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Xilitla, el jardín del surrealismo

Érase un aristócrata inglés que, cansado de la anodina vida victoriana, fue en busca del paraíso: un lugar donde cultivar orquídeas y proyectar su espíritu libertario. Le llamaban Sir Edward James.
Su mansión de 300 habitaciones en el sur de Inglaterra se le había quedado pequeña. La campiña era triste y umbría y el invierno no terminaba nunca. El aristócrata comenzó a recorrer mundo atraído por el incipiente surrealismo. En Roma, París, Nueva York y Los Ángeles conoció a Buñuel, Dalí, Picasso y Magritte. Ante la imposibilidad de emularles, se convirtió en su mecenas.
Pero Sir Edward James seguía echando de menos las orquídeas. Hasta que un día llegó a Cuernavaca invitado por Leonora Carrington. En esa ciudad mexicana conoció a Erich Fromm, a Aldous Huxley y al encargado de los telégrafos, Plutarco Gastélum.
Al mundo feliz de Cuernavaca le faltaba algo. La ciudad de la eterna primavera donde Hernán Cortés se jubiló, tampoco cumplía las expectativas florales de aquel excéntrico noble. A cambio, quedó atrapado por la personalidad de Plutarco Gastélum, el indio yaqui que trabajaba en la oficina de correos.
Sir Edward se lanzó a descubrir México en compañía de Plutarco. En uno de sus viajes, les hablaron de un paraje donde las orquídeas crecían silvestres. Se trataba de un pueblo recóndito de la huasteca potosina: Xilitla.
No lo dudaron. Sir Edward y Plutarco desembarcaron en ese mágico paraje y plantaron varias orquídeas. Pero no habían transcurrido quince días cuando cayó una de la mayores nevadas que recordaban los lugareños y las gardenias se helaron. Derrotado por la naturaleza, Sir Edward James decidió, entonces, crear algo imperecedero.
Mientras tomaba el baño en una poza, unas mariposas se posaron en su cuerpo. El aristócrata lo interpretó como una señal y creó allí mismo su Jardín del Edén. La obra duró treinta años y le costó una colección de cuadros de Dalí. El resultado fue delirante. Un homenaje al absurdo. Un sueño irreal. La catedral del surrealismo. Un bosque encantado donde conviven anárquicamente esculturas, animales, selva y hormigón. Dalí tenía razón cuando calificó a aquel lunático inglés como el único surrealista realmente loco.
Sir Edward no era arquitecto. Se limitaba a dibujar bocetos que un carpintero local interpretaba en moldes de madera. El resto lo dejó en manos de una treintena de albañiles que aplicaban cemento y varillas a su antojo. El resultado está hoy a merced de los viajeros que llegan hasta allí, atraídos por la curiosidad.
En Las Pozas nada es útil, pero todo es bello. Más de treinta hectáreas de construcciones sin sentido se muestran como una pesadilla: arcos simulando plantas tropicales, escaleras que terminan en el cielo, jacuzzis para peces, aviones, columnas apoyadas sobre capiteles y pilares que sostienen montañas. Un entorno idílico por el que Sir Edward se paseaba desnudo acompañado por sus guacamayos.
La vida y obra de este personaje no se entiende sin Plutarco, el indígena de Cuernavaca que aceptó ser su secretario particular. La familia de Plutarco adoptó al tío Edward quien, al fin, encontró el hogar que le había negado su alcurnia.
Cuando se instalaron en Xilitla, Plutarco ya estaba contagiado por el furor creativo de los amigos de Sir Edward. Su aportación fue un castillo levantado en medio de un mar de casas de hormigón y uralita. Otra fantasía. Un edificio estrambótico mezcla de palacio renacentista veneciano y catedral neogótica.
El edificio es hoy un hostal muy singular. Intacto desde la época de Plutarco, sus pasillos respiran la atmósfera inquietante de una cripta con la huella de Sir Edward James, Leonora Carrington y Remedios Varo.
En Xilitla adquiere pleno sentido la expresión de Breton, que se refirió a México como "un país surrealista por naturaleza".
