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Dickens enamorado

Amelia Perez de Villar
Editorial Fórcola
En 1908 George Baker, catedrático de Literatura Inglesa en Harvard, editó para la Sociedad Bibliófila de Boston un maravilloso volumen con la correspondencia privada entre Charles Dickens y María Beadnell. Las cartas se descubrieron en Inglaterra y alguien que conocía bien su valor se las compró a una hija de María, de casada Winter. Según Henry Harper, autor del prólogo de dicha edición, las cartas “se guardaron como algo sagrado tras su descubrimiento y su adquisición. Al darse cuenta de que su publicación era inviable en Inglaterra el comprador las llevó a los Estados Unidos, donde vendió toda la colección”. A ellos debemos la publicación de este material, inédito hasta ahora en castellano, que ha permitido arrojar una nueva luz sobre la vida y obra del novelista victoriano.
Si de pronto apareciera una autobiografía de Dickens auténtica causaría sensación en el panorama literario. Si en dicha obra se incluyeran personajes y rasgos del autor desconocidos incluso para sus amigos más íntimos, nuevos incluso para sus propios familiares, suscitarían el interés de todo el mundillo. Las cartas que se incluyen este volumen se escribieron dentro de la más estricta intimidad y sólo para aquellos ojos a los que iban dirigidas. Son honestas, sinceras y fervorosas, y sacan a la luz determinadas experiencias vitales que el autor nunca mostró al mundo. Muchos años después de la muerte de Dickens y otros tantos después de conocerse su historia de amor maduro con Ellen Ternan, de la que nada se sabía cuando la Sociedad Bibliófila editó el epistolario, su lectura nos da la clave para conocer a personajes e incidentes que aparecen en algunas de sus principales novelas y revelan episodios apenas conocidos de su biografía y de su relación con su escritura, su familia y amigos, y las mujeres, además de ofrecer una dimensión más humana del gran genio literario de la Inglaterra del siglo XIX.
Amelia Perez de Villar

Música callada-La vida rima


Un intento de crear un mundo impalpable que trate
de alcanzar el interior menos manipulable del espectador.
Sorprender, provocar extrañamiento, inquietud y sosiego,
evocación, abstracción… en definitiva sensaciones
que exijan un esfuerzo de nuestra imaginación
y la necesidad de que nosotros espectadores seamos los creadores
de nuestras propias imágenes y particulares escenografías
(José Carlos Plaza, director)

Desde la pasada primavera Ana Belén recorre la geografía española con el espectáculo Música callada – La vida rima, dirigido por José Carlos Plaza. En esta ocasión no la vemos en su faceta de actriz ni tampoco en la de cantante, aunque en el título se haya incluido la palabra música y lo que hace tenga que ver con su voz. Acompañada por Rosa Torres-Pardo, que interpreta al piano piezas de Bela Bartok, Stravinsky, Beethoven, Prokovieff, Chopin, Mozart o Albéniz, entre otros, Ana Belén recita poemas de conocidos autores españoles de todos los tiempos, como Cernuda, Alberti, Luis García Montero, Gil de Biedma o San Juan de la Cruz. De la adaptación musical se ha encargado la propia Rosa Torres-Pardo y a Luis García Montero debemos la adaptación de los textos. La representación dura noventa minutos que éste cóctel de palabras, voz y melodía presentado en un entorno diáfano y minimalista hace transcurrir en un suspiro. La propia Ana Belén lo ha definido en una entrevista como “un espectáculo recogido y pequeño pero, a su vez, con tanta fuerza escénica… es como una pequeña joyita que contiene algo de teatro, un poco de poesía y una parte musical en su más amplio sentido de la palabra”. Durante los meses de verano los recitales han tenido lugar en espectaculares escenarios con gran valor arquitectónico, histórico o natural, como el patio de armas del alcázar de Segovia, el auditorio de Tenerife o los jardines de Cap Roig. Ahora, con la llegada del otoño, vuelven a ponerse a cubierto en auditorios y teatros: Villena (Alicante), Roquetas de Mar (Almería) o Alcobendas (Madrid) son algunas de las ciudades que tendrán la fortuna de recibir a este curioso tándem en las próximas semanas, para recalar en noviembre en el Teatro Español de Madrid, un escenario que ya pisaron en las primeras fechas de la gira. Prestad atención a su web para saber si van a pasar cerca de vuestra ciudad y… si podéis, no os lo perdáis.

Sweet Oblivion: The Natural

Ce - Voz y Teclados
Alfonso Arana - Voz y Guitarras
Jose Mª Solano - Bajo y Coros
Bruno Zumárraga - Batería y Percusión
El sello/El productor
Audiomatic Records/J.M. Rosillo
La gira:
Jueves 12 mayo- FNAC Bilbao - 19h
Viernes 3 junio (+Those Radios) - Azkena, Bilbao – 21h
Miércoles 8 junio- FNAC Donostia - 19h
Jueves 16 junio - Costello Club, Madrid - 21h
Viernes 17 junio - FNAC Barcelona - 19h
Sábado 18 junio- Electric, Barcelona - 20.30h 5€

