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Luang Prabang, La hora de la belleza

Una de mis aficiones de adolescente era trasladarme de un país a otro con la bola del mundo. Ahora me conformo con la revista de abordo, cuyos mapas te llevan por los destinos de la compañía aérea de turno. Tras miles de viajes virtuales, uno de esos lugares que se instalaron en mi imaginario fue Laos.
Los atlas lo dibujaban con una extraña forma en las profundidades de la Conchinchina, un nombre que sonaba a chiste. Su bandera pertenecía a ese grupo de naciones enigmáticas que despertaban curiosidad. Mi contacto con Laos se limitaba a sus apariciones fugaces en los relatos de los Jemeres Rojos o en las películas del Vietcong. Con esos antecedentes, el estereotipo no ofrecía dudas: Laos tenía que ser un inmenso arrozal por donde pululaban campesinos huidizos con el machete entre los dientes. Una creación salvaje del maoísmo.
Tras visitar Luang Prabang, descubrí una versión más exótica y literaria. La mezcla del refinamiento colonial francés con la rudeza comunista y la paz budista, componen una estampa conmovedora. La antigua capital del “reino del millón de elefantes” está encaramada sobre una pequeña península rodeada por el Mekong y uno de sus afluentes. La representación más pura de la Indochina francesa.
Comienza el día con cientos de monjes budistas recorriendo las calles en busca de comida. La procesión color azafrán avanza lentamente entre la neblina del amanecer envuelta en un silencio sepulcral. Devotos y turistas arrodillados llenan los cestos de los presuntos ascetas con arroz y dulces.
Como sucede en otras ciudades asiáticas, el budismo es lo que marca el carácter de Luang Prabang: desde el paisaje urbano a las decenas de templos o wats en cuyo interior los novicios corretean bajo la cómplice mirada de sus maestros. Las espartanas condiciones de vida de los wats son inversamente proporcionales a la felicidad de los monjes. Estos sobreviven gracias a la caridad matinal y acarician el tiempo meditando o rezando mantras. Así es la mili laosiana.
Callejear por el pueblo es sumergirse en la historia del país. El centro está dominado por el palacio real, morada de los reyes hasta que los rojos acabaron con ellos en 1975. Allí se fraguó la leyenda de un reino habitado por más elefantes que personas. La sobriedad de los salones del palacio retratan a una monarquía austera. Las vitrinas son una tienda de souvenirs repleta de quincallería regalada por los Jefes de Estado que visitaron Laos.
El comunismo está presente en los edificios oficiales donde aún ondea la hoz y el martillo. Todo sigue igual, hasta la obsesión maoísta por los alimentos orgánicos. En el mercado matinal no hay ni trampa ni cartón: los animales están vivos y las frutas y verduras penden con sus raíces. Un zoco asiático lleno de color y azotado por un aroma penetrante.
El mercado nocturno está dedicado al consumismo hippy (mochileros en versión moderna). Los más tradicionales disponen de una amplia gama de camisetas con estrellas, hoces y mártires revolucionarios. Para los postmodernos, la novedad son las bolsas de paja de la muy justa y comunista cooperativa del pueblo. Ideal para la compra del Mercadona. Los más sofisticados se inclinan por los imanes para la nevera, los complementos del IPhone, o las telas de colores. Comercio justo “made in China”.
Lo más autentico del mercado nocturno es el buffet de verduras, donde guiris tiesos de dinero y laosianos se ponen las botas por un euro. Me encantó, aunque comí con la aprensión lógica de estar desafiando al estómago.
La personalidad de Luang Prabang está marcada por la herencia francesa. Las casas alsacianas ponen un toque señorial que contrasta con el imparable avance del low cost asiático. Las mansiones coloniales acogen escuelas, edificios públicos u hoteles. Un viaje al Imperio de Napoleón III, cuando este soñaba con una Indochina francesa.
Pero Laos es también el imponente Mekong. Perderse por sus aguas es como abrazar el nirvana. El atardecer dibuja postales ogres y el reloj se detiene. A ambos lados del rio, poblados y wats retan al tiempo. Imágenes bucólicas acompañadas de dengue, malaria y bichos varios. Mi insecto favorito es el paederus, una avispa siniestra que acabó conmigo en el hospital. Justo castigo por recorrer montañas imposibles en bici de cestita persiguiendo paisajes idílicos y osos.
Después de la terrible herencia de guerras ajenas, Laos se aisló del mundo apoyándose en el budismo. Hoy la modernización está cambiando la realidad. Sin embargo, todavía permanece la inocencia de un pueblo dulce y ausente. Y con una joya colonial única: Luang Prabang.
Antonio C.


Monasterio de Piedra

A poco más de 200 KM de Madrid, muy cerca de Alhama de Aragón podemos pasear por un rincón en el que se mezcla arte y naturaleza, y como no, es el lugar perfecto para hospedarse y disfrutar del misticismo.
En el monasterio podemos ver el claustro, la sala capitular, el altar, los museos de carruajes y del vino entre otras cosas, todo ello con una visita guiada en la que también cuentan la historia del chocolate y como vivían los monjes cistercienses. A mí me llamó muchísimo la atención la cocina, negra por el humo de las hogueras, imagino allí a los monjes calentándose y elaborando ese primer chocolate recién llegado de América junto con su receta original, ¡¡AMARGO Y PICANTE!! , que tomaban acompañado de vino por la necesidad de entrar en calor.
Sin lugar a dudas el mayor atractivo de este lugar es el parque natural, y considero triste la necesidad de tener que pagar para disfrutar de este espacio creado por la naturaleza, aunque realmente merece la pena. Durante todo el recorrido podemos oír el sonido del agua y contemplar numerosas cascadas y saltos de agua, incluso podemos llegar a mojarnos si nos acercamos demasiado, también podemos encontramos varias grutas, la más grande es la Gruta Iris que para llegar a ella hay que subir unas escaleras de piedra en las que no hay marcha atrás, desde donde podemos ver la altura que vamos alcanzando y la cascada Cola de Caballo desde distintos puntos de vista y su caída, pero solo desde varios miradores. Al llegar a la gruta impresiona ver la cascada desde el interior, tapando en gran parte la mayor entrada. Yo siempre la he visto por la mañana, tiene una iluminación muy escasa y permanece casi a oscuras pero por la tarde el sol pasa a través de la cascada ofreciendo un arco iris e iluminando el interior, esto yo no lo he visto, lo que si tengo claro es que a cualquier hora del día viene bien llevar un chubasquero, aunque si no lo llevas da igual, la belleza de este lugar bien merece mojarse un poquito. Casi al final del recorrido podemos relajarnos al contemplar el lago de los espejos. Es un recorrido de unas dos horas y media en el que cada rincón nos sorprende más que el anterior.
Es totalmente recomendable llevar calzado cómodo y con el que se pueda pisar zonas un poco encharcadas además de una chaqueta incluso en verano. Durante todo el año hay gran cantidad de agua sin llegarse a notar la sequia que sufrimos a nuestro alrededor y está muy verde en primavera y verano, pero a mí cuando más me gusta es con los colores ocres del otoño, el parque cambia por completo ofreciéndonos unas vistas completamente distintas.
Paz M
 

