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Mi serie favorita: Breaking Bad

La fenomenal canción-resumen de Breaking Bad que hicieron los Cuates de Sinaloa para sus plebes dice “La ciudad se llama Dulles, Nuevo México el estado, entre la gente mafiosa su fama se ha propagado, a causa de una nueva droga que los gringos han creado. Dicen que es color azul y que es pura calidad […]. Y los dueños de la plaza no la pudieron parar […]”. Más o menos esto es lo que sucede en la serie que ha arrasado en la última entrega de los premios Emmy.
 


BB estira la cantinela de que todos tenemos un lado perverso, y que lo mejor que le puede pasar a quienes nos rodean es que la vida no nos ponga contra las cuerdas y emerja el lado oscuro. Walter White es uno de esos genios que viven arrinconados en el olvido por no ser un trepa y pagar lo que debe. White trabaja como profesor de química en un instituto y se viste de franela gris. Cuando le diagnostican un cáncer acompañado del peor de los pronósticos, se plantea cuál es su legado y el destino de su hipoteca y su familia: su mujer, la irritante Skyler, y su descendencia (que incluye a un hijo discapacitado). Es entonces cuando se despierta su ángel exterminador y, junto con Jesse Pinkman, comienzan a producir y distribuir un cristal azul que, dicen los Cuates, es de tal pureza que su fama llega a Michoacán. Por su parte, Pinkman es el ejemplo perfecto del inútil fracasado, hijo de la clase media de misa dominical que, tras haberse fumado y bebido el Misisipi, anda dando tumbos por la vida como vaca sin cencerro.
White y Pinkman tienen el atractivo de otras sociedades legendarias como “el Gordo y el Flaco”, aunque están impregnados del olor a ajo de los pueblos. El negocio que ponen en marcha tiene dos objetivos iniciales. Por un lado, garantizar un colchón que permita a los White sobrevivir al magro sistema de bienestar norteamericano (que no te pille un cáncer ni una viudez sin un buen seguro). Por el otro, que Pinkman pueda comprarse diecisiete iPhones. Después, como en esas noches en las que se sale sólo para tomarse una caña, llega el éxito.
Cada domingo, los White hacen alegres barbacoas con la hermana de Skyler, una ñoña con rebeca y tacones de aguja y su marido Hank. Éste es el mayor apoyo para Walter durante su enfermedad y el agente de la DEA encargado de desarticular las redes de narcotraficantes de todo Nuevo México. Hank, ante cuyos ojos pasa la vida, es un buen hombre, aunque pertenece al grupo de los que no han sabido llegar al siglo XXI con un concepto de la masculinidad mínimamente respetable.
Un pequeño spoiler, en algun punto la serie describe las relaciones entre las mafias de ambos lados de la frontera. Y lo hace a través de algunos de los malos más grotescos y delirantes que se han visto en la historia de esta sección de Viernes.
H

Mi serie favorita: Smash

Smash es la historia del montaje de un musical en Broadway. La serie no ha tenido el éxito que debería. Creo que en gran parte porque muy al principio parece otra historia para adolescentes que sueñan con NY sin salir de la M30. Cuando éstos se desengancharon, el resto la había descartado. Así, hace unos días ha terminado su segunda y última temporada. Sin embargo es una gran historia y, sobre todo, es muy entretenida incluso para quienes como yo, no somos muy de musicales, ni en Broadway, ni en la Gran Vía. La música (especialmente en la primera temporada) es buenísima. Y algunos de los actores también. Este es sobre todo el caso de Angélica Houston que sigue la tendencia de rescatar a viejas glorias del cine (por ejemplo Jessica Lange en American Horror Story) para (1) demostrar que también en el terreno de la interpretación siempre ha habido clases; (2) que la edad, también aquí, es un grado; y (3) que tampoco aquí el perfil de guapo garantiza la entrada en la clase más alta.
La trama central se centra entre la competición entre los productores (Angelica Houston y su ex-marido, que se tienen un odio fantástico), las actrices (Ivy y Karen, casi las protagonistas, aunque Smash es bastante coral), los directores artísticos y los guionistas. En todo este grupo de egocéntricos y desquiciados caben todos los perfiles: la actriz secundaria acomplejada y agresiva, la estrella retirada, la inocente novata que pierde la ingenuidad, el chulo engreído con más razón que un santo, los idealistas y los que padecen desde la barrera los delirios de quienes viven en una industria muy competitiva que exige superar obstáculos constantes: mantener su papel en la fase under-study, estrenar en cualquier tabuco, reestrenar en Broadway, obtener una buena crítica en el NYT, la nominación a los Tonys, ganarlos, mantenerse en cartelera... Y todo ello llevando una vida medio normal.
Como casi todas las series actuales, Smash usa el entorno de Broadway como una excusa para contar historias de siempre en contextos más bien extremos. Se habla en la primera temporada de los límites de la amistad, de los problemas de las parejas que se respetan demasiado, del fracaso profesional y de lo difícil que es aceptar que el talento escasea, especialmente si uno mismo ha salido escaso de este recurso y su único sueño es triunfar en Broadway. En la segunda temporada se mantienen algunas tramas y aparecen otras nuevas como la de competir con iguales y con gente querida (cuchillo/corazón).
Dos avisos. Que nadie se deje vencer por el tufillo a sitcom gay que parece que va a dominar en los primeros capítulos (a los gays, por fin, les pasan cosas tan "ordinarias" como a los demás). La segunda temporada cambia mucho de ritmo y de tono. Yo creo que para bien.
Por cierto, para ver una buena serie de adolescentes tardíos, Girls.
H.

