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Cuaderno de Bitacora. De boda en Casablanca 2

Por fin llegó el día de la Boda, teníamos la invitación en la cual de las pocas cosas que entendíamos era la hora 8,30 de la tarde pues el resto estaba escrito en árabe. Nabila, la novia, ya nos advirtió que llegáramos un poco más tarde para que nos se nos  hiciera tan largo, luego comprendimos el por qué.
Una novia marroquí cita a sus invitados a las 8,30 de la tarde pero ella no llega hasta las 12 de la noche. Los nativos que se lo saben, van llegando cuando les parece,  nosotras a pesar de llegar un poco tarde estábamos allí a las 9 h.
Naturalmente fuimos de las primeras. Unos pocos invitados, casi todos mayores ya estaban allí pues aprovechan estas ocasiones para reunirse con familiares y amigos que hace mucho que no ven y además no querían perderse detalle de la entrada de los demás.
En la puerta del Salón de Bodas preparado para la ocasión, nos recibieron con una bebida blanca que no identificamos y dátiles. Después de esperar hora y media y al enterarnos de que la novia todavía tardaría otra hora y media, decidimos cruzar al bar de enfrente en donde pudimos ver completo un partido de fútbol, que por cierto era del Getafe. Más tarde nos fuimos a tomar una cañas con los hermanos de la novia.
Por fin, a las 12 de la noche llegó la novia acompañada por el novio. Nos tuvieron que avisar  pues seguíamos de cañas.
Entró majestuosa, con un traje blanco, que sería el primero de los siete vestidos que luciría durante la ceremonia, la pobre novia no hace otra cosa que cambiarse de vestidos durante toda la noche. El mínimo de trajes de novia son cuatro y según la categoría de la boda van aumentando y ésta era una boda por todo lo alto.
El segundo es el verde, durante el cual tiene lugar la Ceremonia de la Henna. A la novia le pintan las manos con henna y mantiene extendida la mano izquierda durante el tiempo que lleva este vestido, para que se vean los dibujos. El novio, que también ha cambiado el traje azul europeo por uno marroquí, va recogiendo el ajuar de la novia que los parientes le traen en grandes bandejas, vestidos, babuchas…..todo lo necesitará en su nueva vida.
Más tarde se puso un traje azul y este el momento en el que comienza el banquete, pues hasta ahora los invitados no habíamos hecho otra cosa que bailar, al tiempo que contemplar la Ceremonia. Después de los dulces, pues en Marruecos se comienza por los dulces, llegaron como una especie de empanadas, que había hecho para todos las madre de Nabila con sus hermanas y cuñadas. Eran grandes y redondas como pizzas, se colocó una en el centro de cada mesa y todos comíamos del centro con cubiertos, aunque algunos lo hacían con la mano.
Con el vestido rojo llego el segundo plato, la carne. Este es el momento en que los novios se dedican a bailar primero ellos y luego con los invitados. Lo hacen acompañados de músicos marroquíes e instrumentos típicos.
Más tarde la novia apareció con el vestido rosa, que significa que ya esta desposada.
Con todo este ajetreo de trajes y bailes habíamos llegado a las cinco de la mañana y todavía faltaba el traje típico y más espectacular después del cual volvería al blanco con lo que finaliza la ceremonia. Pero estábamos exhaustas, no creó que haya bailado más en ninguna boda y mira que soy bailona. Nos despedimos de todos los invitados, de los novios y nos fuimos después de haber disfrutado con mayúsculas de algo que espero que se repita. 
Mercedes