Xilitla, el jardín del surrealismo

Érase un aristócrata inglés que, cansado de la anodina vida victoriana, fue en busca del paraíso: un lugar donde cultivar orquídeas y proyectar su espíritu libertario. Le llamaban Sir Edward James.
Su mansión de 300 habitaciones en el sur de Inglaterra se le había quedado pequeña. La campiña era triste y umbría y el invierno no terminaba nunca. El aristócrata comenzó a recorrer mundo atraído por el incipiente surrealismo. En Roma, París, Nueva York y Los Ángeles conoció a Buñuel, Dalí, Picasso y Magritte. Ante la imposibilidad de emularles, se convirtió en su mecenas.
Pero Sir Edward James seguía echando de menos las orquídeas. Hasta que un día llegó a Cuernavaca invitado por Leonora Carrington. En esa ciudad mexicana conoció a Erich Fromm, a Aldous Huxley y al encargado de los telégrafos, Plutarco Gastélum.
Al mundo feliz de Cuernavaca le faltaba algo. La ciudad de la eterna primavera donde Hernán Cortés se jubiló, tampoco cumplía las expectativas florales de aquel excéntrico noble. A cambio, quedó atrapado por la personalidad de Plutarco Gastélum, el indio yaqui que trabajaba en la oficina de correos.
Sir Edward se lanzó a descubrir México en compañía de Plutarco. En uno de sus viajes, les hablaron de un paraje donde las orquídeas crecían silvestres. Se trataba de un pueblo recóndito de la huasteca potosina: Xilitla.
No lo dudaron. Sir Edward y Plutarco desembarcaron en ese mágico paraje y plantaron varias orquídeas. Pero no habían transcurrido quince días cuando cayó una de la mayores nevadas que recordaban los lugareños y las gardenias se helaron. Derrotado por la naturaleza, Sir Edward James decidió, entonces, crear algo imperecedero.
Mientras tomaba el baño en una poza, unas mariposas se posaron en su cuerpo. El aristócrata lo interpretó como una señal y creó allí mismo su Jardín del Edén. La obra duró treinta años y le costó una colección de cuadros de Dalí. El resultado fue delirante. Un homenaje al absurdo. Un sueño irreal. La catedral del surrealismo. Un bosque encantado donde conviven anárquicamente esculturas, animales, selva y hormigón. Dalí tenía razón cuando calificó a aquel lunático inglés como el único surrealista realmente loco.
Sir Edward no era arquitecto. Se limitaba a dibujar bocetos que un carpintero local interpretaba en moldes de madera. El resto lo dejó en manos de una treintena de albañiles que aplicaban cemento y varillas a su antojo. El resultado está hoy a merced de los viajeros que llegan hasta allí, atraídos por la curiosidad.
En Las Pozas nada es útil, pero todo es bello. Más de treinta hectáreas de construcciones sin sentido se muestran como una pesadilla: arcos simulando plantas tropicales, escaleras que terminan en el cielo, jacuzzis para peces, aviones, columnas apoyadas sobre capiteles y pilares que sostienen montañas. Un entorno idílico por el que Sir Edward se paseaba desnudo acompañado por sus guacamayos.
La vida y obra de este personaje no se entiende sin Plutarco, el indígena de Cuernavaca que aceptó ser su secretario particular. La familia de Plutarco adoptó al tío Edward quien, al fin, encontró el hogar que le había negado su alcurnia.
Cuando se instalaron en Xilitla, Plutarco ya estaba contagiado por el furor creativo de los amigos de Sir Edward. Su aportación fue un castillo levantado en medio de un mar de casas de hormigón y uralita. Otra fantasía. Un edificio estrambótico mezcla de palacio renacentista veneciano y catedral neogótica.
El edificio es hoy un hostal muy singular. Intacto desde la época de Plutarco, sus pasillos respiran la atmósfera inquietante de una cripta con la huella de Sir Edward James, Leonora Carrington y Remedios Varo.
En Xilitla adquiere pleno sentido la expresión de Breton, que se refirió a México como "un país surrealista por naturaleza".
Antonio C.
 

Campania, una delicia

Siempre estoy buscando lugares para descubrir con los niños que incluyan actividades culturales y que no estén muy lejos de España.
Campania es el lugar perfecto para ello con todos sus restos arqueológicos y su tranquilidad en Octubre. En Nápoles, curiosamente nos sentimos a la vez muy lejos y en casa. Muy lejos porque Nápoles no se parece a ninguna otra ciudad europea, enseguida se percibe que es una ciudad muy especial, con otro tipo de moda, otra forma de ver la vida, otras leyes e incluso a veces en otro siglo. El siglo XVIII por ejemplo paseando por estrechas calles con casas con sus puertas de castillos y esas tiendas pequeñas repletas de mesas plagadas con miles de figuritas para decorar el Belén. Y en casa por el calor de la gente. Conocimos un restaurante nada más llegar, al lado de nuestro hotel, en el barrio Español, un sitio a priori nada especial, con camareros nada glamourosos pero tan Napolitanos! tan ellos! tan especiales y simpáticos! que los niños no quisieron ir a ninguna otra parte para cenar el resto de los 3 días en Nápoles. Eso sí, la comida era excelente, así que como dijeron los niños, seguro que no hubiéramos encontrado ningún sitio mejor!
Después de Nápoles, nos fuimos a Pompeya que ofrece una magnifica visión de la vida romana. Por suerte en octubre, no había demasiados turistas y el tiempo era muy agradable para caminar y perderse por el cardo (calle que va del norte al Sur) y el decumano (del oeste al este) así como por el resto de calles del trazado de esta maravillosa ciudad. A nosotros nos gustaron particularmente las termas, que están muy bien conservadas y los thermopolium (tabernas) dónde uno facilmente imagina el día a día de sus habitantes. Un guía también nos condujo hasta los calcos, restos humanos magníficamente conservados que son testigo de los últimos instantes de la ciudad un fatídico día de Agosto del año 79 d.c.!
También visitamos, Herculano, una ciudad mejor conservada que Pompeya dónde se conserva hasta el segundo piso de las casas, Oplontis, donde está la «Villa de Popea» supuestamente la villa de Popea Sabina, la esposa del emperador Nerón dónde solía venir a descansar del estrés de la ciudad! Una maravilla!
Una excursión al Vesubio, la costa Amalfitana con sus pequeños pueblos casi cayendo al mar, la ciudad greco romana de Paestum. En fin! Uno nunca se puede aburrir en Campania y seguro que volveremos un día, no sólo por sus preciosos restos arqueológicos sino también por lo especial de su gente. Como Antonietta, una señora que regentaba un restaurante con su nombre en Meta, cerca de Sorrento y que con sus 80 años nos sorprendió tanto por su vitalidad como por la forma de darnos la bienvenida, como si fuéramos sus nietos.
Cathy Le Borgne

Sri Lanka, la perla de oriente

País Budista en su mayoría hace que su gente sea calmada, sonriente, amable y destacando la belleza y variedad de su flora.
Sri Lanka es una buena forma de desconectar, de viajar en el tiempo retrocediendo 50 años, de cargar pilas y de volver a ratificar que casi todo es prescindible
En el itinerario que hicimos mezclamos cultura, templos (Sigirilla, Anudharapura) palacios, en ruinas la mayoría, plantaciones de té (tren desde Nuwara Eliya a Ella), zonas montañosas (Hortos Planes) y parques naturales (Kawdulla, Mineria, Yala..) que tienen mucha similitud con los parques africanos, totalmente selváticos.
Viajar por Sri Lanka depende en gran medida de los trayectos por carretera. Esto implica largos viajes por carreteras que distan mucho de nuestras cómodas y rápidas autopistas, con opciones incómodas, como los básicos aseos de carretera.
La manera más barata y sencilla de desplazarse por Sri Lanka es usando el divertido tuk tuk, regatear el precio con buen humor antes de subir y disfrutar del paseo. En las ciudades, un precio orientativo puede ser 150 Rupias por cada 2 km (importante acordar el precio antes de subir y no pagar por adelantado). Los srilanqueses son de los ciudadanos más amables y simpáticos del mundo. Pero hay que saber que estás de vacaciones en Asia, así que hay que tómarse las cosas con paciencia y no esperar un “servicio express”.
Os recomiendo dos libros escritos por Michael Ondaatje, autor srilanques:  El viaje de Mina y el archiconocido El Paciente Inglés.
Espero que disfruteis de las fotos y os animeis a viajar, viajar, viajar, es la mejor manera de invertir el poco o mucho dinero del que podamos disponer.
Rosa Miquel

Los Serranos

Florencio Maíllo, artista mogarreño colgó en las paredes y calles de su pueblo un instante de 1967, reproduciendo y exponiendo el legado de Alejandro Martín, cuando este retrató el rostro de 388 lugareños para la foto-carnet de identidad.
La recuperación de aquel archivo gráfico, fue la base de los retratos pintados sobre chapa, que se extendió por cuatro años y que hoy cuelgan de las fachadas de los edificios donde vivían los retratados o que guardan alguna relación con ellos.
Visitar Mogarraz estos días, no es solo recorrer las calles de un precioso conjunto histórico y artístico en pleno corazón de la Sierra de Francia al sur de la provincia de Salamanca, es también ver las caras y expresiones de los que se quedaron en aquellos parajes en tiempos difíciles, cuando otros elegían emigrar.
Caminar por este pueblo es escuchar el silencio, solo interrumpido por el sonido de los propios pasos que retumban en un eco vacío; callejones, muros, un aire de añoranza, un soplo de noviembre, de difuntos.
Un pueblo singular, aislado, que apenas sufrió cambios a lo largo de los siglos con un empeño actual por sobrevivir, rescatando su memoria reciente. Traviesas de madera, muros de piedra, callejones angostos, y equilibrios imposibles, un cerdo (no un perro) caminando por la calle y desde sus mudos pero expresivos retratos, sentimos que nos hablan de lo que fueron y soñaron.
Dolo y Carlos