Mi serie favorita: Culebrones norteamericanos: Suits y Scandal

En España los culebrones tienen como escenario principal la vida de las familias de clase media (Cuéntame) y en Sudamérica las de los latifundistas y sus sirvientes (no hace falta dar ejemplos). El boom de las series también ha propiciado la aparición de productos con aspiraciones mucho más limitadas que las grandes que se revisan en esta sección, pero que aún así son muy recomendables para quienes quieran engancharse a tramas enrevesadas y a historias de malos malísimos. Son los culebrones norteamericanos. De los que se pueden citar, recomiendo dos.
Suits es la historia surrealista de un joven superdotado que malgasta su vida haciendo las pruebas de acceso a la Escuela de Derecho de Harvard para los hijos tontos de los ricos. Un golpe de suerte le lleva a trabajar, como sí él mismo se hubiera graduado en derecho, en la mejor firma de abogados de Manhattan. Todos los personajes que habitan los corner-office son de lo más extravagante. Los casos en los que se ven involucrados siempre tienen algo de extremo. Las relaciones de amistad y enemistad entre ellos, especialmente aquellas en las que andan los malos malísimos, son rocambolescas y muy divertidas.
Quizás algunos piensen que Suits no es un culebrón en toda regla porque está algo por encima de ese umbral. Sin embargo nadie dudará que Scandal lo es en el sentido más literal.
Scandal es la historia de cinco desubicados sociales liderados por la impresionante Olivia Pope, una "solucionadora de problemas" profesional. Como suena. Por supuesto, los líos en los que se meten sus clientes no son nada cotidianos. Y sus perfiles muy alejados de los de la clase medida de Cuéntame. De hecho, Olivia, tiene unas relaciones muy propias de un culebrón venezolano con el mismísimo presidente de los Estados Unidos. Ella y los cuatro inadaptados con los que trabaja son unos imprescindibles de la vida oficial de Washington. En Scandal, el misterio es quién es el malo malísimo.
En resumen, estas dos series son muy aptas para quienes busquen engancharse a una serie ligera, sin que esto sea un demérito. Son series divertidas, con buena factura, buenos guiones y personajes muy bien hechos. Y sobre todo, sus tramas son más ágiles que las de las películas que están en el programa de la Filmoteca.
Héctor
 