Antonio C.
 

Viaje al Peyote

“Villa Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce”. Así se llama uno de los pueblos más singulares de México. Para abreviar, la gente lo conoce como “Real de Catorce”. Ni rastro de pirámides, catedrales, murales revolucionarios o cuadros de Frida. Se trata de un antiguo reducto minero escondido entre montañas, a 3.000 metros de altura. Desierto, cactus y peyote sobre un paisaje lunar. El “far-west” en estado puro.
Año tras año, los indios huicholes recorren los 400 kilómetros que separan sus comunidades de los montes que rodean a “Real de Catorce”. Un mes de dura peregrinación durante el que apenas comen y beben. El punto de destino es un cerro con forma de elefante atravesado por el Trópico de Cáncer. Los huicholes insisten en las propiedades telúricas del lugar. Después de atiborrarse de peyote, es lógico sentirse Aníbal Barca cruzando Los Alpes.
Nuestra excursión fue más placentera. Empezó en la colonial y rosácea Zacatecas. Tres horas en coche por rectas infinitas que se perdían entre el calor del asfalto. Los bosques de cactus nos recordaban que estábamos en el norte, allí donde el desierto se apodera de todo y la vida apenas late en algunos ranchos sometidos a condiciones extremas.
De pronto, una cadena montañosa rompe la uniformidad del entorno. El asfalto se trasforma en empedrado y uno cree estar en un decorado de cine. Es de noche y la vida adquiere unos perfiles desdibujados y quietos. Sin embargo, la secuencia sufre una sacudida y el ejército nos devuelve abruptamente a la realidad. En el México del Bicentenario todos somos sospechosos de narcos, especialmente en plena noche, viajando por una carretera secundaria a bordo de un coche destartalado.
Todo era extraño en aquel paisaje remoto. Cuando empezábamos a temer que “Real de Catorce” sería una leyenda, un túnel de 2.300 metros excavado a pico y pala, nos depositó en el siglo XIX. Ahí se ha detenido el pueblo tras su abandono después de la revolución mexicana de 1910. El centenario túnel se llama “Ogarrio”, aldea cántabra donde nació el padre de la obra.
“Catorce” fue fundada por los españoles a mediados del siglo XVIII. En aquella época, bastaba un martillo para enriquecerse. La plata brillaba a ras de suelo. Al olor del metal, la zona se convirtió en un hervidero de buscavidas gobernados por la ley del más fuerte.
El inicio de la lucha independentista sumió a la región en una profunda crisis. La recuperación llegó en la segunda mitad del siglo XIX, edad de oro de “Real de Catorce”. Testigos de esos tiempos gloriosos son la plaza de toros, el palenque para peleas de gallos, la casa de la moneda y la iglesia del milagroso San Francisco de Asís. Pero la etapa de prosperidad fue corta. De la noche a la mañana, las montañas se vaciaron por la violencia revolucionaria y el desplome del precio de los metales.
Sólo hace unos años, el enclave empezó a recuperarse para el turismo y el cine. Lo que permanece en ruinas son muchas de sus casas, el pueblo fantasma o la multitud de minas abandonadas. Eso forma parte de la postal sepia que ya ha pasado a la posteridad.
Pero había más encantos. La magia catorceña nos atrapó hasta que sucumbimos al peyote. La búsqueda del cactus alucinógeno resultó una aventura de alto riesgo. Unos 10 kilómetros a prueba de vértigo por un sendero de cabras reservado a los míticos jeep “willys”. Me sentí como en una diligencia de los spaghetti western. El “willy” era una suerte de camarote de los hermanos Marx, así que nos acomodamos en el techo y la escalera. Siempre sería más fácil saltar si aquel artilugio enfilaba el barranco. Nuestros traseros bailaban al ritmo del traqueteo y los frenazos. El vacío se asomaba detrás de cada curva. Fuimos con el corazón en la garganta hasta que alguien nos tranquilizó recordando la fiabilidad de los “willys” durante la segunda guerra mundial.
