola) uno de los viajes más espectaculares de mi vida.
Antonio C.

Speaker´s Corner: Los Gachupines

En el pueblo de Dolores los oficios eran a las 12 de la mañana. Aquel día, el cura observó que muchos parroquianos estaban excepcionalmente inquietos. Los sermones habían agotado su eficacia. Pensando en el futuro, el cura creyó conveniente organizar algo más creativo. Una procesión diferente, con un eslogan atractivo. El número de fieles desencantados aumentaba peligrosamente para la causa. Había que ponerse en marcha.
Cuando los sufridos feligreses esperaban un nuevo ejercicio de megalomanía curil, la procesión de aquel 16 de septiembre de 1810 cambió la Historia. “Viva la Virgen de Guadalupe, mueran los gachupines”. El nuevo grito de guerra lanzado por el cura Hidalgo se convertía en el Grito de Dolores. Así se iniciaba la lucha por la independencia de Nueva España. La fe religiosa, nuevamente, movía montañas. En este caso para volverse contra su patrón.
Desde ese momento, “gachupines” ha sido el término utilizado por los mexicanos para referirse con desdén a los españoles. Sus diferentes usos nos permiten seguir la imagen de España y los españoles en México a lo largo de los últimos 200 años.
La independencia de Nueva España llegó en 1821, cuando Iturbide y el virrey O’Donojú firmaron un documento cuyo original -se dice- lo recuperó Fernando VII para esconderlo en algún cuadro del Palacio Real. El nuevo país se llamó México en honor a los “mexica”, el pueblo que sucumbió a Cortés. son sus símbolos más conocidos. Por esas cosas de la historiografía mexicana, 1821 es un año casi maldito, e Iturbide, uno de los muchos traidores a la patria. Su “pecado” fue autoproclamarse Emperador.
Durante el siglo XIX se consolidó el término gachupín. Entre nuestro “méritos”: el intento de Isidro Barradas de reconquistar México en 1829, esperar hasta 1836 para que Isabel II reconociera la independencia, y el inicial respaldo a Napoleón III en una aventura que acabó con Maximiliano de Habsburgo como Emperador de México.
Nuestra suerte empezó a cambiar con la llegada de Porfirio Díaz al poder, a finales del siglo XIX. A punto estuvimos entonces de dejar de ser gachupines para convertirnos en españoles. La celebración de los 400 años del Descubrimiento significó para los mexicanos el reencuentro con España. El Centenario de la Independencia sirvió de exaltación hispanófila.
Durante el Centenario, los mexicanos interpretaron la independencia en clave familiar: el hijo que se emancipa al llegar a la adolescencia. Porfirio proyectó El Paseo de la Reforma como el lugar de representación de la historia mexicana. Allí están Colón y Carlos IV trasformado en Caballito, compartiendo protagonismo con Moctezuma, Cuauhtémoc, o el Ángel de la Independencia. El Paseo lo culminaría Isabel la Católica. Incluir a Hernán Cortés era excesivo. La escultura de Isabel se frustró con la Revolución.
La imagen de los españoles empeoró notablemente tras la Revolución. La hispanofobia se extendió y los españoles pasamos a ser “pinches gachupines”. Franco hizo lo posible por ahondar la brecha. La única y verdadera identidad mexicana era la prehispánica. Colón y Cortés acabaron con un mundo bucólico donde el hombre vivía en armonía con los dioses y la naturaleza. Había que recuperar el pasado. Como eso era complicado, la doctrina oficial se conformó con construir una versión anti-española de la Historia.
Hace un año llegué a México. Entonces me preguntaba si los mexicanos nos seguían viendo como pinches gachupines. La respuesta era recurrente: desde la hispanofobia de los intelectuales de izquierda a la hispanofilia de la derecha, las emociones son muy variadas.
Con esa duda encaré el partido de fútbol del Bicentenario: México vs España. Nadie se quejó por la elección del contrincante para celebrar la independencia. Xabi, Casillas y Pujol pesaban más que la Historia. Algunos me aconsejaron ir al partido con tapones para que no me pitaran los insultos. Otros me advirtieron de la conveniencia de dejar en casa la camiseta roja. Incluso, me recomendaron llevarme un chubasquero para protegerme del orín.