Mi serie favorita: Homeland

Empiezo con un aviso para los que no lleguen a leer el final de este post. Homeland es la serie que arrincona los argumentos de los serie-escépticos (“no tengo tiempo”, “me aburren los primeros capítulos”, “no me gustan los culebrones”, “me entretiene más hacer magdalenas”). Esta es para muchos, y yo comparto esa opinión, la serie total. Tiene una trama trepidante, un gran reparto (no demasiado mainstream, aunque sus actores principales ya son imprescindibles de todas las alfombras rojas), trata un tema de relativa actualidad, tiene un guión que da vueltas inesperadas y que no hace concesiones a la rutina, y una factura de cine, como las buenas series de las que se habla en Viernes.
El argumento y parte de la trama están inspirados en una serie israelí (Prisoners of War) pero según quienes la han visto, Homeland la mejora. El planteamiento es aparentemente sencillo y fácil de resumir: existen sospechas fundadas de que un marine secuestrado en Irak durante años por terroristas islamistas afines a Al Qaeda padece, tras su liberación, el síndrome de Estocolmo. Su vuelta de Irak plantea en el primer capítulo los retos que representa la reinserción a su vida de Washington y la forma en que su familia le recibe después de haberlo dado por muerto muy al estilo de Greystoke, la leyenda de Tarzán.
La clave del éxito de la serie está en la combinación de esa visión conspiranoica que de una forma u otra todos tenemos cuando pensamos sobre lo que pasa en las alturas y una narración de lo más convincente que casi hace creer al espectador que peca de realismo. Desde el principio se entrelazan dos mundos. El de Nicholas Brody, el ex-marine liberado, y el de Carrie Mathison, una agente de la CIA que además de inteligente tiene el sentido común y las intuiciones de los locos más cuerdos. En su mundo, Brody trata de sobrevivir a la memoria de su cautiverio, alimentando interrogantes en el espectador, su propia familia y toda la CIA sobre qué equilibrio hay en su cabeza entre los buenos y los malos recuerdos de su estancia en Irak. En Washington, su vida es inicialmente convencional, al menos en lo que respecta a su mujer e hijos que, tras haber llorado su pérdida, tratan de sobrellevar con normalidad su resurrección pasados los años. Desde su vuelta a casa, el país contempla maravillado la capacidad de superación de un hombre que cumple con todos los requisitos que se esperan del héroe americano: varón, blanco, patriota que no desiste, padre de familia, conservador en alguna medida y resignado al sufrimiento que le ha tocado vivir. Exhibiendo esas credenciales, Brody logra pronto pasear con soltura por los pasillos de la administración americana.
El mundo Carrie Mathison es el de los agentes de la CIA que viven bajo una estructura jerárquica casi paramilitar, y que llega a todos los rincones de su existencia dando forma a sus vidas personales de tal manera que nadie parece cuerdo del todo. Una célula de inteligencia se dedica pronto a seguir los pasos del popular Brody. La acción comienza pronto cuando Carrie detecta en él un comportamiento errático e incoherente, que muchos interpretan como lógicas secuelas de la tortura que vivió durante años y otros como evidencia de su vinculación con el líder terrorista Abu Nazir, la clave para garantizar la seguridad nacional.
La primera temporada es de una agilidad extraordinaria. La segunda la supera. Lo peor: la tercera no empieza hasta el 29 de septiembre
Héctor

Mi serie favorita: American Horror Story

La explosión de las series ha logrado prácticamente su triunfo sobre el cine. Ahora que el mejor cine se hace en formato serie, todas las tramas pueden desarrollarse en cualquier escenario, incluso aquellos que hace unos años hubieran parecido un terreno de monocultivo para superproducciones de Steven Spielberg: el mundo de los zombis (The Walking Dead) o los vampiros (True Blood), los cuentos infantiles (Once Upon a Time), o las casas encantadas (American Horror Story). Por desgracia, a las series ambientadas en mundos fantásticos les falla el público prejuicioso que considera que sólo puede dar su tiempo a la narrativa más elevada: “¿¿¿Yo???... ¿Viendo una serie de fantasmas?”. ERROR: muchas de ellas tienen guiones que cuentan magníficas historias en las que lo fantástico es sólo una excusa para poder caricaturizar.
American Horror Story es una serie de terror para iniciados en el mundo de las series. Digo para iniciados porque, en cierta forma los argumentos de espíritus o maniacos que articulan la narración sirven para desarrollar entre líneas unos personajes muy bien construidos que te pegan a la pantalla de tu iPad. Con la segunda temporada sabemos que cada semestre la trama cambia.
En la primera temporada se cuenta la historia clásica de una familia americana de guapos de clase media que pasan por dos desgracias simultáneamente: viven la adolescencia de su hija y ocupan un caserón encantado. No resulta evidente la profundidad del encantamiento hasta bien mediada la temporada, pero de entre todos los problemas que los Harmon tienen dentro y fuera del recinto de su jardín, destaca uno muy pronto. Jessica Lange (Constance Langdon) es la vecina inquietante que irá poco a poco descubriéndoles el pasado de la casa y de sus inquilinos. Sin exagerar, creo que este personaje, con su mezcla de patetismo y dignidad, y la contradicción que supone vivir con una intensidad extrema todos los sentimientos humanos (incluida la lujuria), es uno de los mejores que he visto, tanto por los que le da el guión como por la interpretación. Su familia, esperpéntica, es un apoyo para los Harmon, especialmente Tate (Evan Peters), un adolescente rubio y guapete que es peor de lo que parece. Y así se van creando afinidades entre los Harmon y sus vecinos, que no dan puntada sin hilo. Desde el primer capítulo de la serie todo pasa por una razón.
La segunda temporada, que acaba de comenzar, se desarrolla en un viejo manicomio abandonado. Para gloria de la serie perviven en el reparto Jessica Lange y Evan Peters. Ella es ahora una monja católica que dirige el centro como una mezcla de piedra pómez y acero. Él es uno de esos ‘pacientes’ que sin verdaderas razones es ingresado en el centro con fines aún desconocidos. No es el único. Otros en su misma situación son una periodista a la que pierde su buen olfato, y una acusada de asesinatos en serie (Lizzie Brochère que hacía el papel más desquiciando en Big Love, serie de la que ya se habló en Viernes).
Recupero mi consejo general del principio. Que nadie se desanime porque la serie sea de fantasmas.
H.