Cuaderno de Bitacora: De Boda en Casablanca

¿A  que suena fenomenal? Este verano he tenido la suerte de asistir a una autentica boda Marroquí en Casablanca, con todos los preparativos Hamann y Henna  incluidos, tan estimulante y sorprendente como la boda misma.
Nabila, la novia, mi anfitriona en Casablanca, se casó hace dos años y ha estado ahorrando durante todo este tiempo para la Ceremonia de la boda, sin duda el acto social más importante de su vida.
El día anterior a la Boda, la novia se prepara en el Hamann junto a sus amigas. Nosotras (mi hermana, mi hija y yo)  nos adelantamos con dos cuñadas de Nabila. El Hamann es un lugar de encuentro, tanto para hombres como para mujeres, allí van las madres con sus hijos, como yo iba al parque con los míos cuando eran pequeños y mientras se restriegan unas a otras y a sus hijos, hablan de lo mismo que podríamos hablar nosotras.
Después de un primer momento de pudor más acusado en mi hermana, todas nos quedamos en bragas y estas remangadas, mi hermana entró con traje de baño, aunque luego salio sin él. Una vez dentro, con una manopla que parecía un estropajo verde aunque era negra, nos sacaron la piel a tiras, esto literal, menos mal que era la muerta, salía como hilillos y negra, les hacía muchísima gracia y se reían, yo estaba avergonzada, parecía que no nos habíamos lavado en años. No dejaron un centímetro de piel sin restregar, de arriba abajo, incluida la cabeza. Para esta zona emplearon un peine redondo que luego nos lo compramos en un mercadillo y ahora lo uso una vez a la semana. Todo esto sucedía en un ambiente festivo y con muchas risas. Para terminar nos dieron un masaje relajante de pies a cabeza cómo no he disfrutado nunca!!! me quedé flotando y en ese estado me llevaron a otra sala para descansar. A la salida, nos envolvieron en toallas.
Una vez vestidas pero todavía con las toallas en la cabeza y en la espalda nos subieron al coche, aunque vivían a  dos calles, para no enfriarnos.
Al llegar a la casa del novio  tenían preparado un Tajik de pollo, -creo que se escribe así- que nos supo riquísimo después del ajetreo del Hamman.
Estábamos con la fruta que es estupenda, cuando llegaron las profesionales de la Henna. Nos pintaron los pies y las manos con jeringuillas con las que dibujaban guirnaldas de flores y motivos geométricos, ¡unas artistas!, con qué facilidad manejaban la jeringuilla. Kamel, la cuñada de Nabila, lo completo pintándonos las uñas.
Ya estábamos preparadas para la BODA… (continuará)
Mercedes