Viajera en Edimburgo

Recomiendo Edimburgo una vez al año, sobretodo en ese momento mágico de su Festival que se celebra desde 1947.
Todos los viajeros encontramos nuestro festival, ya que hay cuatro dentro de ese gran estreno permanente en el que se convierte esa maravillosa ciudad.
Cualquier lugar de la ciudad sirve de escenario para que alguien nos muestre su Arte convirtiéndote así en un instante en la cuarta pared. Yo viví The Royal Mile que es una de las calles más antiguas de Edimburgo y la más famosa, segun me contó un escocés.
A mí me fascinó; era una verdadera exposición de teatro, música y de seres humanos que nos mirabamos y sonreíamos porque todo lo que ocurría estaba a disposición de nuestros sentidos.
Mi cámara miraba a uno y otro lado y esto es lo que me lleve de la Royal Mile.
Yarmem


Jambo Kenia

Kenia evoca “Memorias de África”. Con esa idea empezamos a preparar el viaje a este rincón de África entre Raquel y yo.
Si alguien me preguntara por Kenia le diría que es un lugar para visitar, conocer y disfrutar la naturaleza salvaje, los paisajes y la luz (que luz!!!), la serenidad de la sabana, la astucia y sigilo de los felinos observando y caminando (vimos guepardos y leopardos), la elegancia de las jirafas (de piel reticulada en Samburo especie única de ese parque), la majestuosidad de los leones, la curiosidad de los búfalos, la belleza de los antílopes, la aparente tranquilidad de los hipopótamos, las familias de elefantes paseando majestuosamente y comiendo, o las manadas de ñus cruzando el rio Mara acompañados de las cebras. Es la migración de animales más numerosa del mundo. Millones emigran de Tanzania a Kenya y viceversa, según cambian las condiciones alimenticias del entorno, enfrentándose a peligros constantes en su recorrido (os dejo una foto de una leona cazando un ñu) constituyendo un lujo para la retina y los sentidos.
En Kenia puedes disfrutar de los paisajes, de su amable gente y de la armonía con la naturaleza: la Jungla de Samburo que en masai significa mariposa concentra en sus márgenes muchísima fauna; la belleza de los lagos de Nakuru y Naivasha lleno de aves migratorias, con el espectáculo de los flamencos llenando ese paisaje soberbio con colores rosas y blancos o la inmensidad de la sabana, en la reserva MASAI, como un paisaje que proyecta quietud, silencio y calma. Una planicie salpicada de acacias.
Me llamó la atención cómo la vida gira en torno a la naturaleza. Comprendes así su perfección y armonía y con esa incertidumbre que da no tenerlo todo bajo control como acostumbramos aquí , quizás por eso, por la sabiduría que entraña entenderlo, el lema de la vida allí ante las contrariedades es Hakuna matata (sin problemas, sin preocupaciones).
No me extraña que los colonos, ingleses principalmnte, que se asentaron a principios del siglo pasado en Kenia se enamorasen de sus paisajes y de la vida allí. Lo cierto es que algo debe tener, ya que como sabéis es la cuna de la humanidad donde se asentaron los primeros homínidos encontrados hasta la fecha.
Visitamos también las comunidades de la tribu Masai Mara y Sambur. Viven en chozas que trazan en su conjunto la figura de un circulo haciendo de esta forma un patio central amplio en el poblado. Las chozas son muy pequeñas, fabricadas por las mujeres, normalmente con estiércol de ganado, la mayor parte del tiempo los habitantes lo pasan a la intemperie.
Y las playas !!! para terminar en Kenia después de hacer un safari, visitar alguna tribu (masais, samburo…) lo mejor son unos días de playa. En el océano índico las playas son un espectáculo: baobabs -árboles enigmáticos y verdaderamente bellos - palmeras, arena blanca, arrecifes coralineos, camellos… Incluso aprendimos a jugar al bao un juego muy divertido, tanto que me traje uno para España.
Y lo mejor, lo que mis palabras no expresan lo tenéis en las imágenes.
MariaJo

Budapest, a orillas del Danubio

Mi prima estuvo en Budapest en mayo y quiere volver a pasar unos días más en octubre.
La ciudad la embrujó y le supieron a poco los días de mayo en que caminó las calles, las avenidas, la historia de esta singular ciudad.
Me hace ilusión porque llevo 20 años vinculada a esta ciudad, me siento medio húngara sin llevar una gota de sangre magiar y me sigue costando mucho transmitir mi pasión por ella.
Los países de Centroeuropa tuvieron el atractivo morboso de ser “países del otro lado del telón de acero” y luego han pasado a ser un simple destino cómodo, perfecto para un puente o vacaciones cortas no muy caras.
Pero más allá de que sea un lugar bonito a tiro de piedra, la cultura y la historia de Centroeuropa es tan compleja que un viaje se convierte en una aventura intelectual muy rica.
Budapest y Hungría están en la confluencia de dos mundos muy dispares incluso antes de la construcción mental y física del muro de Berlín. El Imperio Austrohúngaro ya representaba en muchos aspectos la frontera entre dos Europas y hasta Asia se acercó tanto que siglos después de la invasión Otomana todavía quedan vestigios en el lenguaje y la cultura.
Pero dejadme que hable de lo mejor de Budapest: el Danubio.
Quién haya leído El Danubio de Claudio Magris sabe ya que es un río que lleva mucho más que agua.
Lleva conexiones entre pueblos distintos, lleva el espíritu viajero que los nómadas magiares dejaron reposar hace mil años en sus orillas. Lleva tristemente también las idas y venidas forzosas de milllones de personas perseguidas y maltratadas por unos y otros.
Creo, y me puedo equivocar porque no conozco todas las ciudades, que el más bello Danubio está en Budapest. La elegancia, el cariño, el colorido con que la ciudad lo acoge me hipnotiza cada vez que lo cruzo. Y llevo 20 años cruzándolo.
Cada puente es una pequeña, o grande, por su tamaño, obra de atre y la visión del tranvía pasando por el llamado de la Libertad es una imagen maravillosa.
Para los amantes de la historia reciente todavía quedan barrios “socioreales”, alguna pequeña cantina, casas con marcas de balas del 56, el barrio judío con una sinagoga espectacular y el parque con las estatuas del comunismo, que recuerdan épocas no muy gloriosas.
Aunque no defiendo a un régimen que encerró literalmente a sus ciudadanos, es cierto que nunca los húngaros (todos los húngaros) tuvieron tanto acceso a la cultura: libros a precio de pan, opera, conciertos y teatro al alcance de cualquiera, alta formación en música para la mayoría...
Perdón por la cuña política pero cuando llegué a Budapest en 1992 me sorprendió la enorme diferencia cultural entre españoles y húngaros.
Otro día os hablo de los cafés y de los baños...
Marina Reig