ULM: Hotel Lalgarh Fort and Palace. Jaisalmer


Viajar por India es una experiencia intensa por lo extremo de lo bueno y lo malo. Aunque se pueda viajar de muchas formas, según los gustos y los presupuestos, mi consejo es encontrar lugares en los que se pueda descansar entre trayecto y trayecto, para pasar al menos un par de días en las mejores condiciones. La ciudad de Jaisalmer es un lugar imprescindible (yo diría lo mejor de este estado). Este lugar, a pocos kilómetros de la frontera con Pakistán, se encuentra a 16 horas en tren de Delhi y bastante alejado de los principales aeropuertos del noroeste indio pero vale la pena el esfuerzo con creces. Muy cerca del desierto del Thar, Jaisalmer fue un lugar clave para las caravanas de comerciantes durante siglos. Su burguesía desarrolló un sofisticado gusto que, gracias a su aislamiento, ha dejado huellas insuperables en los havelis de la ciudad. Los havelis son casas-palacios construidos como en tantos sitios alrededor de un patio. Estas casas familiares compiten entre sí hasta en los detalles más mínimos. El resultado: desde fuera la ciudad parece protegida por un imponente fuerte medieval, pero intramuros es un casco urbano único por su exhuberancia, delicadeza y buen gusto. Los templos jainistas y el palacio del Maharajá hacen de la plaza principal del recinto amurallado un extraño lugar que puede llegar a recordar a los pueblos europeos gobernados por castillos y catedrales, pero en versión oriental.
El Hotel Lalgarh Fort and Palace de Jaisalmer está situado fuera de las murallas. Es un haveli completamente nuevo (que nadie se desanime por esto, compensa con creces renunciar al encanto de lo antiguo a cambio de todas las comodidades que le permiten a uno reconciliarse consigo mismo después de casi un día en tren). Hay varias cosas extraordinarias en el hotel. La más obvia es la terraza, con unas vistas únicas del montículo sobre el que se encuentran la ciudad antigua y sus murallas. La segunda es el restaurante, que ocupa parte de la terraza y que yo destacaría entre los mejores del norte de la India y a precios nada escandalosos. El personal del lugar es también uno de sus activos. El haveli pertenece a una familia hispano-india (Silvia, de Madrid, y Nehru, del mismísimo Jaisalmer) que son capaces de ahuyentar cualquier complicación previsible o no durante tu estancia. Los dos son además la mejor compañía en durante las cenas en el rooftop bar cuando bajan las temperaturas.
A poder ser, que nadie deje de dar un paseo por la ciudad con Nehru y de paso, parad en alguna de las dos tiendas de antigüedades del lugar. También en esto os alegraréis de haber llegado a un lugar a tanta distancia de los aeropuertos y con un gran espíritu de conservación tal que ha mantenido el lugar casi intacto.
Héctor