El partido fue una fiesta, Manolo el del Bombo ejerció de ídolo de masas, la selección española ofreció la Copa a la Virgen de Guadalupe y yo, feliz, me fotografié con la Copa. Ese día dejamos de ser pinches gachupines. Por fin fuimos, al menos durante dos horas, hermanos españoles. Villar le prometió a la Virgen llevarle la Copa si España ganaba el Mundial. Ahora, unos acusan a la Virgen de chaquetera. Otros, recuerdan que si México no se hubiera independizado sería campeona del mundo. ¡Gol de Iniesta!
Antonio C.

Cuaderno de Bitacora. Etiopía-Uganda

Ultimamente mis vacaciones son siempre africanas. Después de una ardua reflexión creo que la culpa es de Angola. Encontrar billete para Europa se ha convertido en una hazaña. Desde hace tres meses estoy en lista de espera para ir en navidades a España. Por supuesto, en clase turista al módico precio de 3.100 euros. Así que decidí emprender camino de las tierras de la Reina de Saba.
El primer contacto con Etiopía fue el Sheraton de Addis. Ese tipo de sitios donde los amigos recomiendan no ir porque vives de espaldas al país. En dos días agotamos las existencias de batas y zapatillas del jacuzzi.
Un poco reacios a abandonar nuestra torre de marfil, nos aventuramos en la noche etíope. Allí descubrimos el mundo rasta. El bar donde aterrizamos es complicado describirlo. Lo único que recuerdo es un sofá rescatado de algún basurero donde nos sentamos.
Rastafari era el nombre de Helai Selassie. El Emperador se llamaba Ras (gobernador) y Tefari (su nombre de pila). Todavía sigo preguntándome qué vieron Bob Marley y compañía en Selassie para convertirlo en su “Dios”. El milagro que se le atribuye es un aguacero que cayó en Jamaica coincidiendo con uno de sus viajes. Recomiendo el libro de Kapuscinski “El Emperador”: retrata al “heredero” de Salomón de forma tan absurda que tienes la tentación de compadecerlo. Como colofón, la entrevista de Oriana Fallaci a Selassi en “Entrevista con la Historia”. Magistral un Emperador que admira más a Mussolini que a los ingleses. La “razón” es que los ingleses le ayudaron a expulsar a los italianos.
Lo mejor de Etiopía estaba por llegar. Dos días en Addis son suficientes, así que pusimos rumbo a Lalibella, cuya traducción en amárico es paraíso de las pulgas. La visita turística a unas iglesias coptas en busca del Arca de la Alianza se convirtió en un descenso a los tiempos bíblicos. Iglesias excavadas en las rocas adonde acudían en tropel multitudes envueltas en mantos blancos.
Si las espantosas cubiertas de la UNESCO no te permiten disfrutar de las iglesias, la alternativa es visitar cualquiera de las situadas en los entornos de Lalibella. Las montañas que rodean al pueblo están llenas de iglesias y recovecos donde se instalan los anacoretas. La que visitamos nosotros nos trasladó al Antiguo Testamento.
En el fondo de una montaña se abría una gruta donde se incrustaba una iglesia de formas primitivas. De su interior surgía el murmullo de cientos de fieles orando. El umbral de la puerta te transportaba a los tiempos de Moisés. Incluido un olor fétido mezcla de sudor, humedad e incienso.
Presidían la iglesia no menos de 12 monjes dedicados en cuerpo y alma a rezar al compás de un traqueteo de carracas. Parecía una película de Semana Santa sobre el martirio de Jesucristo. Allí vivían esos monjes, envidia de muchos etíopes, pues llegar a cura supone garantizarse la comida para el resto de la vida. El rezo estaba acompañado por el sonido monocorde de cientos de fieles. A pesar de nuestro aspecto estrafalario, éramos invisibles a sus ojos.
En el fondo de la gruta reposaban, desperdigados por el suelo, calaveras y huesos de miles de muertos. Antiguamente, la gente dormía el sueño eterno dentro de la Iglesia. Ahora es enterrada fuera. En mi vida he estado en un sitio semejante.