Viaje al Peyote

“Villa Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce”. Así se llama uno de los pueblos más singulares de México. Para abreviar, la gente lo conoce como “Real de Catorce”. Ni rastro de pirámides, catedrales, murales revolucionarios o cuadros de Frida. Se trata de un antiguo reducto minero escondido entre montañas, a 3.000 metros de altura. Desierto, cactus y peyote sobre un paisaje lunar. El “far-west” en estado puro.
Año tras año, los indios huicholes recorren los 400 kilómetros que separan sus comunidades de los montes que rodean a “Real de Catorce”. Un mes de dura peregrinación durante el que apenas comen y beben. El punto de destino es un cerro con forma de elefante atravesado por el Trópico de Cáncer. Los huicholes insisten en las propiedades telúricas del lugar. Después de atiborrarse de peyote, es lógico sentirse Aníbal Barca cruzando Los Alpes.
Nuestra excursión fue más placentera. Empezó en la colonial y rosácea Zacatecas. Tres horas en coche por rectas infinitas que se perdían entre el calor del asfalto. Los bosques de cactus nos recordaban que estábamos en el norte, allí donde el desierto se apodera de todo y la vida apenas late en algunos ranchos sometidos a condiciones extremas.
De pronto, una cadena montañosa rompe la uniformidad del entorno. El asfalto se trasforma en empedrado y uno cree estar en un decorado de cine. Es de noche y la vida adquiere unos perfiles desdibujados y quietos. Sin embargo, la secuencia sufre una sacudida y el ejército nos devuelve abruptamente a la realidad. En el México del Bicentenario todos somos sospechosos de narcos, especialmente en plena noche, viajando por una carretera secundaria a bordo de un coche destartalado.
Todo era extraño en aquel paisaje remoto. Cuando empezábamos a temer que “Real de Catorce” sería una leyenda, un túnel de 2.300 metros excavado a pico y pala, nos depositó en el siglo XIX. Ahí se ha detenido el pueblo tras su abandono después de la revolución mexicana de 1910. El centenario túnel se llama “Ogarrio”, aldea cántabra donde nació el padre de la obra.
“Catorce” fue fundada por los españoles a mediados del siglo XVIII. En aquella época, bastaba un martillo para enriquecerse. La plata brillaba a ras de suelo. Al olor del metal, la zona se convirtió en un hervidero de buscavidas gobernados por la ley del más fuerte.
El inicio de la lucha independentista sumió a la región en una profunda crisis. La recuperación llegó en la segunda mitad del siglo XIX, edad de oro de “Real de Catorce”. Testigos de esos tiempos gloriosos son la plaza de toros, el palenque para peleas de gallos, la casa de la moneda y la iglesia del milagroso San Francisco de Asís. Pero la etapa de prosperidad fue corta. De la noche a la mañana, las montañas se vaciaron por la violencia revolucionaria y el desplome del precio de los metales.
Sólo hace unos años, el enclave empezó a recuperarse para el turismo y el cine. Lo que permanece en ruinas son muchas de sus casas, el pueblo fantasma o la multitud de minas abandonadas. Eso forma parte de la postal sepia que ya ha pasado a la posteridad.
Pero había más encantos. La magia catorceña nos atrapó hasta que sucumbimos al peyote. La búsqueda del cactus alucinógeno resultó una aventura de alto riesgo. Unos 10 kilómetros a prueba de vértigo por un sendero de cabras reservado a los míticos jeep “willys”. Me sentí como en una diligencia de los spaghetti western. El “willy” era una suerte de camarote de los hermanos Marx, así que nos acomodamos en el techo y la escalera. Siempre sería más fácil saltar si aquel artilugio enfilaba el barranco. Nuestros traseros bailaban al ritmo del traqueteo y los frenazos. El vacío se asomaba detrás de cada curva. Fuimos con el corazón en la garganta hasta que alguien nos tranquilizó recordando la fiabilidad de los “willys” durante la segunda guerra mundial.
Milagrosamente, llegamos sanos y salvos. Para celebrarlo nos lanzamos a comer peyote. El alucinógeno sabía a demonios. Ni el chocolate ni el agua lograban camuflar la amargura de un cactus alimentado por los excrementos de animales. Tras semejante heroicidad, no era de extrañar que las náuseas aparecieran en el viaje de regreso. Y aparecieron.
Por suerte, los efectos del peyote diluyeron los peligros de la ruta. Para disfrutar de la noche, de nuevo nos alojamos en la azotea del “willy”. Las estrellas se multiplicaron, el rojo pálido evolucionó a rosa fluorescente y los ladridos de algunos perros se convirtieron en el rugido de una jauría de lobos. En fin, un concurso de idioteces con regusto a flor de mezcal (peyote).
En “Real de Catorce” se rodó la peor película de la historia, “The Mexican”. A pesar de ello, recomiendo visitarlo. Ni Julia Roberts ni Brad Pitt tomaron peyote.
Antonio C.

Chicago, la ciudad del viento

De vez en cuando, a los vierners que vivimos en el midwest americano nos entran unas ganas irrefrenables de comer palomitas con sabor a queso. Entonces, empaquetamos los los jerséis gordos, los gorros y los niños y conducimos hasta Chicago, la ciudad del viento.
En el sitio donde desemboca el río Chicago en el gran Lago Michigan vivían los indios Potawatomi antes de que llegaran los misioneros franceses, los colonizadores europeos y los americanos.Durante años se sucedieron guerras, acuerdos y tratados. Al final, los indios se fueron a otras praderas, la ciudad fue creciendo y llegó el ferrocarril, y con él el comercio y la industria que convirtieron a Chicago en la tercera ciudad mas importante de Estados Unidos.
Un día de 1871 el Chicago Tribune contó en sus páginas que la vaca de la señora O’Leary dio una patada a una lámpara de queroseno e inició un incendio, el Gran Incendio de Chicago. Como la mayoría de los edificios eran de madera, las llamas, con la ayuda del famoso viento, destruyeron la ciudad. Así es que hubo que reconstruirla pero esta vez, en lugar de usar madera, los jóvenes arquitectos e ingenieros usaron tecnologías más nuevas: acero, cemento, vidrio y, sobre todo... ascensores. Daniel Burnham, Louis Sullivan, Frank Lloyd Wright y Mies van der Rohe entre otros muchos, vinieron a Chicago deseosos de poner en práctica nuevos métodos de construcción en una ciudad donde todo estaba por hacerse y la recién creada “Escuela de Chicago” y sus rascacielos de armadura metálica pronto empezaron a asombrar al mundo y convirtieron esta ciudad en un museo viviente de arquitectura.
La Windy City no es una ciudad tan grande ni glamurosa como Nueva York, ni tiene las estrellas de cine de Los Angeles, ni las universidades de Boston, ni la vida política de Washington.Y ahora, ni siquiera tiene los gángsters que la hicieron famosa en los años 30, así es que Chicago es solo una ciudad sin mas, una ciudad con tiendas y restaurantes, con gente que va a trabajar, andando o en tren, casi sin extranjeros ni turistas, sin grandes museos ni monumentos y eso la convierte en una ciudad auténtica, de verdad, una ciudad-ciudad, una ciudad para estar y pasear.
Y así es como se pasea en Chicago: muy abrigados, con guantes y gorro... y mirando hacia arriba....
Sobre todo si te apuntas a uno de los mas de 80 tours a pie, en bus o en barco, que organiza la Chicago Architecture Foundation. Paseos guiados por voluntarios, algunos de ellos arquitectos, que te van contando las historias que hay detrás de cada rincón de la ciudad. Dicen que “No hay otro arte como la arquitectura que exprese tan intensamente lo que Chicago es y hacia donde va”
Aunque Chicago también se puede recorrer en sus trenes elevados, que serpentean entre el Loop (el centro de la ciudad) y algunos de sus barrios.
Pero esta ciudad nunca deja de producir nuevas sorpresas y la última es el Millenium Park, el proyecto cultural más ambicioso y caro de su historia, que convirtió un parque abandonado en un centro de atracción social con el lago Michigan de fondo.
El Parque del Milenio representa muy bien el mundo de hoy, un mundo híbrido donde cada uno tiene una visión distinta de la realidad, así lo cuenta el escultor catalán Jaume Plensa, que diseñó la fuente del parque. La fuente Crown son dos torres con unas pantallas gigantes en las que se proyectan continuamente las caras de muchos habitantes de Chicago, de repente un chorro de agua sale disparado de los labios de una de las caras y niños y adultos corren a darse un baño y a chapotear descalzos sobre el agua (Bueno, esto solo pasa en agosto).
Otra extraordinaria obra del parque es el pabellón Pritzker, diseñado por el famoso arquitecto Frank O. Gehry, un escenario de placas metálicas retorcidas que se conecta con el público a través de unos tubos que permiten ver el cielo estrellado mientras se escucha la música y se observa el espectáculo.
Y otra escultura impresionante es la Cloud Gate, “la judía” del escultor indio Amish Kapoor, que parece una gota gigante de mercurio y refleja por arriba los rascacielos y las nubes del cielo de Chicago y por la parte de abajo a los transeúntes que pasean por el parque.
Un paseo por el Parque del Milenio es siempre sorprendente e inolvidable, un espacio donde el público interactúa con la arquitectura, el paisaje, el arte y la música.
Porque además, Chicago tiene música. El Jazz corre por las venas del esta ciudad desde los años 20, cuando los negros del sur de los Estados Unidos emigraron hacia el norte buscando una vida mejor. Cientos de músicos vinieron de Nueva Orleans y convirtieron a Chicago en el centro del Jazz. Aquí se hicieron un nombre leyendas como Louis Armstrong, Joe “King” Olivier y Jelly Roll Morton....
En septiembre, el ayuntamiento organiza el Chicago Jazz Festival y la ciudad se llena de músicos y visitantes pero no hacen falta festivales para darse cuenta de que la música está por las calles de Chicago y hay músicos tocando hasta con cubos de pintura. Dicen los Chicaguenses que el Jazz vive aquí....
Así es que no hay mejor forma de acabar un día agotador de paseo por Chicago que sentados en algunos de sus originales clubs de Jazz, con un cóctel en la mano. El Green Mill, el mas antiguo de ellos, es uno de mis favoritos, y aún conserva una puerta de atrás por la que te parece ver huir a Capone en la época de la Ley Seca, en que Chicago era sobre todo copas, Jazz y vestidos bonitos y los puritanos americanos les llamaban gánsters.... Y los músicos blancos y negros se escondían para poder tocar juntos desafiando todas las prohibiciones...
Nosotros siempre vamos a Chicago en nuestras vacaciones de “Thanksgiving”, giving thanks por vivir cerca de esta maravillosa ciudad que nos despierta siempre de la anestesia del midwest.
Aunque al final, otra vez se nos olvidó probar las palomitas de sabores...
Maria Luisa