Tercer disco de la banda bilbaína liderada por Alfonso Arana (ex Cáncer Moon) y Cé (voz y teclados), a cuyo cargo corre la composición de los temas, con algunos cortes de tono optimista y colorido (You’ll miss me when I’m gone) y otros más delicados, como Holes. El disco sale a la luz durante este mes de mayo a cargo de Audiomatic Producciones. En esta ocasión el grupo abandona la melancolía en pos de una nota mucho más pop-rock, sin dejar de lado su marchamo de atemporalidad ni su toque clásico, con la impecable producción de José María Rosillo. Si ya tuvisteis ocasión de escuchar sus anteriores obras y quedasteis prendados de su estilo folk, The Natural os sorprenderá gratamente. Si sois recién llegados, no os decepcionará. Además, también empiezan gira este mes por Bilbao y San Sebastián, Barcelona y Madrid. Imperdible.
Amelia Perez Villar

La flor roja

Autor: Vsévolod Garshín

Traducción: Patricia Gonzalo de Jesús
Ilustraciones: Sara Morante
Ed. Nevsky Prospects http://nevsky.es/
73 páginas
13 euros
En estos tiempos en los que el libro electrónico se abre camino y muchos predican los beneficios del préstamo o de la propiedad ocasional, quiero presentaros un libro maravilloso que invita a poseerlo y a regalarlo, y no tan sólo a leerlo. En una cuidada edición de Nevsky Prospects –una joven editorial dedicada a recuperar clásicos de la literatura rusa, en el año de Rusia, además– La flor roja se convierte en objeto inevitable: su formato cuadrado, que recuerda la caja de un cedé, la impresión a dos tintas y los hermosos dibujos con que lo ilustra Sara Morante le harán seguramente ganar un hueco en muchas estanterías en este mes en el que celebraremos el Día del Libro. Pero un libro no sólo es un objeto, aunque también lo sea. Garshín, al que el propio Turguénev consideró como su sucesor y del que dijo que era la esperanza de la literatura rusa, es un relato con tintes autobiográficos: Garshín lo escribió en 1883, tres años después de que se manifestaran en él los primeros síntomas de desequilibrio mental que le convirtieron en huésped habitual de varios centros psiquiátricos hasta que, en 1888, se suicidó a los 33 años de edad. No os desvelo nada del argumento, salvo que la flor roja que le da título es una peculiar especie de amapola que, según el protagonista, supone un peligro para la humanidad, un peligro del que sólo él puede salvarnos: lo emocionante es recorrer una narración a la par tan impresionante y delicada, de la que podemos disfrutar gracias a la traducción de Patricia Gonzalo de Jesús. Patricia es uno de esos traductores que provocan en el lector la sensación de que el texto se ha escrito en castellano. Una historia desgarradora narrada con la ligereza de una historieta, y con un ritmo que no te permite cerrarlo hasta el final. Ahora que viene el buen tiempo, es un libro que podéis disfrutar en un apenas un par de horitas, mientras tomáis algo al aire libre. La intensidad de su temática os dará para pensar, porque aunque no es una historia ligera, la satisfacción de la experiencia lectora está cien por cien garantizada.

Amelia Perez de Villar.

ULM: Museo Chicote

El pasado miércoles 27 de octubre tuvimos la fortuna de ser invitados a la degustación del menú Máxime, una propuesta del Museo Chicote en su nueva andadura en la escena del catering. No hay duda de que sólo atravesar esa puerta giratoria es ya toda una experiencia: nos cuesta creer que estemos dando los mismos pasos que un día dieran Frank Sinatra o Cary Grant, que podamos sentarnos en los sofás de piel circulares en los que un día sostuvieron su copa Grace y Rainiero de Mónaco, o que nuestras gabardinas reposen en los mismos soportes de metal cromado donde un día lo hicieran los visones de Ava Gardner o Sofía Loren.
Seguramente todos tenemos la sensación, incluso si nunca hemos estado dentro, de haberlo visitado. Todos conocemos la historia de este lugar mítico regentado por un hombre que se hizo a sí mismo, que comenzó a trabajar a los once años en el Mercado de los Mostenses ayudando a su madre a preparar y vender horchata, fue ayudante de barman del Hotel Ritz y trabajó en otra famosa coctelería madrileña, Cock, muy cerca de su emblemático local; todos sabemos que era hincha del Real Madrid, que inventó varios cócteles y que es el protagonista de numerosas anécdotas, a medias con su reluciente clientela. Pero nos ha sorprendido descubrir que, además de escribir varios libros, redactó un decálogo del barman que os recomendamos consultar (punto décimo, sobre su cliente, “no envidiar su posición ni bienestar”). Tampoco debemos olvidar, porque le honra, que tuvo momentos bajos: la Guerra Civil, tras la época dorada que siguió a su fundación en 1931, o la muerte de su fundador en 1977, que le hizo caer en un período de olvido del que saldría por sus propios fueros como local de culto en la etapa de la Movida Madrileña hasta recuperar en 2001 su antiguo esplendor nacional e internacional. Sin duda, quien mejor lo ha definido es Pedro Serrano, su jefe de RR.PP., diciendo que es “un cóctel en sí mismo”. Un cóctel de presente y pasado, de glamour y sencillez, de fantasía y realidad.
Esto nos da el pulso de la personalidad no sólo del local, también del mito. Pero Chicote no es sólo eso: Tomás Gutiérrez, su actual propietario, nos explicó la razón de ser del acontecimiento con pocas palabras en su breve discurso de presentación: en época de crisis, toda empresa busca nuevas fórmulas, nuevas salidas.
Y esta será una salida en toda regla, porque el Museo Chicote, conocido mundialmente por sus bebidas, se embarca en el catering. Saldrá del famoso lounge de Gran Vía y llegará hasta nosotros… Y le auguramos que lo hará con muy buen pie: una selección basada en la “calidad del producto, la tradición y guiños a la cocina vanguardista” (Javier Vázquez, responsable de Chicote Catering) magníficamente servido, atendido y presentado, que incluía bombón de foie con peta zeta de chocolate, rissoto de boletus, cazuelitas de pisto, queso manchego, piruletas de salmón con polvo de pistacho o pulpo a feira, para terminar con un gintonic ¡¡¡servido en un tubo!!! Qué podemos decir: el socorrido “festín para los sentidos” se queda corto, aunque fuera eso en realidad, elevado al menos a la quinta potencia: entorno mítico, sorprendente gastronomía, buenos vinos, excelente servicio y atención, y un exitazo de convocatoria (en torno a 150 personas) que se debió a su jefe de prensa, Manuel Díaz, al que agradecemos la invitación.
Deseamos todo el éxito del mundo al Museo Chicote en esta su nueva andadura Chicote Catering.
Amelia Perez Villar