Agotada la etapa de Lalibella nos dirigimos a Gondar, antigua capital del Imperio. Una ciudad donde lo normal es llamarse Tewodros en honor a un Emperador. No tuvimos más remedio que integrarnos en la sociedad local.
Gondar es una pequeña ciudad donde llama la atención un centro construido por los italianos tras su invasión en 1935. Edificios y villas como las de Parma o Milán. Junto a ellos, la atracción turística: un castillo de estilo medieval. Me recordaba a los fuertes de Pakistán. Como no podía ser de otra manera, por allí habían pasado casi todos. Etiopía es el país que muchos han invadido pero que nadie ha colonizado. Esa es, seguramente, la causa de su singularidad.
Lo más espectacular de Gondar era una pequeña iglesia de estilo parecido al bizantino llamada Saint George. Para nosotros, la iglesia de los angelitos. El techo tenía unos frescos dominados por miles de cabezas de angelitos de colores como salidos de un cuento de hadas.
Debajo de los angelitos, los feligreses permanecían abstraídos en sus plegarias y ritos. Llamaba la atención su querencia a rezar mirando a la pared. La iglesia etíope mantiene unas tradiciones mezcladas del judaísmo, cristianismo e islamismo que le confieren un halo misterioso.
La última visita la reservamos a los falachas. Por fin, íbamos a conocer a los verdaderos descendientes del Rey Salomón. Las guías apuntaban a esta zona como el lugar donde vivían desde tiempos babilónicos. Se aconsejaba visitar un pueblo que te recibía con cartel que rezaba “Welcome to Sion”. El timo de la estampita: los falachas se fueron a la tierra prometida a principios de los 90’.
Coincidiendo con la hambruna y la guerra tras la caída de Mengistu, Israel puso en marcha la “operación Salomón”. Sólo se resistió una señora que sigue enseñando su casa empapelada con recortes de periódico como prueba de su autenticidad. La herencia dejada por los falachas se reduce a una cerámica con un estilo, aparentemente, singular. Abundaba la representación de la cama donde la Reina de Saba y el Rey Salomón procrearon.
Gondar se encuentra al norte del lago Tana, fuente del Nilo Azul. Imposible competir en paternidad con el Lago Victoria, en cuya parte ugandesa nace el Nilo Blanco. La razón es que al primero llegaron los ingleses y al segundo, quizás portugueses o sólo etíopes. Pero lo interesante del lago es la multitud de islas donde se erigen pequeñas iglesias y monasterios. La leyenda cuenta que en una de ellas se guardó el Arca durante la invasión italiana. Ahora está en Axum, si no se la ha llevado Harrison Ford. No puedo contar más detalles porque para mi desgracia no pudimos visitar el lago.
Por supuesto, recomiendo vivamente el viaje. Lectura obligada es “El sueño de África” de Javier Reverte.
Antonio Casado Rigalt

Speaker´s Corner: La Confusão

Me voy de Angola. Si tuviera que definir con una palabra este país, no lo dudaría: confusão. Hace 33 años, Kapuscinski llegó a la misma conclusión. Nunca se han expresado tantas sensaciones en un solo término. Confusão no tiene traducción. Ni siquiera en portugués. Sólo en Angola adquiere sentido. Ningún antropólogo puede prescindir de su análisis porque define perfectamente la idiosincrasia de este pueblo. Para algunos se trata de un término peyorativo. Ni mucho menos. Es una palabra bella, melódica, divertida. Y con un punto de ironía.
Según Kapuscinski, confusão quiere decir “desbarajuste, caos y anarquía”. Sí, pero a la angoleña. Los occidentales buscamos desaforadamente el orden. Nuestra paz sólo se consigue en el equilibrio. En Angola, por el contrario, vivir tiene una intensidad diferente, porque la felicidad se alcanza con el desorden. Los angoleños naufragan en la rutina. En el caos se sienten relajados y cómodos.