Mompox

“Si a Caracas debo la vida, a Mompox debo la gloria”. Así señalaba el Libertador sus dos referencias vitales. La primera es hoy capital mundial de horteras e iluminados. La segunda es Patrimonio de la Humanidad.
Bolívar nació en Caracas. Su casa es el último vestigio colonial del casco histórico. Chávez ha convertido el lugar en un reducto necrofílico venerado por la “boli- burguesía” venezolana y sus asimilados latinoamericanos. El resto del centro caraqueño respira la decrepitud de una capital africana agujereada por la guerra. El boom petrolífero de los setenta dejó como herencia una sucesión anárquica de bloques de hormigón. La crisis y la acción redentora del chavismo, han hecho el resto. 
En Mompox, Bolívar forjó su leyenda revolucionaria. La ciudad colombiana es una joya colonial desconocida. Su belleza resulta comparable a la de poblaciones como Antigua (Guatemala) o Oaxaca (México). Aunque menos elegante y barroca que estas, su prolongado aislamiento y una marcada atmósfera provincial y rural, le proporcionan un delicioso aire de abandono y decadencia.
Mompox es una isla del río Magdalena. Allí llegaron los españoles en 1537 para convertirla en aduana destinada a controlar las mercancías procedentes del interior, especialmente oro y plata. Al calor del comercio, la ciudad se erigió en un punto estratégico gracias a su conexión con el mar a través de Cartagena de Indias.
En 1810, Mompox fue uno de los primeros núcleos del virreinato de Nueva Granada que proclamaron la independencia. Algo debió de ver Bolívar en los momposinos para decidir que la conquista de Caracas era mejor hacerla con ellos. Fue entonces cuando exclamó que a Caracas le debía la cuna pero no la gloria.
Tras la independencia, Mompox se mantuvo como baluarte comercial, hasta que, a  principios del siglo XX, las aguas del río se llenaron de sedimentos y dejaron de ser navegables. Actualmente, el brazo momposino del Magdalena es una inmensa ciénaga.
El tiempo se desplomó sobre la ciudad de Mompox, que desde entonces vive paralizada en el siglo XVIII. Sus calles recuerdan a una ciudad andaluza o extremeña del siglo de oro, y no parece que vaya a cambiar. Los turistas se resisten a ir hasta allí por la pesadez del viaje y las precarias infraestructuras. Las autoridades colombianas se muestran reacias a invertir en su desarrollo. 
El viaje a Mompox es una pequeña paliza en coche desde Cartagena de Indias por los Montes de María. En Magané, una chalupa nos lleva durante dos horas por el río Magdalena. Es un sorprendente paseo por el mundo rural colombiano desde la alegre, colorista y caribeña Cartagena de Indias, hasta la sobria y blanca Mompox.
El pasado esplendoroso de esta ciudad gira en torno al río. Su ribera es una alameda colonial donde se alinean, la iglesia, la aduana y los portales de la Marquesa. Una estampa de color sepia con evocaciones literarias. Uno de los abandonados embarcaderos es la puerta de nuestro destino: chez-Chueca, una casa tricentenaria que esconde un gran patio colonial custodiado por los perros Turca y Lola. Ya solo queda disfrutar de la tranquilidad tumbado en una hamaca mientras se contempla el río a través de una ventana enrejada. El ritmo cansino de las aspas del ventilador de madera es la única prueba de que el tiempo existe.      
Antonio C. 

Skoura, el oasis del silencio

Encontrar “paraisos perdidos” está al alcance de cualquiera. Basta con llamar a la puerta de una agencia de viajes. Es un poco más caro, porque la inaccesibilidad se paga, y no siempre a buen precio. Hoy, muchos turistas (no me atrevo a decir viajeros: el turista está un listón por debajo del viajero) se plantean las opción de los paraísos perdidos para huir del turismo de masas. Son en general gentes exquisitas o simplemente, grupos de jóvenes que quieren acceder a la exquisitez en 4 x 4.
Skoura esta a un tiro de piedra de Ouarzazate, al Sur de Marruecos. El turismo que no suele pasar de Marrakech, un destino que se ha popularizado en los últimos veinte años. Antes, Marrakech era uno de los enclaves más exclusivos del norte de Africa y en él pusieron sus ojos artistas, diseñadores de moda, políticos, escritores, cineastas, etc. Allí tenían casa muchos franceses de postín, y los que no tenían, se alojaban en la mítica Mamounia, posada de viajeros ilustres.
Pero todo cambia, y aunque Marrakech conserva intactas sus señas de identidad (la plaza Djemaa el Fna, los amplios jardines, las murallas o la pintoresca Medina), la masificación ha hecho huella en su fisonomía. Los hoteles se han multiplicado abrumadoramente y por todas partes estiran el cuello los edificios de apartamentos. El aeropuerto es un incensante ajetreo de vuelos que traen y llevan pasajeros de media Europa. Para la mayoría de ellos, Marruecos termina en Marrakech. Tienen razón a medias. Porque si el turista curioso se asoma a un mapa tal vez sienta la tentación de atravesar el Atlas, cuya orografía aviva poderosamente el ánimo. No menos de cuatro horas se tarda en cruzarlo. Tiempo suficiente para hartarse de curvas. El Atlas fue retratado a discreción en Babel, la película de Gonzalez Iñarritu, uno de cuyos papeles estelares interpretó Brad Pitt. Ignoro si Pitt (con Angelina a cuestas y esa prole que parece sacada de un calendario del Domund) descubrió entonces Skoura o ya lo había hecho antes, entusiasmado por los lugares exóticos. No es tonto el chico. Pitt encontró en Skoura un pequeño “Relais & Chateaux” oculto en una vieja kasba (que a lo mejor era novísima: tampoco hay que fiarse). Aviso a los navegantes: cuesta más de mil euros pasar la noche allí, y su localización no está señalizada. El hotel tiene, además, una entrada discreta que confunde a los presuntuosos. Cuestión de buen gusto: los auténticos ricos prefieren no llamar la atención. Dentro, en cambio, todo es primor y excelencia. Sólo eso explica que algunos huéspedes no salgan de la habitación ni para dar los buenos días. En esta exclusiva cadena de hoteles, hasta el jabón de tocador tiene categoría de obra de arte.
Yo no estuve alojada en el “Relais & Chateaux”, pero conseguí un enchufe para conocerlo. También conocí un establecimiento dirigido por un español que lleva diez años en Skoura. Le llaman “Juan el Moro” y su hotel no tiene pérdida. Mejor dicho: sí la tiene. Juan el Moro riñó un día con su vecino de kasba y en la actualidad hay dos hoteles iguales, uno junto a otro, con el mismo nombre. Juan el Moro se llama en realidad Juan Romero, es de Cadiz y pertenece a las hornadas de españoles que dejaron su trabajo en una oficina bancaria para ir en pos una nueva vida. Restauró una kasba medio derruida y compró una burrita que ahora es el capricho de los viajeros. Sus precios son módicos y su conversación, impagable.
Skoura es un oasis situado a la entrada del desierto y uno de los enclaves de la denominada ruta de las mil kasbas, viejas construcciones hechas de adobe, en íntima comunión con el desierto. Una arquitectura que recuerda vagamente a la de Yemen. Belleza pura y dura. El oasis de Skoura es un palmeral de 50 kilómetros cuadrados envuelto en una atmósfera estremecedora. No hay calles, ni plazas, ni signos de civilización urbana. Sólo el leve petardeo de un ciclomotor o la presencia de algún burrito bíblico denotan que allí hay vida. Entre la vegetación se difuminan las siluetas de las kasbas, fortificaciones defensivas que sobreviven a la erosión del tiempo. La mayoría de ellas datan de los siglos XVII y XVIII, y las inclemencias metereológicas (temperaturas extremas, riadas, etc) han vapuleado sus fachadas, que requieren ser continuamente remozadas para evitar su desmoronamiento. Hasta ahora, los propietarios de algunas de esas kasbas se esmeraban en su rehabilitación, pero la crisis del sector turístico, que tras el atentado de Marrakech ha golpeado duramente Marruecos, les está quitando las ganas. No importa. La belleza ruinosa también conmueve, y Skoura está cuajado de kasbas cuarteadas que extreman la singularidad del paisaje. La arcilla proyecta en la luz un guiño como de oro. Es el efecto de la paja mezclada con el barro. Kasbas y morabitos se dispersan por el oasis escondidos entre palmeras (hay más de 700.000, aunque yo no las he contado). También se ven granados, pimenteros, tamarindos, olivos y almendros. Los granados sangran, los olivos resisten, los pimenteros ponen su pincelada fina y las palmeras regalan voluptuosos racimos de dátiles.
En el camino de vuelta a Marrakech (y en el de ida, a 43 kilómetros del  oasis de Skoura) está Ouarzazate, que en su día fue meca del cine internacional. La ciudad es conocida como Puerta del Desierto. Aquí llegan vuelos de Casablanca y de París. Hay buses para ir a Skoura y a otros lugares de la ruta de las kasbas, pero lo recomentable es alquilar un coche y completar el paseo con alguna que otra excursión a la carta. Por ejemplo: a las gargantas de los ríos Todra y Dades o al valle del río Draa. Marruecos esconde sorpresas en todas las direcciones. Descubrirlas es experimentar la búsqueda del tiempo perdido. El tiempo del silencio.
Carmen Rigalt