Speaker´s Corner: Fashion & Passion

En septiembre, como en enero, es inevitable hacer balance del año y armarse de buenos propósitos para abordar el curso escolar, que acaba siendo para la mayoría de nosotros la medida de todas las cosas. En junio, el cansancio y la prisa, la galvana y las terracitas, nos impiden dedicar un momento a la introspección que, sin embargo, reclama su lugar cuando el calendario y el ropero dan la vuelta, las terrazas apilan las sillas, y el moreno empieza a diluirse. Yo, encima, cumplo años en septiembre, así que no me libro del balance. De los pros y los contras, de lo bueno y lo malo que fue y lo que será. Así que la emprendo con la regla, la calculadora, el cuadro de Excel y la lista de comprobación, y me pongo afanosa a diseñarme una existencia perfecta. Empezamos, claro, por revocar la fachada. Hay que cortar el pelo, renovar el vestuario, perder varios kilos de helados y frituras, como todas… Luego el interior: leer lo último, ir más al cine, trabajar menos. La palabra es planificación. Así que dedico los últimos días de agosto –que no se diga que no planifico– a buscar calcetines y vaqueros a buen precio para los niños, antes de que vuelva la avalancha y aprovechando los últimos coletazos de las rebajas. Compruebo con estupor que el modelo que busco, normalito, y el color que necesito, nada del otro mundo, ya están agotados. Bien. Dios proveerá, que no cunda el pánico. Los libros. No, no voy a hablar de los libros, necesitaría un lexatin. Las fotos. Llego a la tienda de fotografía, aproximadamente 2 x 6 metros, aproximadamente 30 personas, o eso me parece. Todas muy gordas. Y altas. No, no soy una sílfide yo… pero abulto poco. Sin embargo, las personas de la tienda de fotografías ocupan mucho espacio y gastan mucho oxígeno. Oxígeno que a mí me empieza a faltar. La tienda empieza a encogerse, cada vez más. Un señor de unos 70 años con su esposa, igual de grande que él, ha ido a recoger las fotos de los nietos. El resguardo decía que tenían que recogerlas a partir de hoy por la tarde, igual podían haber ido mañana, pero no. Reconocen entre ellos que podían ir a otra hora que hubiera menos gente, pero siguen ahí. El señor se me pone delante todo el rato, primero carga el peso de su cuerpo en una pierna y luego en otra, siempre delante de mí, que me estiro y me aparto boqueando como un pez. Entran más personas en la tienda y aún no me toca. Los que quieren imprimir copias digitales del crucero vacacional no se deciden. Me doy cuenta de que me estoy volviendo asocial e intolerante por momentos. No hay duda. Se acabó el verano.
Me había propuesto serios cambios para esta nueva temporada, y ahora me pregunto cuánto puede cambiar un ser humano estándar. El día de mi cumpleaños anuncié en Facebook que no iba a cortarme ni a teñirme el pelo (el año pasado lo lamenté amargamente). Decidí no cambiar mi foto de perfil. Decidí no comprar nada de ropa, mi gran vicio confesable (sólo unas katiuskas, trauma infantil porque mi madre no me las compró: las encontraba ordinarias). Nada de fashion. Se impone la autoaceptación y la austeridad. Pero, ¿qué hay de la passion? Yo soy abanderada de ese verso de Fito que dice “No sé vivir sólo con cinco sentidos”. Esa soy yo. Sin embargo, después de hacer el balance, estudiar la hoja de Excel, calcular todas las cifras e hiperventilar a toda mecha en la tienda de fotografía, he decidido ya cuál es mi propósito para la nueva temporada: dejarme llevar. Ese es el plan con el que abordo este “año nuevo”. No, amigos, no es dejadez. Es instinto de supervivencia. Y, quién sabe, tal vez la vida me sorprenda.
Amelia Pérez de Villar Herranz