La confusão la crean personas que acaban convirtiéndose en sus víctimas. Nadie es capaz de controlarla. La confusão siempre genera más confusao. Sus efectos son hipnóticos y uno se siente irremediablemente atraído a formar parte de ella. A veces te supera y tratas de luchar contra la impotencia, pero no puedes escaparte. Y si te lo propones, peor. Entonces crearás más confusão.
Estoy de acuerdo con Kapuscinki cuando señala que la confusão encierra cierto fatalismo. Indefectiblemente, cualquier cosa que hagas conducirá a engrosar la confusão. Es una fuerza sobrenatural. Me recuerda a las películas de los Hermanos Marx: una especie de camarote perpetuo, un cúmulo de despropósitos que se enredan en una secuencia indefinidamente surrealista.
La confusão afecta a individuos y a multitudes. Al principio tiene efectos paralizantes. Pierdes reflejos y no sabes como reaccionar. El sentido común se convierte en el menos común de los sentidos. Tiendes a buscar explicaciones en forma de circunloquio, la gente te mira con compasión, nadie entiende nada.
Mucho más divertido resulta cuando la confusão se ensaña con una multitud. Los “líderes” son incapaces de explicar lo que ocurre. Todos se dejan poseer por el arrullo de la confusão, incluyendo a aquellos que la han provocado. Involuntariamente todos se ven involucrados, pero participan con fervor. La desorientación se adueña de la situación. La salida es harto complicada.
Lo peor es cuando te conviertes en responsable de la confusão en contra de tu propia voluntad. NO puedes sustraerte a su poder narcótico. Estás pillado.
Antonio Casado Rigalt

Cuaderno de Bitacora: Bahia Dos Tigres-Foz de Cunene

Mi estancia en Angola toca a su fin. Hace tiempo, me hablaron de un paraje inhóspito en el sur: Bahía dos Tigres y Foz de Cunene. Un desierto fronterizo con Namibia. Cuando pregunté, intuí que aquel viaje era complicado: Bahía dos Tigres está aislada por las dunas y el mar. Sólo se accede con marea baja. Necesitábamos alquilar coches especiales y llevar una persona experta en mareas. Íbamos a pasar tres o cuatro días fuera del mundo.
El punto de partida fue Lubango, altiplano situado a 2.000 metros. En menos de dos horas se pasa de un clima frío y un paisaje verde al más árido de los desiertos. Cada cambio de rasante es una sorpresa. Los colores cambian a un ritmo vertiginoso. A mitad de camino se encuentra Caraculo, en cuyos alrededores vive la tribu de los mamuilas. El atractivo antropológico son las mujeres. Las casadas están enrolladas en unas cintas colocadas alrededor de los pechos. Es la estrategia de los maridos para bajar la libido a posibles competidores.
Superado Namibe, nos adentramos en el desierto. El cauce de un río seco delimitado por un cañón te conduce al mar. El trayecto está salpicado por Weltvichias, una planta milenaria supuestamente carnívora. Su aspecto lacio delata su cansancio. Alcanzamos nuestra primera parada, unas cabañas enclavadas en un acantilado.
Desde allí pusimos rumbo a Bahía dos Tigres. Una carretera parcialmente tapada por la arena te lleva a Tombwa. Como si el tiempo se hubiera parado, los carteles mantienen los nombres coloniales de aquellas ciudades: Moçamedes, Porto Aleixandre, Sa de Bandeira etc.
Sin capacidad para asimilar la belleza del entorno, un oasis te sumerge en el espejismo. Miles de pájaros sobre un lago inmenso revolotean entre una vegetación exuberante. El desierto da un respiro.
En Tombwa se acaba la carretera. A partir de ahí, el fin del mundo. Sólo queda la referencia del mar. Las dunas crecen. La costa es un rosario de barcos encallados similar a la Skeleton Coast de Namibia. La playa se llena de focas, pájaros, delfines y alguna ballena.
Se entra en Bahía dos Tigres. Dunas atigradas de más de 200 metros de altura emergen como un milagro desde el mar. La marea baja es la señal para pasar. El hueco de una duna nos permite acampar. Subirse a más de doscientos metros y perder la mirada entre las dunas y el mar es una experiencia impagable.
