Una de mis aficiones de adolescente era trasladarme de un
país a otro con la bola del mundo. Ahora me conformo con la revista de abordo,
cuyos mapas te llevan por los destinos de la compañía aérea de turno. Tras
miles de viajes virtuales, uno de esos lugares que se instalaron en mi
imaginario fue Laos.
Comienza el día con cientos de monjes budistas recorriendo las calles en busca de comida. La procesión color azafrán avanza lentamente entre la neblina del amanecer envuelta en un silencio sepulcral. Devotos y turistas arrodillados llenan los cestos de los presuntos ascetas con arroz y dulces.
Como sucede en otras ciudades asiáticas, el budismo es lo que marca el carácter de Luang Prabang: desde el paisaje urbano a las decenas de templos o wats en cuyo interior los novicios corretean bajo la cómplice mirada de sus maestros. Las espartanas condiciones de vida de los wats son inversamente proporcionales a la felicidad de los monjes. Estos sobreviven gracias a la caridad matinal y acarician el tiempo meditando o rezando mantras. Así es la mili laosiana.
Callejear por el pueblo es sumergirse en la historia del país. El centro está dominado por el palacio real, morada de los reyes hasta que los rojos acabaron con ellos en 1975. Allí se fraguó la leyenda de un reino habitado por más elefantes que personas. La sobriedad de los salones del palacio retratan a una monarquía austera. Las vitrinas son una tienda de souvenirs repleta de quincallería regalada por los Jefes de Estado que visitaron Laos.
Lo más autentico del mercado nocturno es el buffet de verduras, donde guiris tiesos de dinero y laosianos se ponen las botas por un euro. Me encantó, aunque comí con la aprensión lógica de estar desafiando al estómago.
La personalidad de Luang Prabang está marcada por la herencia francesa. Las casas alsacianas ponen un toque señorial que contrasta con el imparable avance del low cost asiático. Las mansiones coloniales acogen escuelas, edificios públicos u hoteles. Un viaje al Imperio de Napoleón III, cuando este soñaba con una Indochina francesa.
Pero Laos es también el imponente Mekong. Perderse por sus aguas es como abrazar el nirvana. El atardecer dibuja postales ogres y el reloj se detiene. A ambos lados del rio, poblados y wats retan al tiempo. Imágenes bucólicas acompañadas de dengue, malaria y bichos varios. Mi insecto favorito es el paederus, una avispa siniestra que acabó conmigo en el hospital. Justo castigo por recorrer montañas imposibles en bici de cestita persiguiendo paisajes idílicos y osos.
Después de la terrible herencia de guerras ajenas, Laos se aisló del mundo apoyándose en el budismo. Hoy la modernización está cambiando la realidad. Sin embargo, todavía permanece la inocencia de un pueblo dulce y ausente. Y con una joya colonial única: Luang Prabang.
Antonio C.
Los atlas lo dibujaban con una extraña forma en las
profundidades de la Conchinchina, un nombre que sonaba a chiste. Su bandera
pertenecía a ese grupo de naciones enigmáticas que despertaban curiosidad. Mi
contacto con Laos se limitaba a sus apariciones fugaces en los relatos de los
Jemeres Rojos o en las películas del Vietcong. Con esos antecedentes, el
estereotipo no ofrecía dudas: Laos tenía que ser un inmenso arrozal por donde
pululaban campesinos huidizos con el machete entre los dientes. Una creación
salvaje del maoísmo.
Tras visitar Luang Prabang, descubrí una versión más exótica
y literaria. La mezcla del refinamiento colonial francés con la rudeza
comunista y la paz budista, componen una estampa conmovedora. La antigua
capital del “reino del millón de elefantes” está encaramada sobre una pequeña
península rodeada por el Mekong y uno de sus afluentes. La representación más
pura de la Indochina francesa. Comienza el día con cientos de monjes budistas recorriendo las calles en busca de comida. La procesión color azafrán avanza lentamente entre la neblina del amanecer envuelta en un silencio sepulcral. Devotos y turistas arrodillados llenan los cestos de los presuntos ascetas con arroz y dulces.
Como sucede en otras ciudades asiáticas, el budismo es lo que marca el carácter de Luang Prabang: desde el paisaje urbano a las decenas de templos o wats en cuyo interior los novicios corretean bajo la cómplice mirada de sus maestros. Las espartanas condiciones de vida de los wats son inversamente proporcionales a la felicidad de los monjes. Estos sobreviven gracias a la caridad matinal y acarician el tiempo meditando o rezando mantras. Así es la mili laosiana.
Callejear por el pueblo es sumergirse en la historia del país. El centro está dominado por el palacio real, morada de los reyes hasta que los rojos acabaron con ellos en 1975. Allí se fraguó la leyenda de un reino habitado por más elefantes que personas. La sobriedad de los salones del palacio retratan a una monarquía austera. Las vitrinas son una tienda de souvenirs repleta de quincallería regalada por los Jefes de Estado que visitaron Laos.
El comunismo está presente en los edificios oficiales donde
aún ondea la hoz y el martillo. Todo sigue igual, hasta la obsesión maoísta por
los alimentos orgánicos. En el mercado matinal no hay ni trampa ni cartón: los
animales están vivos y las frutas y verduras penden con sus raíces. Un zoco
asiático lleno de color y azotado por un aroma penetrante.
El mercado nocturno está dedicado al consumismo hippy
(mochileros en versión moderna). Los más tradicionales disponen de una amplia
gama de camisetas con estrellas, hoces y mártires revolucionarios. Para los
postmodernos, la novedad son las bolsas de paja de la muy justa y comunista
cooperativa del pueblo. Ideal para la compra del Mercadona. Los más
sofisticados se inclinan por los imanes para la nevera, los complementos del
IPhone, o las telas de colores. Comercio justo “made in China”.Lo más autentico del mercado nocturno es el buffet de verduras, donde guiris tiesos de dinero y laosianos se ponen las botas por un euro. Me encantó, aunque comí con la aprensión lógica de estar desafiando al estómago.
La personalidad de Luang Prabang está marcada por la herencia francesa. Las casas alsacianas ponen un toque señorial que contrasta con el imparable avance del low cost asiático. Las mansiones coloniales acogen escuelas, edificios públicos u hoteles. Un viaje al Imperio de Napoleón III, cuando este soñaba con una Indochina francesa.
Pero Laos es también el imponente Mekong. Perderse por sus aguas es como abrazar el nirvana. El atardecer dibuja postales ogres y el reloj se detiene. A ambos lados del rio, poblados y wats retan al tiempo. Imágenes bucólicas acompañadas de dengue, malaria y bichos varios. Mi insecto favorito es el paederus, una avispa siniestra que acabó conmigo en el hospital. Justo castigo por recorrer montañas imposibles en bici de cestita persiguiendo paisajes idílicos y osos.
Después de la terrible herencia de guerras ajenas, Laos se aisló del mundo apoyándose en el budismo. Hoy la modernización está cambiando la realidad. Sin embargo, todavía permanece la inocencia de un pueblo dulce y ausente. Y con una joya colonial única: Luang Prabang.
Antonio C.