ULM: The Trout. Oxford

Godstow Road, Wolvercote, Oxford, OX2 8PN
Recomendar a los amigos que visiten Oxford sin caer en los topicazos de la Lonely Planet es complicado e incluso arriesgado. Cuando no es invierno, la ciudad suele mantener un ambiente algo invernal. Hay pocos sitios en los que se pueda escapar de la sensación de humedad gótica que hemos padecido quienes vivimos allí el tiempo suficiente como para echar de menos la casa de tus padres a los veintitantos.
Por desgracia, entre los españoles la imagen de Oxford y de su universidad está mediatizada por el novelón “Todas las almas” de Javier Marías, una de tantas iluminaciones sobre el lugar. Con todo, el visitante ocasional suele quedar deslumbrado por Oxford. Yo creo que con razón. Hay pocas ciudades en Europa que tengan un centro histórico tan peculiar, lo que explica que muchos hagan excursiones de ida y vuelta (al menos en el día) desde Londres, tomando el autobus en Marble Arch o Notting Hill. Sin embargo, creo que las mejores cosas de Oxford se ven al segundo día, cuando ya se está empachado de bibliotecas (el pabellón para volúmenes de gran formato de la Bodleian), claustros (nadie puede perderse Magdalen College),  jardines (Christ Church o New College entre los clásicos y Worcester College entre los menos conocidos) y museos pintorescos (el de antropología y ¡el de la ciencia!).
De entre las mejores visitas para el segundo día, destacaría el pub The Trout (La Trucha). Los pubs ingleses suelen tener un aspecto decadente y “padecen” un olor a licor a la altura de su fama, pero hay que reconocer que si reincides en alguno de ellos también son como el salón de tu casa. Para llegar a The Trout se disfruta de uno de los paseos más bonitos que se pueden dar en el sur de Inglaterra. Se sale de la ciudad por Walton Street, pasando por delante Oxford University Press. Se deja pronto de pisar asfalto para entrar en los Meadows. A partir de ese momento ya se puede contemplar la campiña inglesa en su versión más romántica: el sendero bien marcado cruza algunos riachuelos, rodea iglesias de pieda abandonadas y transita entre rumiantes pacíficos. Tras una hora de caminata (a medio gas), se llega al caserón del siglo XVII donde está el pub, en Wolvercote.
La comida inglesa nunca ha sido muy apreciada por los turistas latinos. Creo que el mejor consejo para comer bien en un pub inglés es huir de todo aquello que suene a italiano, español o itañol. Además de no creer en su propia cocina (a veces injustamente) los ingleses han tenido el mal gusto de estropear y reinterpretar algunos platos ajenos. También es mejor desconfiar del vino por muy apellidado que esté por algún Chateau de relumbrón. En The Trout, la cerveza acompaña mejor cualquier bocado. Son estupendos los pasteles de carne y la carne asada de los domingos, las salchicas y los fishcakes. La terraza es un sitio maravilloso en el que, además de encontrar a amables locales no estresados por el turismo, se puede apreciar sin las habituales dosis de exotismo académico y hortera, cómo de feliz es la vida de la universidad y de quienes la padecen.
Héctor

Mi serie favorita: Big Love

La poligamia es una de las expresiones más repugnantes del machismo. Algunas sectas ultra-ortodoxas de mormones en Utah la practican. Sorpresa: se puede sentir simpatía por un buen-hombre que duerme en tres camas y convence a sus víctimas de que de esta forma conseguirán el pasaporte a la eternidad.
Big Love es una serie de esas que conocen los grandes serie-adictos, que recurren a la marca HBO buscando una apuesta segura. Quienes lo hacen no se equivocan, aunque esta serie requiere un visionado algo pausado, a diferencia de los clásicos (p.e. TGW) que aseguran caseras tardes de domingo para ver una temporada entera de golpe.
La trama se desarrolla tomando como transfondo el matrimonio entre Bill Henrickson y sus tres mujeres, residentes en Salt Lake City. Barb, la más sensata, es polígama como un hecho consumado; Nicky en cambio parece llevarlo en los genes (es la hija del profeta Roman Grant); Margene, por último, lo es por accidente, pero con el entusiasmo que tiene la gente poco reflexiva cuando se encuentra feliz. Esta familia desterrada de la reserva polígama de Juniper Creek mantiene relaciones esquizofrénicas con su entorno. Su vínculo con quienes permanecen en la comunidad, demuestra que los mormones viven, como el común de los mortales, en una imparable carrera por acumular dólares más allá de lo necesario para sobrellevar la vida terrena y garantizarse la salvación eterna. Dentro de la comunidad, algunos personajes secundarios resultan inquietantes: Lois, la madre de Bill, una amazona asqueada de su marido (que orina en el fregadero) y de sus hermanas-esposas; Wanda, la cuñada de Bill, una esquizofrénica envenenadora; Alby Grant, el hermano tonto de Nicky que aspira a suceder a su padre como profeta.
Con el mundo exterior, las relaciones son menos complejas, aunque no poco extrañas. Los polígamos esconden su condición a vecinos, compañeros de trabajo y clientes. Cuando son descubiertos reclaman sus derechos civiles como minoría e insinúan que las hiper-conservadoras iglesias de Utah son su Leviatán.
A medida que los Henrickson (y sus pobres hijos que ya pertenecen a la generación iPod) sobreviven a su entorno, el espectador que no conozca Estados Unidos más allá de las grandes ciudades costeras puede quedarse perplejo viendo historias de la América profunda sin moverse de su casa.
H.