La Bahía está protegida por una península. Así aparece en los mapas. Los portugueses la habitaron aprovechando la pesca. A modo de premonición, el mar la rompió en 1974 convirtiéndola en una isla. La revolución de los claveles hizo el resto. Ahora sólo viven perros salvajes que se alimentan de focas. En el horizonte se adivina el pueblo abandonado con sus casas, su factoría, su iglesia o el cine.
Nuestro siguiente destino era la Foz de Cunene. La punta suroeste de Angola. La frontera con Namibia delimitada por un río y su desembocadura. Más desierto. Hay que esperar la bajada de la marea para seguir dirección sur. El trayecto está marcado por las tuberías que llevaban el agua desde el río Cunene hasta la península. El desierto se hace pedregoso. Las dunas se separan de la costa viajando hacia el interior. Se ven algunas hienas y algún onyx.
Llegamos a la Foz. Tierra de nadie, sensación de libertad. Sensación de estar en otro planeta. En 500 kilómetros no hemos visto a nadie. Seguimos el río aguas adentro y nos topamos con presencia humana. Entre las ruinas de la planta que bombeaba agua a la península, la policía angoleña pretende controlar el infinito. Han montado un puesto fronterizo. Surrealista.
El desierto está cortado por un caudaloso río repleto de cocodrilos. Es la frontera. La parte namibiana es una pared de dunas cuya arena cae suavemente al agua. Acompañar el río es acercarse al éxtasis.
Una pasada. Un viaje acojonante.
Antonio C.


Cuaderno de Bitácora. Angola

Este año, como el anterior, he optado por la penitencia local: Semana Santa en tierras angoleñas. Para rizar el rizo he ido de camping. La conclusión es que me he aburguesado. Lo de dormir en tienda de campaña no es lo mío. Mis épocas de boy-scout son historia. El viaje fue una auténtica aventura. Conmigo viajaban cinco sujetos, tan o más aburguesados que yo. Cada vez que había que montar o desmontar una tienda se nos venía el mundo encima.
El viaje ha merecido la pena. Optamos por conocer la otra Angola, es decir, la rural. Lo que más me gustó fue un pueblo llamado Gabela. En pocas palabras, un pueblo estancado en los años 70. Decadencia pura del colonialismo portugués: rótulos de tiendas cerradas hace décadas, casas con la metralla de la guerra, estación de tren sin vías ni vagones, salón de té con las mismas mesas y sillas que hace 30 años. Todo estaba ruinosamente intacto.
La ruta hacia el interior no tuvo desperdicio. A media hora de la costa, el paisaje se volvió verde. Me recordaba a Sao Tomé. El recorrido era una sucesión de quimbos (poblados con casas de paja) donde de vez en cuando te encontrabas un mercadillo con fruta. A mitad de camino nos bañamos en una cachoeiras (cataratas) espectaculares.
Así llegamos a nuestro primer punto de destino, una especie de balneario. Me imagino que en su día fue un balneario de colonos. Hoy sólo queda algo que llaman piscina donde caen aguas templadas y calientes que manan de la montaña. El baño lo compartías con peces y todo tipo de anfibios que vivían al calor de aguas semi estancadas. Especialmente gozoso fue el chapuzón de mañana con la legaña puesta.
La noche que pasamos al borde de aquella piscina, la podría describir como una noche bucólica a la luz de la luna entre ruidos de ranas (o sapos), cabras y todo tipo de animales. Nada más lejos de la realidad. Como era de esperar, la tienda de campaña se convirtió en un lugar no apto para dormir. Algo puse de mi parte. Se me olvidó el saco y decidí dormir sin pantalón largo. La tienda la clavamos en una pequeña pendiente húmeda al lado de un pozo de aguas fétidas.
El "balneario" estaba en un pequeño pueblo llamado Conda. El culo del mundo. El punto de reunión de los paisanos era la televisión del bar. Allí estaba reunido la mitad del pueblo disfrutando de una telenovela brasileña. Parecía un partido de fútbol. Los besos eran goles, los cuernos abucheos y las escenas de cama penaltis.