Milagrosamente, llegamos sanos y salvos. Para celebrarlo nos lanzamos a comer peyote. El alucinógeno sabía a demonios. Ni el chocolate ni el agua lograban camuflar la amargura de un cactus alimentado por los excrementos de animales. Tras semejante heroicidad, no era de extrañar que las náuseas aparecieran en el viaje de regreso. Y aparecieron.
Por suerte, los efectos del peyote diluyeron los peligros de la ruta. Para disfrutar de la noche, de nuevo nos alojamos en la azotea del “willy”. Las estrellas se multiplicaron, el rojo pálido evolucionó a rosa fluorescente y los ladridos de algunos perros se convirtieron en el rugido de una jauría de lobos. En fin, un concurso de idioteces con regusto a flor de mezcal (peyote).
En “Real de Catorce” se rodó la peor película de la historia, “The Mexican”. A pesar de ello, recomiendo visitarlo. Ni Julia Roberts ni Brad Pitt tomaron peyote.
Antonio C.

Chiapas

Cuando el subcomandante Marcos dejó la universidad para salir de excursión, muchos situaron Chiapas en el mapa. Bastante antes, Fray Bartolomé de las Casas encontró en estas tierras su inspiración. Pero los primeros en disfrutar del embrujo chiapaneco fueron los mayas.
Pocas civilizaciones son consideradas originales, es decir, surgidas sin influencias externas. En el viejo mundo, identificamos, Egipto, Mesopotamia, el valle del río Indo y la cuenca del río Amarillo. En América, la región andina y Mesoamérica. Dentro de esta última, sobresalió la cultura maya.
Chiapas ilustra el esplendor y la decadencia maya. El esplendor es visible en Palenque, Bonampak, Toniná o Yaxchilán. Destaca la singularidad de Yaxchilán adonde se llega navegando por el río Usumacinta que divide Guatemala y México. Para admirar la decadencia, basta una caminata por la selva lacandona. Cientos de pirámides y templos se adivinan bajo la frondosidad del bosque.
Introducirse en la selva es descender al inframundo maya: la naturaleza. Allí viven los indios lacandones entre cascadas de ensueño, ríos color turquesa, árboles exóticos, moscones tocapelotas, mosquitos insaciables, serpientes venenosas y jaguares mitológicos. Ambiente amenizado por el sonido embaucador de todo tipo de animales.
En 1821, México se independizó. Poco después, caería el Imperio de Agustín de Iturbide. Chiapas decidió, entonces, integrase en México tras una larga vida vinculada a Guatemala y un breve periodo de independencia. El olvido y la pobreza se apoderaron de Chiapas, hasta que un día, el hijo de unos inmigrantes zamoranos y antiguo porteador de El Corte Inglés, reclutó a un puñado de indígenas con intención de retar al Estado. Soy incapaz de definir el zapatismo. Me quedo con “revolución postmoderna”. Un cajón de sastre que lo acepta casi todo: marxismo, indigenismo, ecologismo, feminismo, etc.
El resultado de la milenaria historia de Chiapas es un lugar donde conviven sincretismo religioso, indigenismo de i-phone, domingueros mexicanos y turismo revolucionario. Todo, bajo la mirada serena de San Cristóbal.   
Pasado y presente del indigenismo se condensan en el chamán, parada obligatoria para interesarse por la antropología. El aislamiento del chamán es visible en su porte, su discurso anticapitalista, el botafumeiro y las recetas contra el cáncer (culebra asada cada dos horas y nada de lavarse). Pero el chamán, se había modernizado. Limpieza de espíritu, 12 euros. La penitencia consistió en poner a remojo los pies en aguas estancadas donde hicieron su agosto insectos y bandadas de pececillos inmisericordes. Después de semejante sacrificio físico y económico, los augurios del chamán sólo podían ser excelentes. 