Mi serie favorita: The good wife

Normalmente, cuando los europeos hablan del puritanismo de la sociedad estadounidense, tarda poco en aparecer el tópico de la sobre-exposición pública de infidelidades de los políticos que sucumben a la tentación sexual que su autoridad les pone en bandeja. ¿Son los gobernadores, o incluso los presidentes americanos, más proclives a estos deslices que los europeos? o ¿hay un efecto USA que explica la visibilidad de estos sucesos al otro lado del Atlántico? The Good Wife (TGW) convencerá a muchos de lo razonable de la segunda teoría.
Alabar la factura de esta serie es redundante cuando su tercera temporada ya se encuentra más que planteada. Pocas llegan a este umbral en un momento en que las productoras norteamericanas se han ganado al sector más exigente de los consumidores de cine que, por fin, reniegan selectivamente de las películas europeas que antes casi nadie se atrevía a criticar. Me ahorro por tanto hablar desde este punto de vista de una serie ya consagrada.
En una primera impresión, el espectador puede creer que TGW decepciona porque cobija todos los tópicos demócratas en torno a Alicia Florrick, la valiosa mujer del fiscal del distrito, madre abnegada y cornuda que supera en capacidad y honestidad a Peter, su estratégico y corrupto marido. Por ello podría parecer que el desarrollo de la serie es previsible. Sin embargo, cada temporada redefine por completo la trama central, manteniendo a los Florrick en el epicentro, gracias a unos brillantes personajes secundarios que merecerían un spin-off. De entre los que se mantienen en primera línea en las tres temporadas, sobresalen los principales socios del bufete de abogados que contrata a Alicia Florrick cuando su marido entra en prisión. Diane Flockhart es el modelo de éxito profesional que mantiene los valores casi filantrópicos del mejor progresismo norteamericano pero sin despegarse del suelo. Will Gardner es un atractivo abogado fanático del basket y el béisbol, con un pasado emocional a la altura de su fea nariz. Pero estos no son los únicos satélites del guión. Cari Agos es el joven trepa y sin principios salido de Harvard que, temporada tras temporada, crece por encima de su aburrido rol inicial (recordar al espectador el mérito de Alicia al empezar su carrera teniendo ya dos hijos quinceañeros). Kalinda Sharma, por último, es la detective lesbiana de origen indio que podría desarticular una red de mafiosos peludos sin alargarse la minifalda y que, sin embargo, resulta perfectamente creíble.
La interacción entre éstos y otros personajes de presencia más efímera cuenta dos historias fundamentales. La primera trata sobre algunos intemporales de la narrativa como la soledad que implica el éxito o por qué el dinero y el poder complican, según parece, los grandes sentimientos. Que nadie se desanime. Los guionistas de la serie hacen pensar en ello sólo cuando alguien te pide que escribas unas líneas sobre TGW.
La segunda historia es más mundana y exótica para quienes sólo hemos oído hablar de los grupos de presión en Estados Unidos. Las referencias a los lobbies en un país como el nuestro pensamos fundamentalmente en los constructores u organizaciones de otros colectivos profesionales a los que llegó el dinero antes que la cultura. Sin embargo, la política norteamericana es, según cuenta TGW, un entramado de alianzas profesionales y económicas que supera las provincianas fronteras de los partidos políticos europeos. No hay límites en el discurso de un asesor de campaña que en vísperas del Yom Kipur jura a la vez que no hay nadie más amigo de los gays y de Israel que su corrupto candidato.
Mientras todo transcurre, los abogados de Flockhart y Garder resuelven un caso por capítulo, lo que contribuye a hacer de TGW un gran retrato del sistema judicial estadounidense y una variada aproximación a aspectos menos conocidos de la actualidad americana.
Héctor