Skoura, el oasis del silencio

Encontrar “paraisos perdidos” está al alcance de cualquiera. Basta con llamar a la puerta de una agencia de viajes. Es un poco más caro, porque la inaccesibilidad se paga, y no siempre a buen precio. Hoy, muchos turistas (no me atrevo a decir viajeros: el turista está un listón por debajo del viajero) se plantean las opción de los paraísos perdidos para huir del turismo de masas. Son en general gentes exquisitas o simplemente, grupos de jóvenes que quieren acceder a la exquisitez en 4 x 4.
Skoura esta a un tiro de piedra de Ouarzazate, al Sur de Marruecos. El turismo que no suele pasar de Marrakech, un destino que se ha popularizado en los últimos veinte años. Antes, Marrakech era uno de los enclaves más exclusivos del norte de Africa y en él pusieron sus ojos artistas, diseñadores de moda, políticos, escritores, cineastas, etc. Allí tenían casa muchos franceses de postín, y los que no tenían, se alojaban en la mítica Mamounia, posada de viajeros ilustres.
Pero todo cambia, y aunque Marrakech conserva intactas sus señas de identidad (la plaza Djemaa el Fna, los amplios jardines, las murallas o la pintoresca Medina), la masificación ha hecho huella en su fisonomía. Los hoteles se han multiplicado abrumadoramente y por todas partes estiran el cuello los edificios de apartamentos. El aeropuerto es un incensante ajetreo de vuelos que traen y llevan pasajeros de media Europa. Para la mayoría de ellos, Marruecos termina en Marrakech. Tienen razón a medias. Porque si el turista curioso se asoma a un mapa tal vez sienta la tentación de atravesar el Atlas, cuya orografía aviva poderosamente el ánimo. No menos de cuatro horas se tarda en cruzarlo. Tiempo suficiente para hartarse de curvas. El Atlas fue retratado a discreción en Babel, la película de Gonzalez Iñarritu, uno de cuyos papeles estelares interpretó Brad Pitt. Ignoro si Pitt (con Angelina a cuestas y esa prole que parece sacada de un calendario del Domund) descubrió entonces Skoura o ya lo había hecho antes, entusiasmado por los lugares exóticos. No es tonto el chico. Pitt encontró en Skoura un pequeño “Relais & Chateaux” oculto en una vieja kasba (que a lo mejor era novísima: tampoco hay que fiarse). Aviso a los navegantes: cuesta más de mil euros pasar la noche allí, y su localización no está señalizada. El hotel tiene, además, una entrada discreta que confunde a los presuntuosos. Cuestión de buen gusto: los auténticos ricos prefieren no llamar la atención. Dentro, en cambio, todo es primor y excelencia. Sólo eso explica que algunos huéspedes no salgan de la habitación ni para dar los buenos días. En esta exclusiva cadena de hoteles, hasta el jabón de tocador tiene categoría de obra de arte.
Yo no estuve alojada en el “Relais & Chateaux”, pero conseguí un enchufe para conocerlo. También conocí un establecimiento dirigido por un español que lleva diez años en Skoura. Le llaman “Juan el Moro” y su hotel no tiene pérdida. Mejor dicho: sí la tiene. Juan el Moro riñó un día con su vecino de kasba y en la actualidad hay dos hoteles iguales, uno junto a otro, con el mismo nombre. Juan el Moro se llama en realidad Juan Romero, es de Cadiz y pertenece a las hornadas de españoles que dejaron su trabajo en una oficina bancaria para ir en pos una nueva vida. Restauró una kasba medio derruida y compró una burrita que ahora es el capricho de los viajeros. Sus precios son módicos y su conversación, impagable.
Skoura es un oasis situado a la entrada del desierto y uno de los enclaves de la denominada ruta de las mil kasbas, viejas construcciones hechas de adobe, en íntima comunión con el desierto. Una arquitectura que recuerda vagamente a la de Yemen. Belleza pura y dura. El oasis de Skoura es un palmeral de 50 kilómetros cuadrados envuelto en una atmósfera estremecedora. No hay calles, ni plazas, ni signos de civilización urbana. Sólo el leve petardeo de un ciclomotor o la presencia de algún burrito bíblico denotan que allí hay vida. Entre la vegetación se difuminan las siluetas de las kasbas, fortificaciones defensivas que sobreviven a la erosión del tiempo. La mayoría de ellas datan de los siglos XVII y XVIII, y las inclemencias metereológicas (temperaturas extremas, riadas, etc) han vapuleado sus fachadas, que requieren ser continuamente remozadas para evitar su desmoronamiento. Hasta ahora, los propietarios de algunas de esas kasbas se esmeraban en su rehabilitación, pero la crisis del sector turístico, que tras el atentado de Marrakech ha golpeado duramente Marruecos, les está quitando las ganas. No importa. La belleza ruinosa también conmueve, y Skoura está cuajado de kasbas cuarteadas que extreman la singularidad del paisaje. La arcilla proyecta en la luz un guiño como de oro. Es el efecto de la paja mezclada con el barro. Kasbas y morabitos se dispersan por el oasis escondidos entre palmeras (hay más de 700.000, aunque yo no las he contado). También se ven granados, pimenteros, tamarindos, olivos y almendros. Los granados sangran, los olivos resisten, los pimenteros ponen su pincelada fina y las palmeras regalan voluptuosos racimos de dátiles.
En el camino de vuelta a Marrakech (y en el de ida, a 43 kilómetros del  oasis de Skoura) está Ouarzazate, que en su día fue meca del cine internacional. La ciudad es conocida como Puerta del Desierto. Aquí llegan vuelos de Casablanca y de París. Hay buses para ir a Skoura y a otros lugares de la ruta de las kasbas, pero lo recomentable es alquilar un coche y completar el paseo con alguna que otra excursión a la carta. Por ejemplo: a las gargantas de los ríos Todra y Dades o al valle del río Draa. Marruecos esconde sorpresas en todas las direcciones. Descubrirlas es experimentar la búsqueda del tiempo perdido. El tiempo del silencio.
Carmen Rigalt