Conocerás al hombre de tus sueños

Título original: You will meet a tall dark stranger.
Dirección y guión: Woody Allen.
Intérpretes: Naomi Watts (Sally), Anthony Hopkins (Alfie), Antonio Banderas (Greg), Josh Brolin (Roy), Gemma Jones (Helena), Freida Pinto (Dia), Lucy Punch (Charmaine)
La cita anual para los incondicionales de Allen, esta vez, con ecos de premonición que para sus protagonistas van más allá de su título, no sorprende pero entretiene de una manera más que digna. Catalogada por la crítica como superior a su anterior entrega, Si la cosa funciona, no alcanza tal vez la calidad de la trilogía londinense, pero a mí me devolvió al Woody de Hanna y sus hermanas y, a los espectadores en general, al Woody de siempre: varias historias de parejas, vidas cruzadas y situaciones a veces descabelladas, en las que desembocan decisiones tomadas por el consejo de una adivina, un psiquiatra, uno mismo, cuando bucea dentro de sí, personajes tal vez arquetípicos pero siempre creíbles y sólidos, y su inevitable jazz de fondo son el tejido que constituye esta comedia donde están presentes los temas sempiternos del cineasta neoyorquino y donde se deja patente cada vez más, según la crítica, su cinismo, su pesimismo existencial. Un hombre mayor (magistral Anthony Hopkins) que se casa con una joven y vulgar prostituta con la esperanza de tener el hijo varón que no tuvo con su primera esposa, Helena, una delicia de personaje al que da vida Gemma Jones, exquisitamente “british”, empeñada en buscar la verdad y la felicidad, el sentido de la vida, en una adivina que sin duda le será de más utilidad que sus anteriores, y carísimos, psicoanalistas; la hija de ambos, Sally (Naomi Watts) vive en el callejón sin salida de un matrimonio sin hijos, un trabajo sin futuro y un marido sin trabajo, Josh Brolin en el papel de Roy, que sin embargo no tendrá muchos escrúpulos en tender un puente para salir del atolladero… aunque sea sin su mujer. No os desvelo nada. La historia está tan bien contada, las situaciones son tan de Woody Allen, y los papeles tan bien interpretados que, aunque todos sepamos que él puede dar más, se le perdona. El ir y venir de afectos da que pensar: el afán de cada uno por encontrarse a sí mismo y por encontrar su felicidad al margen de los demás, siendo incluso un poquito egoísta, no tiene nada de banal. Risa asegurada, y margen para la reflexión sobre el signo de los tiempos, como siempre, sin dramatizar. Antonio Banderas, por cierto –lo siento chicas– superficial y presdindible, aunque muy atractivo en su traje oscuro. Por cierto que me encantó el vestuario: me pareció realista, comedido (en el mejor de los sentidos) y muy actual. Como la vida misma. Os la recomiendo.
Amelia Pérez de Villar



Speaker´s Corner: La Feria y la crisis


Queridos vierners: hace unos días me pedía Amparo que escribiese un Speaker’s hablando –por ejemplo– de las medidas del gobierno. Acepté, para darme cuenta solo más tarde, ya frente a ese remedo de la hoja en blanco que es la pantalla de Word, de que no tenía ni idea de qué iba el tema. Había oído campanadas, claro, pero desde el advenimiento del apagón digital no puedo ver la tele en la cocina y hacerlo en el salón, cuando ya he terminado las tareas, es para mí ciencia ficción porque mi horario de trabajo es indefinido. Claro que, a pesar de esto, una está en el mundo y algo siempre oye: los amigos, las madres del parque, los correos electrónicos de los indignados. Los hay indignados por las fusiones y adquisiciones que les obligarán a aceptar unas condiciones de movilidad geográfica y de horarios que no es la que pactaron (hace 20 años y hasta que se jubilen, con unas coordenadas muy distintas a las actuales). Conozco a mucha gente cuyo horario es de lunes a domingo, de 0 a 24 horas. Muchos de vosotros me diréis que son autónomos, con negocio propio y que también ganan más dinero que un asalariado. Perdonen que me ría. Los habrá que sí, sin duda, pero no es la tónica general. Los funcionarios, muchos de los que me leéis, también se cabrean –y con razón– porque se enfrentan a un recorte del 5% de su sueldo. En mi gremio, en muchos casos, se cobran las mismas tarifas que hace diez años, momento en el que ya eran ridículas para el cliente y ofensivas para el traductor, nada que ver con lo que se paga en Francia, Inglaterra o Alemania. Las jornadas son maratonianas y el trabajo no se valora. Y esto no ha sido por la crisis. La bajada de honorarios en las actividades profesionales, en general, se empezó a acusar cuando pasamos al euro. Pero entonces nadie dijo nada, ni se fijó. Porque este colectivo no tiene derecho a queja. Si subes el precio, se van al de al lado. Los sacrosantos sindicatos no nos defienden. Las asociaciones profesionales son el único recurso y en muchos casos están en pañales (en la literatura, en la música, en el diseño). Qué queréis que os diga: me acuerdo de mi madre, cuando decía que cada uno habla de la feria según le va. Qué razón tenía. Y a mí todo esto me coge en una –la enésima– crisis existencial. Para qué escribir, si nadie publica, angustiado por el futuro incierto del libro. En la Feria del Libro, monotema: los derechos digitales, la gratuidad de contenidos, el libre acceso. Ignoro si tiene algo que ver lo uno con lo otro pero todo este panorama me ha dejado una especie de impotencia para leer. Picoteo mil libros y no atino a terminar uno que me satisfaga. O no atinaba. En medio de tanta incertidumbre, un amigo me regala un libro pequeñito que se llama Tocar los libros, escrito por Jesús Marchamalo. No sólo lo leo de un tirón por lo breve, entretenido y didáctico: se me hace la luz. Su alegato a favor del libro como objeto y el derecho del propietario a conservarlo, a otorgarle un lugar de honor en su biblioteca o a deshacerse de él con toda la tranquilidad del mundo (como tantos hombres egregios e ilustres que cita) es extrapolable a casi todos los órdenes de nuestras vidas. Y un ejemplo más: en medio de este remolino Javier Jiménez, un hombre osado y curtido en el sector, lanza Fórcola Ediciones, una editorial con la dignidad de las grandes y el tiempo de cocción de las más diminutas y se lanza, en su góndola, rumbo a la Giudecca. Se ve que a veces la respuesta está en nosotros mismos.
Amelia Perez Villar