De la jornada posterior, lo más alucinante fue la visita a la Roça. Es la palabra portuguesa que describe las plantaciones que los portugueses explotaron durante la época colonial en África. Fundamentalmente cacao, café y similares. En Gabela está la Roça más grande del mundo. Una ciudad con escuelas, hospitales, estación de tren y hasta pista para avionetas. La explotación cerró a finales de los 70 y estaba tal cual se abandonó. Bueno, un poco deteriorada por la guerra. La Roça se dividía en dos partes: la de los trabajadores negros y la de los jefes blancos. Las diferencias eran notables. La escuela conservaba el mobiliario de la época: pupitres, pizarras, campana y baños. Por fuera, la marcas de los tiros de la guerra.
Visitada la Roça, volvimos a la cruda y hortera realidad angoleña: una ciudad costera llamada Sumbe. Nuestros conocimientos y destreza de boy-scouts volvieron a ponerse a prueba. Ahora decidimos como lugar más adecuado para plantar las tiendas, la mitad de la playa. Rodeados de basura y sin ningún árbol que nos diera sombra. Tras las copas de rigor y con el cansancio acumulado pensábamos en una noche confortable y plácida. Habíamos abandonado la hierba mojada. Ahora tocaba la blanda arena.
El espejismo duró unos veinte minutos, el tiempo que tardamos en empezar a sudar. El frío de la noche anterior me llevó a ponerme una camiseta de rugby para dormir. La mezcla de sudor, olor a pies y mosquitos hizo el resto. Es probable que en diez días tenga malaria. El amanecer incrementó el calvario.
La vuelta a Luanda incluía una visita de trámite a unas grutas. Su búsqueda se convirtió en una odisea. Nuestra idea era preguntar a los lugareños. Nos adentramos en una carretera de esas que llevan al fin del mundo. En 30 kilómetros nos topamos con un par de personas. Por supuesto, no tenían ni idea de la gruta. Entonces decidimos regresar. Cerca del punto de partida, un amable voluntario, muy seguro de sí mismo, se ofreció a guiarnos. Peor el remedio que la enfermedad. La aventura se frenó cuando el coche quedó atrapado en un lodazal. Pensé en lo peor. Gracias a mi pericia al volante, logramos salir indemnes.
A pesar de los reveses, no cejamos en nuestro empeño y seguimos buscando la gruta. Así, llegamos a un poblado compuesto por un par de casas. De una de ellas salió un ufano caballero que se ofreció a llevarnos. Ahora la duda era adonde nos conduciría aquel señor que sólo hablaba umbundu y que tenía una melopea considerable. Para nuestra sorpresa, el sujeto empezó a bajar la montaña como una cabra montesa con la sola ayuda de unas hawaianas. A medida que bajábamos, lo único que sentía eran las picaduras de los cactus. Todavía tengo un montón de púas incrustadas. Espero que salgan sin necesidad de mi ayuda. Intenté sacarme tres. Hoy tengo tres agujeros.
Por fin, en el fondo de un cañón, alcanzamos una cueva inmensa cuyo final no se adivinaba. Al principio, había una especie de lago donde nacía un rió que se perdía por debajo de la cueva. Desgraciadamente, no vimos ningún cocodrilo. De la gruta salía un estruendo formado por los gritos de miles de murciélagos que por allí pululaban. El suelo era una alfombra de cagadas de murciélago entre las que se movían bichejos con apariencia de cucarachas. Sobre la tierra se dibujaban los zig-zgas de las serpientes que afortunadamente dormían bajo tierra. El aldeano decidió descalzarse para andar con mayor facilidad por la tierra playera de la cueva.
En la otra parte de la cueva, volvió a aparecer el río. Frente a la placidez de las aguas del inicio, ahora nos encontramos unos rápidos. Con pocas fuerzas regresamos montaña arriba. Aquella interminable subida de 20 minutos se me hizo eterna. A pesar de la borrachera, el hombrecillo volvió a subir como si de una pequeña pendiente se tratase. La recompensa, como no podía ser de otra manera, fueron un par de cervezas calientes. Se las bebió en menos de un 1 minuto.
Y así acabo el viaje. Me cansé de escribir
Antonio Casado