Ejemplo de sincretismo religioso es la iglesia de San Juan Chamula. Cientos de indios tzotziles bajan en peregrinación desde sus comunidades para realizar ofrendas a sus santos. La escena más “mística” es el estrangulamiento del pollo: la sangre sale a borbotones mientras cabeza y patas parecen tener vida propia. Sin sillas ni altar, el suelo de la iglesia es una alfombra de hojas de abeto, decorado con velas y coca colas, refresco imprescindible para expulsar los malos espíritus. Mujeres y hombres avanzan por separado. Los hombres visten de pastorcitos, las mujeres con huipiles de colores luminosos. Ellos llevan bastones de mando y suelen estar borrachos. Un aguardiente asqueroso llamado pox, ayuda a entrar en trance. Amenizan los cortejos bandas de música cacofónicas. Escenas prehispánicas. Sin trampa ni cartón. Los violentos tzotziles no admiten debilidades entre sus seguidores ni el lucimiento de los turistas. Al indio que coquetee con iglesias evangélicas, destierro. Al turista que haga fotos, un par de hostias.
Pero Chiapas, también acoge turismo revolucionario y desenfreno dominguero. Lo primero es patrimonio de occidentales ansiosos de participar del “homo zapatista”. El punto de encuentro es San Cristóbal, donde los bares se llaman Revolución, las cooperativas Ché Guevara y los espaguetis son orgánicos por cojones. Los domingueros son colonos mexicanos que se solazan en ríos y cascadas siguiendo el modelo hindú. Lejos de purificarse el alma, los mexicanos disfrutan de su playa con los tacos, el perro, la abuela y los niños. Semejante “paraíso” sólo está al alcance de aventureros dispuestos a sufrir la carretera Palenque- San Cristóbal: 203 kilómetros, 202 guardas tumbados, miles de curvas y peajes revolucionarios. En otras palabras, 5 horas vomitando
Antonio C.

California

El territorio de la Reina Calafia se conoce hoy como California. Allí llegaron los españoles buscando una isla rica y poblada por mujeres negras de gran estatura. Sin embargo, sólo encontraron cactus, desierto y tribus indias que vivían en la prehistoria. Nada parecido a Tenochtitlán ni a las desarrolladas civilizaciones Mesoamericanas. Las tierras septentrionales dejaron de interesar.
Tras los conquistadores, se recurrió a la evangelización. A finales del siglo XVII, los jesuitas fundaron en Loreto la primera misión. Desde allí se construyó El Camino Real, proyecto de unificar California a través de las misiones. Expulsados los jesuitas en 1767, la obra fue continuada por franciscanos y dominicos. Sin embargo, poco se evangelizó. Aquello era literalmente predicar en el desierto. El escaso público murió contagiado de enfermedades ajenas.
México heredó de Nueva España la Alta y la Baja California, habitadas por un puñado de californios concentrados en torno a los establecimientos religiosos. El poco entusiasmo mostrado por México en aquellas tierras permitió la conquista de la Alta California por los EEUU. Así ocurrió en 1848 tras una guerra con tintes de estafa. Los meapilas del Mayflower alcanzaban el Pacífico y culminaban la conquista del oeste. México perdió la mitad de su territorio: Texas, Nuevo México y la Alta California. Avergonzados por el engaño, los EEUU dejaron a los mexicanos la península de la Baja California.
Hoy, las dos Californias están divididas por un muro. Una especie de cordón sanitario que separa dos mundos: el desarrollo, del subdesarrollo; el orden, del caos; las carreteras, del desierto; San Diego, de Tijuana. Un viaje apasionante de Los Ángeles a Los Cabos me sumergió en ambas realidades: 2.000 kilómetros en tren, tranvía, a pie y en coche.
El tramo en tren correspondió al trayecto LA- San Diego, ciudades conectadas por la “línea surfer”. Poco queda de la etapa hispana, salvo algunas misiones y los nombres de ciudades y pueblos. En L.A destaca el “glamour” de la calle del teatro Kodak, comparable a la madrileña calle Carretas en sus tiempos gloriosos. Me sorprendió el buen ambiente de West Hollywood y disfruté del paseo en bici por Santa Mónica y Venice Beach. Lo más singular, la Catedral de Moneo donde se venden nichos a precios asequibles.