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan


Patricio Pron
Editorial Mondadori
217 páginas

Leo en la contracubierta de esta antología de relatos: “Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir”. Es una frase de Chejov, cuentista por excelencia junto a otros cuantos. Sigue otra del propio Patricio, que confiesa haberse dado a la escritura porque “… en Alemania tenía la nariz rota y ningún lugar al que ir. La nieve que caía sobre mis espaldas recortaba en el suelo una figura que era la mía, dibujada por omisión sobre las baldosas, como la de un fantasma”. Difícil quedarse ahí, resistirse a agarrar el libro, empezar por la primera página, y dejarlo en la última, con ganas de más. Ganador, con su última novela El Comienzo de la primavera del Premio Jaén de Novela, esta nueva referencia supone en cierto modo una vuelta a sus orígenes, los del cuento, los que le valieron la comparación con la Respiración artificial de Ricardo Piglia. Y aunque son suficientemente diversos como para satisfacer a un amplio abanico de paladares literarios, en todos ellos está el marchamo Pron: obras de concepción arquitectónica, independientemente de su extensión, de precisión mecánica, sin fisuras en la trama y dotadas de un lenguaje portentoso. Si damos la razón a Hemingway cuando dijo que un relato tenía que ser como un puñetazo en el estómago, por certero y directo, aquí tenemos dieciocho: poblados por seres aquejados de soledad, de enfermedad, de incomprensión y de rebelión contra lo inexplicable, encontramos una magnífica exploración de la identidad, la memoria y la mentira, sobre un fondo que recuerda esplendores pasados.
Amelia

En Grand Central Station me senté y lloré


Elizabeth Smart
Traducción y notas: Laura Freixas
Editorial Periférica
155 páginas

Como sucede en tantos otros autores, la vida de Smart y esta obra suya están entrelazadas de tal manera que no es posible entender una sin la otra. Canadiense, nacida en el seno de una familia acomodada, comenzó a escribir muy joven y publicó su primer libro de poemas con 15 años. A los 18 se marchó a Londres a estudiar música y, a su regreso a Canadá, comenzó a trabajar como secretaria de Margaret Watt, directora de una asociación de mujeres. Con ella viajó por todo el mundo y fue en el curso de uno de estos viajes cuando, hojeando libros de poesía en la londinense Charing Cross, se enamoró de un poeta a través de su obra y decidió que haría todo lo posible por estar con aquel hombre. A cualquier precio.
Y lo consiguió. Logró, con la ayuda de Lawrence Durrell, llevar a Baker y a su esposa a los Estados Unidos desde Japón, donde él trabajaba como profesor, pagando ella el viaje. Mantuvieron una tumultuosa relación hasta su muerte en 1986. Él tuvo quince hijos con varias mujeres, cuatro de ellos con Elizabeth. Nunca abandonó a su esposa para casarse con ella con el argumento de que era católico pero a la muerte de aquella se casó con otra. Elizabeth Smart mantuvo con su trabajo a todos los hijos que tuvo con Baker y siguió a éste a través del mundo trabajando con mayor o menor fortuna en distintos puestos que, o bien dejaba para ir tras él, o bien perdía a causa de un nuevo embarazo. Y en medio de todo esto escribió la que fue su obra maestra en 1941, después de volver a su país natal para dar a luz a su primera hija, Georgina. En 1945 se publicaron 2000 copias de En Grand Central Station me senté y lloré, a pesar de los intentos de su madre por eliminar cuantas pudiera para ocultar la vergüenza de una historia adúltera y desigual.
La novela es tan vital, tan estremecedora y tan bella como la propia historia. Plagada de referencias a la Biblia, a Shakespeare y a otros poetas ingleses, como Thomas Lovell Beddoes o Robert Southney, su lectura tiene varios niveles: se disfruta si uno se deja llevar por el lenguaje apasionado, rico y preciso que la convierte en un largo poema en prosa, pero resulta más compleja –y más enriquecedora y esclarecedora– si uno se adentra en las relaciones intertextuales. Para ello, la edición se completa con una serie de notas divididas por capítulos, cortesía de la traductora. Una auténtica conmoción en una época y en un lugar dónde imperaba el realismo en literatura, dónde las historias se estructuraban en un argumento clásico, Grand Central puede leerse hoy sin restos de polvo. Un canto al amor y al abandono que, por universal, no ha quedado obsoleto y cuya audacia le permitirá mantenerse como moderno entre los modernos, salvo por unas cuantas referencias temporales.
Me gustaría dejaros una frase de muestra pero me resulta imposible: lo tengo todo subrayado. Me quedaré, a duras penas, con dos. Una, recién iniciado el encuentro, muestra la tensión entre lo esperado, lo infinitamente pospuesto y lo inminente, lo inevitable: “…las palabras que intento arrancar del teclado expiran en el aire y se disuelven en besos cuyas sustancias químicas son más mortíferas si no estallan.” La otra, al final del libro, pasado incluso el clímax de la desesperación, dice así: “Nada, excepto el brazalete que él puso en mi muñeca, me recuerda que alguna vez estuve viva. Mis ojos apagados, mis días vacantes, sólo demuestran que estoy muerta, no dicen por qué, ni hablan de su existencia”.
En la tumba de Elizabeth Smarth queda, a modo de epitafio, un verso de Horacio: Non Omnis Moriar (http://www.poetsgraves.co.uk/smart.htm). “No estoy del todo muerta”. No lo estará nunca, mientras algún ser humano sienta el amor como ella.
Amelia Pérez de Villar

Speaker´s corner: Crisis, ¿Qué crisis?

