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Viajera en Sevilla

Llego a Sevilla y me recibe, se planta ante mí, ese abrumador torbellino de estímulos que ha inspirado canciones, bailes, poemas, lienzos, novelas, e incluso vidas desde sus arquetipos memorables: Don Juan... Carmen... pero también El Comendador y Don José...
Para que nada falte y extremar el abanico, me encuentro hasta una huelga de recogida de basuras, en el primer o segundo día de sus quince.
Algo inexplicable atrae mi mirada hacia “lo que falta”... y así voy fijándome en minúsculos detalles: pespuntes de faralaes, prodigiosas articulaciones del abanico... tal vez reminiscencias de todo aquello que con gusto recibieron los habitantes del “otro mundo” a cambio de su oro, convertido en poderoso caballero en nuestra torre, aún antes de inundar las arterias de Europa.
Pasos inciertos, sombras esquivas... reconozco que ansío la noche para enfrentarme a esa gran niña del ojo de la oscuridad...
“El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve” (A. Machado)
¿Lo percibió el poeta en una noche sevillana como ésta, la que me mira desde los ojos vacíos de las estatuas, en las esquinas humeantes de las velas prendidas, en la catedral o en las tabernas?
Desde esa oscuridad contemplo el invisible cuerpo de la ciudad, que crea destellos de sí misma, tanto para mostrar como para ocultarse.
Si, como advertía Lorca, “el duende” se esconde en las teclas negras del piano, tal vez todo el  embrujo de Sevilla se exprese en eso que menos aparenta. Al abrigo de las simulaciones, en la generosa cercanía de los rincones, mi genética celta me susurra: ...”Haberlas, haylas”.
Ricardo

Viajera en Edimburgo

Recomiendo Edimburgo una vez al año, sobretodo en ese momento mágico de su Festival que se celebra desde 1947.
Todos los viajeros encontramos nuestro festival, ya que hay cuatro dentro de ese gran estreno permanente en el que se convierte esa maravillosa ciudad.
Cualquier lugar de la ciudad sirve de escenario para que alguien nos muestre su Arte convirtiéndote así en un instante en la cuarta pared. Yo viví The Royal Mile que es una de las calles más antiguas de Edimburgo y la más famosa, segun me contó un escocés.
A mí me fascinó; era una verdadera exposición de teatro, música y de seres humanos que nos mirabamos y sonreíamos porque todo lo que ocurría estaba a disposición de nuestros sentidos.
Mi cámara miraba a uno y otro lado y esto es lo que me lleve de la Royal Mile.
Yarmem