En la tranquila y aburrida San Diego, el atractivo se reduce a un clima benigno y a una bahía tomada por portaviones, submarinos y yates. A pesar de encontrarnos a unos kilómetros de Latinoamérica, no se ve rastro de un mundo hispano escondido en las cocinas de los restaurantes y en las casas de los más pudientes. El color latino salió a nuestro encuentro en el tranvía que nos llevaría a la frontera. Los caucásicos optaban por la dirección contraria.
La sensación de cruzar la frontera a pie es extraña. Del lado mexicano, filas interminables de gente a pie o en coche. En la salida de EEUU, el control se limita a dispositivos para impedir retroceder. Ni un solo policía. Un chollo para las armerías norteamericanas y los narcotraficantes mexicanos.
Concluido el periplo por la Alta California, en Tijuana comenzamos la “road movie” por la Baja California. La península es atravesada por la Transpeninsular, carretera mítica que une los 1.700 kilómetros de Tijuana a Los Cabos.
La Transpeninsular transporta a emociones indescriptibles. Una ruta zigzagueante conduce del salvaje Océano Pacífico al embaucador Mar de Cortés entre desiertos, montañas, volcanes, salinas y planicies interminables salpicadas de cactus. Un paisaje inquietante, casi fantasmagórico. Lo único real eran unos cuantos pueblos hechos de uralita y hormigón. Las guías comparaban los paisajes del Mar de Cortes con los cuadros de Dalí.
Salir de la Transpeninsular parece un viaje a través del tiempo. Algo así debía de ser la Alta California hace 100 años: un valle vinícola, bahías multicolores repletas de ballenas apareándose, misiones de película en enclaves semi-abandonados y pinturas rupestres con 7.500 años de antigüedad.
En un hotel de Todos Santos, en Baja California, se inspiraron Los Eagles para su mítica canción “Hotel California”. Sus inquilinos son gringos colgados del mito de la Reina Calafia que creó Garci Rodríguez de Montalvo a principios del S XVI. Un poco más al sur se llega a Los Cabos. Fin del trayecto. Allí sestean media docena de cuerpos ansiosos de sol. No son lagartos. Son guiris.
Antonio C

El Chepe

Así se llama la línea ferroviaria Chihuahua-Pacífico que une el desértico norte de México con el Mar de Cortés en el océano. Atraviesa la Barranca del Cobre, donde viven los indios tarahumaras, y navega por las alturas entre peñascos y retazos de cielo. Una experiencia única.
Sale El Chepe de Chihuahua en dirección a Los Mochis: 15 horas para un trayecto de 650 Km. a una media de 43 Km. por hora. En nuestro caso invertimos una semana. Valía la pena detenerse en todos los rincones. La fisonomía del tren anticipaba la singularidad del viaje. Un retroceso a los tiempos de la conquista del oeste: estaciones en medio de la nada, cambios de aguja manuales, curvas interminables, pendientes pronunciadas, túneles de piedra, revisores con pajarita… y para darle un toque actual, policías con recortadas.
El tren es una reliquia de los años 50. Se inauguró en 1961 y, desde entonces, poco ha cambiado. La locomotora es una chimenea cuyo principal cometido es tocar la bocina. El último vagón se cierra con una barandilla que nos transporta a los ferrocarriles del far-west.
El núcleo del viaje es la Barranca del Cobre. Antes se pasa por Ciudad Cuahtémoc, habitada por menonitas. Allí llegaron de Canadá en 1920, tras negarse a educar a sus hijos en inglés. Es curioso ver en pleno desierto mexicano a unos tipos con la bilirrubina por los suelos y hablando alemán del siglo XVII. Es como si los Ingalls (la familia de La Casa de la Pradera) se instalaran en Lepe. Los menonitas se dedican al cultivo de la manzana y, aparentemente, viven bastante bien. Eso sí, sin coches, ni electricidad, ni esas cosas de burgueses.