Amazonas

Me moría de ganas por conocer el Amazonas en Brasil pero me dije que antes de ir tenía que documentarme. No podía hacer el viaje solo con la historia. Los que trabajamos sobre América tendemos a mirar atrás: Yañez Pinzón, Francisco de Orellana…las expediciones, los datos. Pero no se puede dejar de saber sobre el presente y la problemática actual. Lo primero que aprendí fue que no se dice Amazonía sino Amazonia, así, sin acento. Y después leí y pregunté mucho: Bernardo Gutierrez (“Calle Amazonas”),Leví-Strauss (“Tristes trópicos”) Javier Moro (“Senderos de libertad”), artículos en prensa…. Para poder ir con los ojos más abiertos y tratar de ser más viajera y menos turista.
El desarrollo en el Brasil de hoy también afecta a esta zona. Los nuevos estadios para el Mundial de 2014 se levantarán no sin antes hacer desaparecer las miles de viviendas palafitas en Manaos. ¿A dónde irán sus ocupantes?; Lula y Dilma estuvieron en Septiembre allí inaugurando el puente que cruza el Río Negro. Esto hará que se alcancen ambas orillas con rapidez, en coche y no en barco como hasta ahora, lo que supondrá un aumento considerable de población en la margen hoy todavía casi virgen. El Río negro se junta a pocos kilometros de Manaos con el Solimoens que viene de Perú y se produce “O encontro das aguas”( fenómeno muy curioso porque ambos afluentes discurren juntos, sin mezclarse, unos 7 Km. y se aprecia su diferente color y textura ) conformándose el majestuoso Amazonas que mide en su totalidad 6.800 Km.
El Estado de Amazonas es el más extenso de Brasil y también el menos poblado. Las compañías madereras deforestaron la zona y trataron de implantar la ganadería como nueva forma de subsistencia pero pronto se comprobó que la riqueza de la tierra era nula una vez arrancados los árboles ya que eran estos y las especies animales y vegetales las que nutrían el suelo y no al revés. Continúa hoy en día la pugna y recientemente el gobierno condonó la pena a las compañías que habían deforestado, con la consiguiente repulsa y queja de los defensores de la amazonía que ven como se acaba con sus recursos.
En los margenes del Amazonas hay muchas tribus indígenas, algunas sin ningún contacto externo, (se hablan hasta 170 lenguas) y casi todos son dueños legales de sus tierras. Se les puede visitar acompañando a las ONG que trabajan en la zona y comprobar asi que el indio hoy en dia lucha por acceder a una educación universitaria manteniendo a la vez su lengua y sus costumbres ancestrales de forma que no se produzca la desaparición de su grupo étnico. Resulta habitual verlos en programas televisivos dando una positiva imagen de lo que son y una idea clara de a lo que aspiran
Manaos, Santarem, Alter do Chao, Belem….con todos los datos en mi cabeza ya solo me bastó con ir y disfrutar de la belleza y la grandiosidad del paisaje, de la cercanía y amabilidad de la gente y como no! de toda la exuberancia de las frutas, de sus riquísimos pescados, de las caipirinhas a la vera del río...
Deseando para estas gentes un futuro de respeto y prosperidad que les ayude para que no tengan que abandonar su tierra en busca de un trabajo precario en nuestro “civilizado” mundo.
Dolo

Australia

SYDNEY
Llegó el turno de hacer un recorrido por la ciudad más conocida de las antípodas. Lo primero que suelo decir cuando me preguntan por esta ciudad es que la considero un sitio estupendo para vivir y teniendo en cuenta que está a 27 horas de avión de la familia y amigos… yo creo que eso es mucho decir.
Sydney es una ciudad compendio de muchas otras. Los rascacielos te pueden recordar a Manhattan- aunque a pequeña escala-, algunos edificios son totalmente londinenses, otras zonas próximas al mar traen reminiscencias de Barcelona… pero lo que la diferencia de todas éstas como en toda Australia, es la rotundidad de su naturaleza. No es difícil encontrarse un loro de colores en la cornisa de un edificio vanguardista, ni tropezarse con un árbol de hojas lilas o rojas que ni de cerca existen por Europa. Visita de rigor al Opera House. ¿Quién se atreve a negar que el puerto de Sydney es el más bello del mundo?. Su compleja geografía costera de colinas y apartadas bahías es el escenario perfecto para dos de los ejemplos arquitectónicos más ambiciosos del mundo moderno: la Ópera de Sydney y el Harbour Bridge de Sydney. Por lo tanto, no es de sorprender que la mayoría de los turistas se centren en el puerto con el renovado encanto de The Rocks, el trajín de gente en Circular Quay y la impactante Ópera de Sydney. Recomiendo la vista de la bahía desde el ferry de regreso de Manly y si es por la noche mejor.

ULURU
El Uluru, junto con la Ópera de Sydney, son los dos símbolos más conocidos de Australia.
El Uluru es un monolito enigmático e hipnótico que cambia de color según la posición del sol, siendo de un color marrón en las horas centrales del día y tornasolándose cada amanecer y atardecer en colores naranjas, rojos y destellos púrpuras. Este impresionante monolito mide 350 m y es un lugar sagrado para los aborígenes de allí, los anangu. Según los aborígenes, el Uluru cuenta la historia del enfrentamiento entre dos serpientes creadoras del mundo.
Uno de los momentos más impactantes de todo el viaje fue sobrevolarlo, ahí comprendí que realmente estábamos en Australia. Es muy recomendable dar un paseo por la base del uluru para poder contemplarlo de cerca y poder tocarlo pero evitar subir a la cima, a los aborígenes no les parece correcto porque es su lugar sagrado. Ahí queda dicho, que en el respeto está la clave de la convivencia intercultural.

El Outback, a través del desierto
Dimos una vuelta pequeña pero suficiente para "sentir" la ciudad más insegura del Territorio Norte. Lo cierto es que hay muchísimos aborígenes alcoholizados, esto es un problema en Australia, debido a la usurpación de territorios, las subvenciones, el desempleo, etc
Recorrimos el desierto con los chicos de Wayward, fueron 2000 kilómetros en 3 días (hicimos el Territory Run). Recomendado si quieres conocer gente, ayudar un poquito con la cocina y conocer el desierto de una forma segura. Todo el viaje es por la Stuart Highwayque que recibe el nombre en honor de aquel que fue el primer explorador que recorrió Australia desde el Índico hasta el Pacífico.
Aquí podrás dormir en una granja típica australiana, en chozas semipermanentes en mitad de la nada, contar historias alrededor de un buen fuego, tomar una cerveza de gengibre (ginger beer) en el pub más recóndito de Australia, en Daily Waters no dejes de montar en canoa en Katherine (hay cocodrilos, pero muy pocos y huidizos...sin peligro alguno) que es una garganta espectacular... dentro del Parque Nacional Nitmiluk.