Tips de Marrakech

En Marrakech, Dónde ir para…?
1.-Tomar un “thé à la menthe”. En la pequeña plaza de las Especias ubicada en pleno Zoco, donde el barullo de las mujeres ofreciendo sus artesanías y los pequeños puestos perfuman con olores exóticos, se encuentra el Café des Épices http://www.cafedesepices.net/, un pequeño remanso de paz para tomar aliento en un día de compras y regateos en la Medina. Y si lo que se quiere es ver en todo su esplendor el atardecer en la plaza Djemaa el Fna, no hay mejor sitio que el Café de France. Acompañado con un surtido de pastelería marroquí, ves la Koutoubia como gran protagonista de la caída del sol, mientras el llamado al rezo musicaliza el momento y las pequeñas luces de los puestos de comida van creando una nueva escenografía.
2.- Y si después de una jornada extenuante en la Medina, se quiere dar un respiro al cuerpo no hay mejor sitio que la Riviera Spa http://www.lariviera-spa.com/ 72, Boulevard Abdelkarim Khattabi, Imm. Khatabbi, Gueliz. Tel: 00212524422077. Su Hamman con “savon noir” y un masaje relajante garantizan que después de dos horas, se está dispuesto a continuar con la batalla. 380 MAD, 35 euros.
3.- Para aquellos que desean ver un atardecer en la Medina acompañado con una copa de vino o una cerveza. La terraza del Kosybar http://www.kosybar.com/ ubicada en la pequeña Plaza de los Herreros -Place des Ferblantiers- ofrece una hermosa vista hacia la Koutoubia en pleno Mellah -antiguo barrio judío- acompañado del sonido de las cigüeñas, habitantes permanentes del Palacio El Badii.
4.-Cenar… Marrakech presenta una gran oferta en restauración. Si se busca comida marroquí Le Tanjia http://www.letanjia-marrakech.blogspot.com/ 14, Derb J’did – Hay Essalam, Mellah. Tel: 00212 (0)524383836 no defraudará. Situado en una casa del antiguo barrio judío junto al zoco del Mellah, su nombre hace honor a una de sus especialidades “La Tanjia” forma de cocción del cordero o la ternera bajo tierra durante siete horas. Todo es delicioso, pero les recomiendo la pastilla de pollo. Mientras la degustan, un desfile de mujeres bailarán junto a las mesas la danza del vientre.
Si se quiere comida internacional, un buen lugar es Le Grand Café de la Poste http://www.grandcafedelaposte.com/ Angle Boulevard El mansour Eddahbi et Avenue Imam Malik, Gueliz. Tel: 00212 (0) 524433038. Ubicado en el antiguo edificio de correos en la Ville Nouvelle, su decoración transporta a la época colonial. Los que conocen dicen que su steak tartare es insuperable y las ostras de Oulidia irresistibles.
La música en vivo y el ambiente de fiesta hacen del Palais Jad Mahal http://www.jad-mahal.com/ 10, Rue Haroune Erracid, Hivernage. Ubicado en el corazón del Hivernage, un lugar indiscutible para salir de copas, pero ojo las copas no son precisamente lo mejor. Precio de la copa 110 MAD 10 euros aprox.
5.- Para aquellos que ya han ido y venido a Marrakech y creen que lo han visto todo, los invito a explorar sus alrededores. En la Reserva Natural del Toubkal. Carretera de Asni 37 km. Se encuentra Terres d’Amanar http://www.terresdamanar.com/ un enclave donde se puede hacer una escapada de un día y realizar un poco de deporte extremo o tomarse un par de días de paz y atreverse a explorar las rojizas montañas del Atlas. Pequeño tip: para los intrépidos probar la tirolina sobre una altura de 120 metros y para los menos una buena carrera de burros.
6.- Sorprenderse… tomar un café (y solo un café) en la Mamounia. Y así conocer su reciente remodelación y visitar sus famosos jardines, regalo de bodas del Sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah a su hijo Mamoun hace ya más de dos siglos. Precio de un café 100 MAD, 9 euros aprox.
Natalia