Ya lo cantaba Supertramp en los setenta y lo hemos oído desde entonces un sinfín de veces. En esta última, sobre todo, unas cuantas. Qué ganas tengo de que se acabe. No, como todos no. A algunos les está viniendo de perilla. Siempre pensé, no sé si por exceso de ingenuidad o porque me he pasado con el yoga, el zen y la espiritualidad oriental, que las situaciones complicadas, de crisis, fomentaban la solidaridad entre los semejantes. Rien de rien. Estoy tan harta como cualquiera de oír que nos tenemos que apretar el cinturón (siempre los mismos), que hay que arrimar el hombro (pero sólo unos cuántos) que hay que ahorrar (pero no todos pueden). La tele nos anima a reclamar lo que es nuestro y a no aceptar injusticias, mientras las administraciones públicas nos las meten dobladas. Los eres cunden como los champiñones, la cola del paro crece sin tino y el dinero mengua. Los consejos de sensatez como “consuma marcas blancas” –cosa que un gran porcentaje de la población hace, con o sin crisis, para llegar a fin de mes– ahora ha generado una guerra en la que las marcas no blancas reclaman su supremacía, lógica o no, diciendo que ellas son mejor y que no fabrican para otras marcas cuando hasta hace año y medio la marca de tal o cual supermercado era bárbara y estaba avalada por mira tú quién. Pero, con todo, esto no es lo peor. Tengo una amiga a la que un cliente se ha negado a pagarle un trabajo –fue contratada para hacer una interpretación en una entrevista– aduciendo que el entrevistado y él se entendían perfectamente sin ella. Alguien muy cercano a mí se ha quedado sin un encargo que lleva realizando, con carácter anual, durante cuatro temporadas seguidas. El empresario que se lo encargaba, que ejercía de intermediario, ha querido bajar sus honorarios un 25%, alegando que, si no lo hacía así, él se quedaba sin margen y no ganaba nada. No ganaba nada por no hacer apenas nada, cuando la labor de mi conocido requería una alta cualificación y una titulación superior. Tengo otro amigo, que trabaja como empleado para un organismo oficial, pero no es funcionario, a quien le han sugerido que acepte una rebaja voluntaria en el salario mientras los sueldos y prebendas de los altos directivos siguen sin sufrir menoscabo. No me importa tener menos dinero, ni vivir de manera más ajustada, más modesta, como queráis llamarlo. Pero que la gente aproveche una situación así para acabar con veinte años de relación profesional por un puñado de euros me parece que dice muy poco a favor del género humano. Estamos en crisis, es cierto, pero volvemos, a toda velocidad, a la época de las cavernas. Me queda un sabor de boca tan amargo después de ver todo esto, que lo único que se me ocurre decir a esta caterva de aprovechados irresponsables, caraduras y, en definitiva, ladrones de la peor cata, es que tengan cuidado porque, llegados de nuevo a las cavernas –o al Oeste con su ley– quien a hierro mata, a hierro muere.
Amelia Pérez de Villar

Alondra Bentley. Ashfield Avenue


Absolute Beginners Records
http://www.absolutebeginners.es/
info@absolutebeginners.es
Alondra Bentley
http://www.myspace.com/alondrabentley

Alondra Bentley (Lancaster, Inglaterra 1983), de padre español y madre inglesa, lanza Ashfield Avenue, su primer disco en solitario. Compositora autodidacta, con influencias de la música folk americana e inglesa, reside en Murcia desde los 4 años y allí ha formado parte de diferentes grupos, como First Aid. También ha colaborado con músicos y bandas nacionales antes de iniciar su singladura como solista.
Ashfield Avenue es un sorprendente trabajo de corte intimista con canciones de apariencia sencilla y elegantes arreglos de cuerda obra de Joserra Semperena (también arreglista de La Buena Vida) que se convertirá en imprescindible e inevitable para todos los públicos (y, según la autora, para todas las edades) y hará las delicias de los incondicionales del folk al más puro estilo americano, en la línea de Joni Mitchell con quien ya la han comparado. De tinte evocativo, incluso con un toque de nostalgia, Alondra recorre en una docena de canciones los escenarios de su niñez y narra, como quien revisa un álbum de fotos, sus recuerdos de Ashfield Avenue. Alondra Bentley estuvo en Madrid hace unos días para presentarlo ante un público reducido, pero volverá a tocar en mayo, un acústico en el Centro Cultural Julio Cortázar, antes de su presentación por todo lo alto el 13 de junio en el Neu! Club (Sala Galileo) y de un recorrido por los principales festivales (entre ellos, el Primavera Sound).
Amelia Perez



Mendigando amor

Autor: Roel García
Dirección: Roel García
Escenografía y vestuario: Quique Caballero.
Intérpretes: Belén López-Valcárcel, Majo Cardona.
Próxima representación: 10 mayo en la Sala Costello. Calle Caballero de Gracia, (Madrid) a las 20:00 h.