DARWIN
Darwin es una ciudad reconstruida después del ciclón Tracy. Es una suerte de Benidorm con toques australianos, donde se juntan ingleses que aunque parezca mentira vienen hasta aquí a emborracharse y buscar juerga con europeos en busca de aventuras. Es punto de partida de un montón de tours, sobre todo al cercano Kakadu. 
Kakadu es posiblemente el parque más famoso del Territorio Norte, es donde acaba Cocodrilo Dundee 2. Aquí encontrarás cocodrilos, humedales y miles de aves. Asegúrate de que tu crucero de cocodrilos incluye alimentarlos, porque es espectacular.
Uno de los lugares más espectaculares son las Jim-Jim falls, dos cataratas de unos 30 metros de caída. Podrás bañarte en sus frías aguas (casi nunca hay cocodrilos) incluso si te atreves podrás colocarte bajo ellas. Una de las mejores cosas, como pasa a lo largo de todo el viaje, es la escasez de turistas.  
Rubén R. Gándara

Chiapas

Cuando el subcomandante Marcos dejó la universidad para salir de excursión, muchos situaron Chiapas en el mapa. Bastante antes, Fray Bartolomé de las Casas encontró en estas tierras su inspiración. Pero los primeros en disfrutar del embrujo chiapaneco fueron los mayas.
Pocas civilizaciones son consideradas originales, es decir, surgidas sin influencias externas. En el viejo mundo, identificamos, Egipto, Mesopotamia, el valle del río Indo y la cuenca del río Amarillo. En América, la región andina y Mesoamérica. Dentro de esta última, sobresalió la cultura maya.
Chiapas ilustra el esplendor y la decadencia maya. El esplendor es visible en Palenque, Bonampak, Toniná o Yaxchilán. Destaca la singularidad de Yaxchilán adonde se llega navegando por el río Usumacinta que divide Guatemala y México. Para admirar la decadencia, basta una caminata por la selva lacandona. Cientos de pirámides y templos se adivinan bajo la frondosidad del bosque.
Introducirse en la selva es descender al inframundo maya: la naturaleza. Allí viven los indios lacandones entre cascadas de ensueño, ríos color turquesa, árboles exóticos, moscones tocapelotas, mosquitos insaciables, serpientes venenosas y jaguares mitológicos. Ambiente amenizado por el sonido embaucador de todo tipo de animales.
En 1821, México se independizó. Poco después, caería el Imperio de Agustín de Iturbide. Chiapas decidió, entonces, integrase en México tras una larga vida vinculada a Guatemala y un breve periodo de independencia. El olvido y la pobreza se apoderaron de Chiapas, hasta que un día, el hijo de unos inmigrantes zamoranos y antiguo porteador de El Corte Inglés, reclutó a un puñado de indígenas con intención de retar al Estado. Soy incapaz de definir el zapatismo. Me quedo con “revolución postmoderna”. Un cajón de sastre que lo acepta casi todo: marxismo, indigenismo, ecologismo, feminismo, etc.
El resultado de la milenaria historia de Chiapas es un lugar donde conviven sincretismo religioso, indigenismo de i-phone, domingueros mexicanos y turismo revolucionario. Todo, bajo la mirada serena de San Cristóbal.   
Pasado y presente del indigenismo se condensan en el chamán, parada obligatoria para interesarse por la antropología. El aislamiento del chamán es visible en su porte, su discurso anticapitalista, el botafumeiro y las recetas contra el cáncer (culebra asada cada dos horas y nada de lavarse). Pero el chamán, se había modernizado. Limpieza de espíritu, 12 euros. La penitencia consistió en poner a remojo los pies en aguas estancadas donde hicieron su agosto insectos y bandadas de pececillos inmisericordes. Después de semejante sacrificio físico y económico, los augurios del chamán sólo podían ser excelentes. 
Ejemplo de sincretismo religioso es la iglesia de San Juan Chamula. Cientos de indios tzotziles bajan en peregrinación desde sus comunidades para realizar ofrendas a sus santos. La escena más “mística” es el estrangulamiento del pollo: la sangre sale a borbotones mientras cabeza y patas parecen tener vida propia. Sin sillas ni altar, el suelo de la iglesia es una alfombra de hojas de abeto, decorado con velas y coca colas, refresco imprescindible para expulsar los malos espíritus. Mujeres y hombres avanzan por separado. Los hombres visten de pastorcitos, las mujeres con huipiles de colores luminosos. Ellos llevan bastones de mando y suelen estar borrachos. Un aguardiente asqueroso llamado pox, ayuda a entrar en trance. Amenizan los cortejos bandas de música cacofónicas. Escenas prehispánicas. Sin trampa ni cartón. Los violentos tzotziles no admiten debilidades entre sus seguidores ni el lucimiento de los turistas. Al indio que coquetee con iglesias evangélicas, destierro. Al turista que haga fotos, un par de hostias.
Pero Chiapas, también acoge turismo revolucionario y desenfreno dominguero. Lo primero es patrimonio de occidentales ansiosos de participar del “homo zapatista”. El punto de encuentro es San Cristóbal, donde los bares se llaman Revolución, las cooperativas Ché Guevara y los espaguetis son orgánicos por cojones. Los domingueros son colonos mexicanos que se solazan en ríos y cascadas siguiendo el modelo hindú. Lejos de purificarse el alma, los mexicanos disfrutan de su playa con los tacos, el perro, la abuela y los niños. Semejante “paraíso” sólo está al alcance de aventureros dispuestos a sufrir la carretera Palenque- San Cristóbal: 203 kilómetros, 202 guardas tumbados, miles de curvas y peajes revolucionarios. En otras palabras, 5 horas vomitando
Antonio C.

Bienvenidos a Tirana

Bienvenidos a Tirana, amigos, donde las normas de tráfico son mera orientación, y las reglas de preferencia puramente intuitivas. Olviden la señalización horizontal, vertical o semoviente: tomen decisiones expeditivas y ocúpense de evitar el choque sin preocuparse de las infracciones, que nadie se lo ha de reprobar. Al igual que sucede en otros países que han superado regímenes colectivistas, esta es la primera generación de conductores, a cuyo carácter aguerrido se une lo nuevo del parque móvil. No encontrarán aquí vehículos parcheados hasta lo grotesco, sino utilitarios propios de cualquier país próspero, aunque con una ratio significativamente superior de Mercedes, cuyo origen ilícito se da por supuesto. Pero cuesta creer esta y otras ignominias que se le imputan a este pueblo mucho más afable, hospitalario y civilizado que sus vecinos, del que solo disponemos de referencias cuando ocurre alguna desgracia. Al pensar en Albania, injustamente ignota cuando no vilipendiada, evocamos gente cejijunta y hosca, montañas de desperdicios y bidones ardiendo en escombreras. Por el contrario, uno se topa con una nación humilde pero no mísera, diferente pero no chusca. Aquí hay basura, para qué nos vamos a engañar, pero es una mierda poco agresiva, suavemente integrada en el paisaje.
En Tirana hay una plaza principal, y gente por todos los sitios, y edificios de colores y a medio construir. De Scanderbeg Square parten las avenidas principales, las cuales mueren en una ronda de circunvalación que rodea el casco urbano. No resulta extraño cruzarse con hablantes de español, pues las telenovelas sudamericanas constituyen una parte importante de la dieta televisiva, de manera que no conviene confiarse y proferir comentarios inconvenientes por mucho que la degradación del entorno o lo peculiar de los comportamientos inviten a la chanza bienintencionada.
Es probable que Tirana cuente con la mayor proporción per capita de bares en todo el planeta, aunque todos ellos datan de hace veinte años a lo sumo, tras la caída de Hoxha. Por la noche, la zona de beber se concentra en una cuadrícula aledaña al bulevar Deshmoret e Kombi, a lo largo del cual se alinean edificios oficiales, en los que la arquitectónica reciedumbre socialista complementa la marcialidad mussoliniana. Proliferan restaurantes, pizzerías, hamburgueserías, cafés, y otros negocios eclécticos en los que uno no sabe si tomarse un cruasán, una cerveza, o subir al reservado. Las chicas lucen sus mejores atuendos y muestran occidental indiferencia a los turistas cuarentones y rijosos, por mucho que uno se esfuerce en mostrar apariencia de curtido aventurero. Lejos de los bares de moda es posible acudir a otro tipo de establecimientos en los que albaneses de mediana edad liban raki y bailan al son de una banda local, que pergeña un techno de baratillo con vigorosos aires turcos, como toda la música balcánica.
Disfrutamos de las últimas horas vagando sin criterio. Escupimos al Lana, un exiguo regato no más ancho que una zanja que atraviesa canalizado el centro de la ciudad; visitamos improvisados puestos ambulantes en el interior de edificios en ruinas, y bebemos en una tasca de cuyo pavimento surge el tronco de un árbol mientras una anodina banda de rock actúa en el exterior. Callejeamos y echamos fotos sin cesar a la maraña de cables que nos sobrevuelan. Al sur hay un descuidado parque urbano y un lago artificial no demasiado impoluto, tras el edificio de la Universidad Madre Teresa, la heroína nacional junto al barbado Scanderbeg. Para cenar, nada más acertado que subir al restaurante giratorio —una vuelta cada dos horas— sito en uno de los pocos rascacielos del centro. El vino de la cena hace su efecto; los viajeros, briagos, deambulamos por esta Tirana diferente, de gatos ahítos de desperdicios, limusinas abandonadas y solares que simulan vertederos. Nos despedimos del país antes de tomar nuestro vuelo en el coqueto aeropuerto Madre Teresa —otra vez—; después, dormimos la mona mientras sobrevolamos el Adriático.
Hernesto