Cuando el Chepe se adentra en la Barranca del Cobre el paisaje se torna idílico. Multiverde (como los Alpes o las Montañas Rocosas) y vertical como el Cañón del Colorado. Sin embargo, la Barranca del Cobre es más que una maqueta de tren. Es la tierra de los tarahumaras, un pueblo indígena semi nómada con tradiciones milenarias. Los tarahumaras viven en cuevas, se cubren con taparrabos y vestidos de colores, y brincan por las montañas como cabritillas. Situadas en lugares inalcanzables, vemos misiones católicas y viejas minas abandonadas (los españoles primero, y después los americanos, exprimieron las entrañas de la tierra).
La primera parada fue Creel, un extraño pueblo que nació por el milagro del tren y los aserraderos de madera. Nosotros lo utilizamos de campamento base para varias expediciones. Los alrededores ofrecen numerosas sorpresas. La naturaleza es desbordante y se expresa en todas sus tonalidades. Como no estoy puesto en botánica ni en zoología, y desconozco las plantas en peligro de extinción o el perfil de los buitres leonados, me centraré en el viaje a Batopilas, corazón de la Barranca del Cobre.
El repentino calor húmedo delató que habíamos descendido de 2.500 a 400 metros en poco más de 150 Km. Estábamos en Batopilas. Tras 5 horas de coche por caminos infernales, el frío de la montaña se convirtió en sofoco. Mi único recurso fue cortarme los vaqueros a golpe de tijera.
Batopilas se desarrolló gracias a la minería. En su día tuvo 15.000 habitantes, hoy apenas alcanza los 1.000. Entre la estrecha franja del río y una montaña vertiginosa se levanta un puñado de casas que ocupan la parte más baja de la barranca. La decadencia era evidente: minas abandonadas, haciendas en ruinas, hoteles rancios. La imaginación se dispara y el viajero evoca un pueblo minero de principios del s. XIX. Los buscadores de pepitas de oro debieron hacer de las suyas.
En Batopilas nos hablaron de una gran iglesia situada a ocho kilómetros siguiendo el cauce del río. Tras hora y media de caminata apareció la “catedral pedida”. El nombre se lo puso un gringo al “descubrir” la iglesia. Hasta entonces, sólo los lugareños sabían de su existencia. Situada en una planicie con escasa presencia humana, es lo más parecido a una alucinación. No hay consenso sobre su historia. Hace poco la han restaurado con escasa fortuna.
Concluido el periplo por Batopilas, regresamos al tren. Próxima estación: Divisadero. Para los turistas, las vistas más impresionantes del cañón. En unos días, inaugurarán un teleférico. Y de Divisadero a Bauchichivo (otra estación inexplicable) y traslado a Cerocacui. Aquí, el campamento base es una antigua misión jesuita. La excursión a Urique nos levanta el ánimo. A mitad de camino hay un mirador donde se disfrutan las mejores vistas del cañón.
En nuestra última jornada, el tren nos llevó a El Fuerte, ya en la llanura, muy cerca de los Mochis. Lamentablemente, no tuvimos tiempo de coger el ferry y atravesar el Mar de Cortés hasta Baja California. Otra vez será. En esta ocasión, el Chepe y su Barranca del Cobre nos interesaban más que las ballenas. Sin duda, junto a Etiopía y Bahía dos Tigres (Angola) uno de los viajes más espectaculares de mi vida.
Antonio C.

Speaker´s Corner: Los Gachupines

En el pueblo de Dolores los oficios eran a las 12 de la mañana. Aquel día, el cura observó que muchos parroquianos estaban excepcionalmente inquietos. Los sermones habían agotado su eficacia. Pensando en el futuro, el cura creyó conveniente organizar algo más creativo. Una procesión diferente, con un eslogan atractivo. El número de fieles desencantados aumentaba peligrosamente para la causa. Había que ponerse en marcha.