“No se puede ir por la vida mendigando amor...” escuchamos en un momento de la obra, pero... en el fondo ¿quién no lo ha hecho alguna vez, aunque sea un poco? Mendigando amor es una historia de mujeres que narran, en clave de humor, los vaivenes de su vida, entre paréntesis, amorosa... o la ausencia de la misma. Una obra compuesta de 18 sketches, 18 situaciones magistralmente interpretadas por Belén López-Valcárcel y Majo Cardona, que dan vida en cada secuencia a dos mujeres diferentes, cada una con su equipaje emocional a cuestas. Desde la ingenua que busca al hombre perfecto hasta la escultural reducida a “maruja”, todas tienen cabida en Mendigando amor: todas las conversaciones y discusiones entre amigas, todo lo que dicen y sienten, de la ilusión al desencanto, y donde tampoco falta la inevitable dieta. Una hora de entretenimiento garantizado, de risas pero también de reflexión, y no sólo por el dinamismo del montaje –desnudo, por otra parte, de elementos superfluos y donde el color rosa subraya el signo femenino de la temática de la obra, dotándola de la ironía necesaria para abordarla– sino por su ritmo interpretativo y la riqueza y veracidad de los diálogos donde seguro que más de una nos reconoceremos y resultaremos reconocibles. Una tragicomedia en rosa para ver solas, en grupo o en pareja que, pasada la resaca de la Semana Santa y el Puente de Mayo no debéis perderos porque después del éxito de su presentación en Madrid hace apenas un mes, sólo tienen programada de momento una función más.
Amelia Pérez de Villar

Libro de ciencias

Edición de Eduardo Vilas
451 Editores
262 páginas
La continuidad del libro como cuerpo cierto lleva debatiéndose algún tiempo: una legión de seres prácticos defiende las nuevas tecnologías como soporte más cómodo y, sin duda, con más futuro para esta fuente de sabiduría y de placer, frente a otra, no menos nutrida, de abanderados del libro como objeto. Tal vez por eso, a la par que surgen formas paralelas de difusión, las editoriales siguen cultivando y cuidando el formato con el que hemos crecido la mayoría de nosotros. Muchas editoriales lo saben, pero en esta ocasión me gustaría hablaros de un libro de 451 Editores, al mando de Javier Azpeitia, que dedica una de sus colecciones a recopilar relatos o fragmentos de clásicos, con denominador común, bajo un título significativo. Después del Libro de amor o el Libro de magia y brujas, entre otros, Eduardo Vilas recoge en un volumen bellísimo, titulado Libro de Ciencias, una serie de relatos y fragmentos organizados por temas: Ciencias Formales (Lógica y Matemática), Ciencias Naturales (Astronomía, Biología y Física, entre otras), y Ciencias Sociales (Sociología, Historia o Antopología, por citar alguna). A cada una de ellas corresponde una obra literaria: en Química tenemos un relato de Lovecraft, en Antropología se encuentra el famoso El Matadero del argentino Esteban Echeverría y en Ciencias Políticas un cuento del autor de La Regenta, Leopoldo Alas “Clarín”. Al comenzar cada apartado encontramos una ilustración de algún pintor célebre, maravillosamente reproducida; os cito a algunos: Francis Bacon, Van Gogh, Kandinski, Diego Rivera, William Turner... Todo ello en un papel que es un goce acariciar. Os lo recomiendo porque es un libro de esos que tienen que estar en la estantería, para cuando tenemos un rato de relax reeler a los clásicos (¿qué tal Hermann Melville?) sin los inconvenientes de las ediciones antiguas y para que los más jóvenes se aficionen a ellos. Además, la filosofía integradora de este volumen queda clara en el prólogo de Vilas, que aboga por “la capacidad de abstracción de los hombres sobre el mundo, para nombrar al mundo, ya sean de ciencias o de letras”.
Amelia Perez de Villar