Kashmir, la India desconocida

No es fácil llegar a la provincia de Cachemira: es una zona de conflictos con Pakistán, está alejada, las montañas, etc. Sin embargo esta provincia está compuesta de rincones fabulosos, los lagos, las montañas, etc.
Comenzamos por Srinagar, capital de la provincia. La vida de Srinagar gira en torno al gran lago. La gente vive en los barcos! Allí tienen sus tiendas, los hoteles, etc. Pudimos alojarnos unos días allí y fue una experiencia maravillosa. El hecho de estar tan alejados y ser una mezcla de razas, lo hace un sitio especial.
Desde allí salimos al Himalaya, una parte de esta cordillera pasa al norte de Cachemira. A penas llegamos a los 4.000m o algo más, no es una de las partes más altas del Himalaya, pero dio para apreciar la grandeza: te sientes… ¡muy cerca del cielo! Los lagos que provienen de la cordillera con un agua cristalina, pura. Los grandes árboles, las montañas y la gente que vive allí y conoce la zona… ¡gitanos! Sí, sí, los gitanos, gipsy. Allí nos quedamos unos días viviendo en los campamentos gitanos, comiendo su comida, montando sus caballos (que más bien eran burros grandes…), disfrutando de su música y de su hospitalidad.
Paisajes y personas, dos componentes perfectos que hace de Kashmir (o Cachemira) una de las provincias más fantásticas de la India.
Pilar Ponce

Líbano, viaje a la Belle Epoque...

Líbano tiene aún el dudoso honor de ser un destino considerado peligroso: Lo es. Tanto como un garito bohemio frecuentado por individuos tan interesantes como poco recomendables…Los parroquianos son tan amables que olvidas que algunos se detestan cordialmente y puede acontecer que estés en medio cuando comiencen las caricias… Desechados los temores, olvidadas las minas al sur y los anunciados controles (que terminaron por ser 2 check-points de amigables soldados con un “buenos días” en los labios) quedaba dejarse llevar por el exotismo de la Suiza de Oriente. La primera sorpresa fue un viaje puntual y un aeropuerto funcional con la pista remendada después de los últimos bombardeos israelíes, casi sumergida en un mediterráneo tropical. Un corto viaje nos lleva del “aterrador” Beirut sur; feudo de Hezbollah y de la Shí’a hasta el bullicioso Hamra, sede de la AUB ( Universidad Americana de Beirut, la joya académica del medio oriente) de mayoría Sunní. “Nuestro” barrio es agradable, lleno de tiendas Chic y de andar por casa, con cafés “Parisinos” y el Campus enorme, descendiendo hasta el mar. Un mar “organizado alrededor de” La Corniche, el paseo marítimo donde las Beirutíes Cristianas corren con pantalones tan cortos como en Madrid mientras los chicos miran con idéntico descaro… Para el primer día, un paseo bajo un cielo azul de otoño y una cena al lado de las “Pidgeon Rocks” en un café con familias y jóvenes fumando sus chibchas. De vuelta, por calles oscuras pespunteadas de soberbias moles de acero, cristal y mármol, presencias amenazadoras de gatos y enamorados… Nuestro segundo dia nos llevó al reconstruido Museo Nacional con piezas selectas de todos los grandes períodos. A la salida, tomamos la Rue du Damas, conocida otrora como la línea verde. Verde porque separaba cristianos al este y musulmanes al oeste, verde porque los árboles crecían en un suelo fertilizado de tanto en tanto con la sangre de los incautos que se ponían a tiro de los francotiradores…De eso, quedan tanquetas con ametralladoras antiaéreas, soldados amables, edificios con cicatrices, árboles cargados de flores… Tocaba conocer Beirut Este con sus cafés, garitos, casas coloniales francesas, paz y bullicio. Mucha vida, un buen almuerzo rápido y una caminata hasta el “Downtown”, elegante decorado de cartón piedra con casas de lujo, edificios con derecho a perímetro militar, cafés a precios de París y ,ah sí, el Instituto Cervantes… Dejamos caer la noche y nos fuimos a los Souks, los viejos zocos arruinados, sustituidos por un complejo de lujo oriental sufragado por el “almighty US$” para capricho de barones locales y Príncipes del Golfo amantes de la vida golfa… Como tanto lujo no es para nosotros, caminamos por la Corniche, donde cenamos con gente que aprecia alegremente un viernes noche arrullado por el mar.
Con apenas un día para “conocer” el país escogimos Baalbek, la Heliópolis Romana, con un conjunto de templos patrimonio de la Humanidad que nos remite al Poder y la Gloria del gran Imperio. El camino nos llevó por el Valle de la Bekaa, después de subir la cordillera del Líbano por una autopista parcheada por la guerra. En medio los controles, en el valle banderas amarillas de Hezbollah, el rostro de Nasrrallah por todas partes y ni rastro del “mal”. Coches con Cristianas en vaqueros ajustados y sin hiyab comparten lugar con Chiíes de negros paños que muestran sólo los ojos. Para comer, una visita a la montaña del Chouf, cuajada de pinos (los cedros, escasos, están demasiado lejos, en el corazón del bosque…); el Palacio Beiteddine, hoy Palacio de Walid Jumblatt, el cambiante líder Druso; y las ciudades de Barouk e Baakleen con sus casas tradicionales y unos 20 Maserati…día de bodas donde los primos pobres usan Range Rover! De vuelta a Beirut, sólo nos restaba una noche para descansar y coger nuestro autobús matinal a Damasco, pero eso, es materia para otra historia.

Javier SJ

I amsterdam

I amsterdam rezaban unas enormes letras delante del Rijksmuseum en mi última visita a la ciudad. Y supongo que trataban de trasladar el mensaje de que la llamada Venecia del norte es una ciudad hospitalaria con sus visitantes, amable y asequible. Asequible porque las distancias no son excesivamente grandes y la ausencia de cuestas hace muy agradable el paseo entre canales escoltados por bonitos edificios de pocas alturas con contraventanas de madera abiertas de para en par como queriendo prolongar el exterior dentro de casa.
Y si tuviera que escoger una caracteristica para definir la ciudad, sería el color. El citado color de las fachadas de las casas contrastado con el de las contraventanas en el barrio de Jordan; el color de las plantas y los bulbos que inundan el ajetreado mercado de las flores; el color ,negro en su mayoría, de las bicicletas que en Amsterdam son las reinas y tienen preferencia hasta sobre el peatón, el color de las fachadas de los Coffee-shops como reclamo al paseante, el amarillo de los girasoles o el azul intenso de la noche o de cualquier otro cuadro colgado de las paredes del imprescindible Museo Van Gogh y el color (diversidad), de la gente que llena las calles y terrazas disfrutando de los primeros esbozos de la primavera.
ASM