Al sur de Marruecos

¿Qué es viajar? Ultimamente me lo pregunto con frecuencia. Desde luego no es tener una foto mía en la que de fondo salga la Koutoubia. Viajar es ver, sentir y sobretodo vivir. Vivir como se vive en tu lugar habitual pero con tiempo y el único objetivo de acumular experiencias, sumar paisajes y empaparse de los lugares y la gente que visitas y con la que viajas.
Así que aunque yo ya había estado hacía tiempo en Marruecos, vamos que la foto de la Koutoubia ya la tenía, no me costó nada aceptar la sugerencia de Mercedes y volver (a Marruecos). El país no ha cambiado tanto pero yo sí.
Al llegar a Marrakesh enseguida sorprende el color y la luz. Luego te adentras en su medina y los callejones se llenan de postales con hombres vestidos con la tradicional chilaba sentados ociosos a las puertas de casas y negocios. Las mujeres, en cambio, trabajan.
Marruecos es lo suficientemente exótico para no defraudar a ningun viajero y encima está ahí al lado. A menos de dos horas. Por eso es imperdonable no coger un avión para pasear las medinas, admirar la arquitectura de las madrasas y palacios, cruzar los Atlas, atravesar el desierto siguiendo la ruta de las kasbahs, adentrarse en gargantas de paredes naranjas que someten el cauce de los ríos y que poco mas adelante los recompensan con margenes poblados de palmeras. Pararte a hablar con las mujeres que hacen la colada en el río. Cumplir las reglas del desierto y dar agua y transporte a quien se acerca a la carretera en busca de tu ayuda. Quedarte extasiado con un cielo cuajado de estrellas cuando cae la noche en medio de la nada. Cambiar ese paisaje de naranjas y granates por el verde casi fosforito de los campos en los que se alternan olivos y flores camino de Essaouira y que desembocan en unas dunas que anticipan una ciudad costera, amable, con un mar embravecido y una medina de puertas azules con esa luz que sólo disfrutan en el sur. Para terminar en Casablanca regalándote un baño en un hamman que te quita el polvo del camino pero que intensifica todo un mundo de sensaciones que durante el viaje has ido acumulando.
Salam. ASM




ULM: Entre el Dades y el Todra

Imagina una carretera. A un lado el Atlas, al otro, el desierto. Una carretera infinita y solitaria que de momento se pierde en el horizonte.
Habíamos dejado atrás las Gargantas del Dades, rojas y serpenteantes, salpicadas de pequeños pueblos bereberes llenos de color en su arquitectura y gente. Y allí, en mitad de un pueblo, el pozo y el río y en él las mujeres haciendo la colada. Imposible no parar. Pasamos con ellas un rato de cháchara y risas. Aunque lo mejor fue simplemente estar, poco me faltó para sacar mi ropa sucia y ponerme a la tarea con ellas.
Ahora nos dirigíamos a las Gargantas del Todra por esta carretera todo silencio, sol y color que une Boumalne du Dades y Tinerhir. De nuestro destino ya nos habían comentado que era muy atractivo, diferente a la anterior garganta, seca, árida y rojiza. En el río Todra todo eran palmerales, vegetación y el color era el verde.
Pero a pesar de ello, no tenía prisa por llegar. En nuestro coche, a unos vertiginosos 100 kilometros a la hora se había detenido el tiempo. Y el espacio se limitaba a la carretera. Ésta se había convertido en mi destino.
Mercedes