Speaker´s Corner : Eight days a week

“Ocho días a la semana” –decía una canción de los Beatles– “no bastan para mostrarte cuánto me importas”. Cuando escuché por primera vez la noticia de las 60 horas semanales, a pesar de la temperatura ambiente –debía ser verano o, al menos, primavera– miré instintivamente el calendario, convencida de que era 28 de diciembre. Lo digo completamente en serio: a veces los informativos hacen cosas así. Lo primero que hice entonces fue calcular mentalmente si una semana tiene esa cantidad de horas productivas. Sí, me diréis que muchos de nosotros trabajamos sesenta horas y más, que cuando volvemos del trabajo continuamos en casa, estoy de acuerdo. Pero a lo que vamos: una semana de sesenta horas de trabajo nos obliga a estar en activo diez horas diarias, de lunes a sábado. Aquellos que sean creyentes, naturalmente, querrán descansar en domingo (o en sábado, si pertenecen a otro credo). Y los que no, sencillamente, tienen que hacerlo para poder seguir rindiendo. En Madrid, por ejemplo, un porcentaje muy grande de los trabajadores tardan entre cuarenta y cinco minutos y hora y media en llegar hasta su lugar de trabajo, tanto por lo dilatado de las distancias como por los problemas de tráfico o por la mala combinación de transporte público. Los colegios funcionan hasta las cuatro o las cinco de la tarde, y las horas de guardería, que se pagan aparte, casi nunca abarcan la jornada laboral de los padres más el tiempo de desplazamiento. Los maestros y los psicólogos nos dicen que tenemos que pasar más tiempo con nuestros hijos, con nuestras parejas, que debemos ralentizar el ritmo, dormir ocho horas y escucharnos más. En Estados Unidos (donde respetan, en general, los horarios laborales) la cosa está tan mal como para que la gente recurra a fórmulas como los bares para ligar, las citas de ocho minutos para encontrar pareja, y otros inventos marcianos para relacionarse, a falta de lo normal, que es salir de copas cuando acabas de trabajar. España, el país europeo donde más horas se trabaja, es también el país europeo donde menos se rinde. Por no hablar de la alergia que provoca todavía, a muchos empresarios medios, la mención del teletrabajo o los contratos a tiempo parcial: parece que el mejor empleado es el que más horas pasa en la empresa, aunque no sean productivas. Y por no hablar del fenómeno del mileurismo, porque no me quedó claro si teníamos que trabajar sesenta horas a la semana por novecientos euros brutos, pagando cuatrocientos o quinientos de guardería para el crío. Esto no sólo nos aleja de la sociedad del ocio, de la que tanto se hablaba hace unos años, sino que nos convierte en una sociedad mucho más cerrada y egoísta: ¿no es mejor contratar a dos recepcionistas, uno de mañana y otro de tarde, y así damos trabajo a dos personas, al tiempo que cubrimos un horario de servicio más amplio? ¿no es mejor reducir las jornadas y repartir el poco tajo que hay? ¿No hubo, hace no mucho tiempo, una serie de encarnizadas peleas destinadas a mejorar los derechos de los trabajadores? Ahora, con la distancia, estos postulados nos pueden parecer rancios, pero volvamos la mirada atrás y agradezcamos al movimiento sindical (tintes ideológicos aparte) lo que hizo por nosotros. ¿Nos hemos olvidado ya de las estampas de la Revolución Industrial? ¿Nos hemos olvidado ya del sin par Chaplin, girando todavía las tuercas cuando iba caminando por la calle, de vuelta a casa, en Tiempos Modernos? Espero que no. Espero que, al fin, prevalezca la cordura.
Amelia Perez de Villar

Speaker´s corner: Mil rostros de mujer

Aunque la violencia sea tan antigua como la humanidad, un resto de la necesidad de sobrevivir y vestigio de épocas anteriores a la civilización, el asunto de la violencia de género ha irrumpido en nuestras vidas no hace mucho. No quiero hablar de estadísticas ni porcentajes, ni entrar en diatribas sobre si mueren a manos de sus parejas más mujeres inmigrantes o de clase baja, en el norte o en el sur. Me preocupa que cualquiera decida que puede matar a otro, me da igual cuál sea su género. Me subleva que se destruya con ácido el rostro de una criatura, se oculte a un ser humano bajo un burka, se lapide a una mujer o se venda a un niña por un puñado de rupias. Eso si miro lejos, porque aquí, en el considerado “primer mundo”, si enciendo el televisor, seguro que oiré que algún cafre ha apuñalado a su expareja, perdonen la expresión. Se había saltado la orden de alejamiento, estaba celoso de su nuevo novio, le había dicho que sería de él o de nadie. Ahí cobra sentido la etiqueta de “Violencia de género”, porque algunos la practican impunemente contra las mujeres, sólo por serlo. Porque la consideran un objeto de usar y tirar. Por decidir poner fin a una relación que no funcionaba, o que no aportaba lo que tiene que aportar una relación, que es afecto, seguridad y respeto. Por querer ser libre. Por tener el valor de empezar de nuevo. Y siempre se salda igual: con una camilla tapada por una sábana blanca. Y otro dato para la estadística. Otra muerte absurda, otra familia destrozada, un grupo de amigos que piden que “se haga algo”, otra autoridad explicando lo que se hace. Otro cáncer de esta sociedad enferma.
Algunas de esas mujeres han tenido la mala suerte de toparse con un desalmado, perturbado por las drogas o el alcohol, vencido por la depresión o por el desempleo. Nada de esto justifica el quitar la vida a un ser humano. Pero hay otro apartado, fuera del tópico: ancianos hastiados por una relación gastada, jóvenes de buena posición que no encajan en ninguno de estos supuestos. Hombres que no serían capaces de matar, sostienen que a su mujer nunca la han puesto la mano encima, pero maltratan de palabra. He sido testigo de cómo un marido manda callar de malos modos a su mujer y también me ha dolido como un golpe. Y me ha llevado a preguntarme dónde comienza esto, si es algo que está dentro del ser humano, si es el signo de los tiempos. Quiero pensar que no, aunque me gustaría que reflexionáramos, que pensáramos dónde estamos fallando como sociedad. Quiero pensar que todas las iniciativas que están en marcha contribuyen a que esa estadística no se dispare, aunque no sean suficientes. Quiero pensar que los esfuerzos están sirviendo para algo. Quiero que el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, se caiga del calendario y que lo sustituya una de esas fotos enormes, hechas con miles de fotos pequeñitas: mil rostros de mujer. Mil rostros serenos de seres humanos, sin género ni número.
Amelia Perez de Villar