Cuando los sufridos feligreses esperaban un nuevo ejercicio de megalomanía curil, la procesión de aquel 16 de septiembre de 1810 cambió la Historia. “Viva la Virgen de Guadalupe, mueran los gachupines”. El nuevo grito de guerra lanzado por el cura Hidalgo se convertía en el Grito de Dolores. Así se iniciaba la lucha por la independencia de Nueva España. La fe religiosa, nuevamente, movía montañas. En este caso para volverse contra su patrón.
Desde ese momento, “gachupines” ha sido el término utilizado por los mexicanos para referirse con desdén a los españoles. Sus diferentes usos nos permiten seguir la imagen de España y los españoles en México a lo largo de los últimos 200 años.
La independencia de Nueva España llegó en 1821, cuando Iturbide y el virrey O’Donojú firmaron un documento cuyo original -se dice- lo recuperó Fernando VII para esconderlo en algún cuadro del Palacio Real. El nuevo país se llamó México en honor a los “mexica”, el pueblo que sucumbió a Cortés. son sus símbolos más conocidos. Por esas cosas de la historiografía mexicana, 1821 es un año casi maldito, e Iturbide, uno de los muchos traidores a la patria. Su “pecado” fue autoproclamarse Emperador.
Durante el siglo XIX se consolidó el término gachupín. Entre nuestro “méritos”: el intento de Isidro Barradas de reconquistar México en 1829, esperar hasta 1836 para que Isabel II reconociera la independencia, y el inicial respaldo a Napoleón III en una aventura que acabó con Maximiliano de Habsburgo como Emperador de México.
Nuestra suerte empezó a cambiar con la llegada de Porfirio Díaz al poder, a finales del siglo XIX. A punto estuvimos entonces de dejar de ser gachupines para convertirnos en españoles. La celebración de los 400 años del Descubrimiento significó para los mexicanos el reencuentro con España. El Centenario de la Independencia sirvió de exaltación hispanófila.
Durante el Centenario, los mexicanos interpretaron la independencia en clave familiar: el hijo que se emancipa al llegar a la adolescencia. Porfirio proyectó El Paseo de la Reforma como el lugar de representación de la historia mexicana. Allí están Colón y Carlos IV trasformado en Caballito, compartiendo protagonismo con Moctezuma, Cuauhtémoc, o el Ángel de la Independencia. El Paseo lo culminaría Isabel la Católica. Incluir a Hernán Cortés era excesivo. La escultura de Isabel se frustró con la Revolución.
La imagen de los españoles empeoró notablemente tras la Revolución. La hispanofobia se extendió y los españoles pasamos a ser “pinches gachupines”. Franco hizo lo posible por ahondar la brecha. La única y verdadera identidad mexicana era la prehispánica. Colón y Cortés acabaron con un mundo bucólico donde el hombre vivía en armonía con los dioses y la naturaleza. Había que recuperar el pasado. Como eso era complicado, la doctrina oficial se conformó con construir una versión anti-española de la Historia.
Hace un año llegué a México. Entonces me preguntaba si los mexicanos nos seguían viendo como pinches gachupines. La respuesta era recurrente: desde la hispanofobia de los intelectuales de izquierda a la hispanofilia de la derecha, las emociones son muy variadas.
Con esa duda encaré el partido de fútbol del Bicentenario: México vs España. Nadie se quejó por la elección del contrincante para celebrar la independencia. Xabi, Casillas y Pujol pesaban más que la Historia. Algunos me aconsejaron ir al partido con tapones para que no me pitaran los insultos. Otros me advirtieron de la conveniencia de dejar en casa la camiseta roja. Incluso, me recomendaron llevarme un chubasquero para protegerme del orín.
El partido fue una fiesta, Manolo el del Bombo ejerció de ídolo de masas, la selección española ofreció la Copa a la Virgen de Guadalupe y yo, feliz, me fotografié con la Copa. Ese día dejamos de ser pinches gachupines. Por fin fuimos, al menos durante dos horas, hermanos españoles. Villar le prometió a la Virgen llevarle la Copa si España ganaba el Mundial. Ahora, unos acusan a la Virgen de chaquetera. Otros, recuerdan que si México no se hubiera independizado sería campeona del mundo. ¡Gol de Iniesta!
Antonio C.